Conquistame

4. Lilith

Cuando entro de nuevo a la casa, siento como una neblina blanca me cubre los ojos. Veo lo que me rodea pero por alguna razón no distingo nada más que a mi padre y su ceño fruncido de preocupación.

—¿Cielo? ¿Estás bien? — me pregunta.

—Si, papá.

Me encamino al sofá para descansar las piernas y solo termino apoyada en el reposabrazos.

Es como si un terremoto se hubiera instalado en mi pecho y lo hubiera destruído todo en menos de treinta minutos. Victor Saint es el nombre de esa catástrofe-

—¿Segura? — insiste mi padre — ¿Saint no te hizo nada, verdad?

—Sabes que puedo cuidarme, solo estoy cansada. Ha sido una mañana muy movida.

—Mejor ve a descansar. Tu turno de la tarde llegará más rápido de lo que crees.

No se equivoca. Aunque Bricia me ordenó trabajar solo medio día, mi jefe se volvería loco si su mejor empleada con está en una de las tardes de la semana más concurridas.

Antes de todo esto, estaba segura que mi cabeza tocaría la almohada y yo desparecería en el mundo de los sueños. No me daría cuenta cuán rápido pasarían las horas mientras mi cuerpo descansa con tranquilidad.

Antes de que Victor Saint se parara frente a mí, con sus ojos penetrantes, y me dijera... esa locura sentimentalista.

Ahora, el maldito dejó un problema en mi cerebro que estoy segura que no se solucionará en las pocas horas de descanso que tengo. Plantó una duda que crece y crece en mi interior haciendo que dé mil vueltas sobre mi colchón y mis ojos se rehúsen a cerrarse.

O peor.

Los cierro y cinco minutos después los recuerdos del pasado me atormentan, con toda su carga emocional en la punta de la lanza.

Recuerdo cuando nos conocimos. Casi le rompo el cuello al pedirle que me atrape mientras bajaba de un árbol en el parque de nuestro barrio. Se molestó tanto que luego de ponernos de pie, metió mi cara en un charco de barro.

Mi madre estaba espantada pero yo me reía como loca. Siempre estaba dispuesta a ensuciar la ropa ridícula que ella elegía para mi.

No sé si fue mi sonrisa, mi manera descarada de quitarle importancia a su venganza o que era la única niña dispuesta a codearme con puros niños del doble de mi tamaño, pero ese día Victor se pegó a mi como una garrapata. Aseguró que estábamos a mano con el barro facial, y que sería mi mejor amigo para siempre.

Decir que simplemente le creí sería subestimar lo emocionada y alegre que me ponía. Un mejor amigo. Eso solo lo veía en las películas. Y ahora yo podía tener uno de verdad.

La verdadera prueba de amistad fue cuando hicimos un pacto de sangre. Ambos nos escabullimos de nuestra casa para vernos en el parque. Pinchamos con una navaja suiza nuestras palmas y las estrechamos. Juramos estar siempre el uno para el otro, confiar entre nosotros y ser siempre lo que el otro necesite.

En retrospectiva, ese no fue el momento para robarle un pequeño beso. Estábamos literalmente prometiendo ser amigos de por vida. Pero mi yo de pocos años no entendía la importancia del timing o la sutileza.

Me pregunto, si todo lo que dijo el Victor adulto es cierto, ¿qué habrá pensado en ese momento de niño?

Tal vez hubiera dicho algo justo después de que me alejé de él. Pero también recuerdo que fue ahí cuando un policía nos encontró y nos llevó a casa. El grito de mi madre solo pudo competir con el grito de la madre de Victor, más valió la pena. Estaba confiada en nuestra unión ficticia hasta que la mudanza de su familia pasó de ser una teoría a algo real.

Me dolió tanto que se separara de mí tan rápido. Un año de locuras con él no había sido para nada suficiente. Yo había esperado que fuera toda la vida.

En cuento estoy entrando en un terreno del recuerdo que podría provocarme el llanto más nostálgico de mi vida, miro involuntariamente el reloj solo para panaiquearme.

Llego tarde a mi turno.

Corriendo a una velocidad moderada, abro la puerta del café solo 5 minutos después de mi hora de entrada. Y como de costumbre, ahí están Bricia y Zev discutiendo.

—Zev, por última vez, las figurillas de Stars Wars se quedan en el armario — exclama Bricia.

—¿Por qué? No pueden apreciarse si están escondidas.

—Número uno, tú eres el único que las aprecia. Y número dos, me rehúso a tener sexo delante de la imagen de la Princesa Leia, versión esclava de Jabba.

—¿Sabes cuánto costó esa cosa? Debería cobrarte por solo hablar de ella.

—Ni siquiera menciones el precio o no podré seguir fingiendo que mi novio no gasta más dinero en tonterías que en la comida de la semana.

En realidad, no presto atención al origen de tanto dilema mientras me preparo, pero igualmente, como siempre, me hacen partícipe.

—Lilith — dice Zev — Por favor, dile a esta mujer que mis figurillas son arte y no pueden estar encerradas en un armario.

—Si, y también dile a tu amigo que no puede tener una relación con esas mismas figurillas, así que hace lo que le digo o se queda más solo que la una.

Al ver que no respondo a ninguno de sus pedido porque mi mirada como mis ideas están volando fuera de mi cabeza solo para entrar con más fuerza, Bricia me toca el hombro para llamar mejor mi atención.




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