Y se quedó aquí. Todo. El. Maldito. Día.
En una mesa no muy lejos de la ventana, pero suficientemente aislada de la mayoría de los demás. Bricia le llevó café y croissants unas veinte veces. Su cuenta recién abierta supera los $100, y cada vez le da $20 de propina.
Se tomó en serio lo de caerle bien.
No puedo evitar mirarlo cada tanto y notar lo tranquilo que está. Yo camino por las paredes de solo pensar que lleva todo el día ahí sentado con su laptop y su celular, dice "trabajando", cuando solo está esperando a que termine mi turno y yo mágicamente quiera salir con él.
A ver, que la verdad ya me lo estoy pensando dos veces.
No estaría mal que alguien me pagase la cena, para variar. Pero ¿por qué tiene que ser él? ¿Y por qué tiene que gustarme tanto que sea así de decidido? Debe tener mil cosas de hombre importante que hacer en lugar de ahogarse en café y calorías.
—Si tú no aceptas, yo lo haré — me dice Bricia cuando el reloj da casi la hora de salida y el último comensal sigue ahí.
—Tienes novio — le recuerdo.
—Es una cena, no una pedida de matrimonio.
—Y aunque así fuera y ella dijera que si, ese tipo tardaría exactamente 15 minutos en devolvermela — dice al pasar Zev.
—Envidioso — exclama Bricia — Ya te gustaría que ambos fueran gays para tirartelo.
Imaginar ese universo paralelo, de hecho, me alegra los cinco minutos previos antes de llevarle la cuenta a Victor. Porque si, Bricia insiste en que yo debo hacerlo y darle finalmente una respuesta.
Él me ve llegar y contrario a lo que esperaría de un hombre de negocios, no baja la laptop ni bloquea su celular. Perfectamente podría ver todo lo que ha estado haciendo. ¿Será ese su punto? ¿Confía tan en mi?
—Su cuenta, señor — digo.
—Sigo siendo solo Victor.
—No mientras sea mi cliente.
Él rápidamente saca su tarjeta y la apoyaba sobre el posnet para pagar.
—Ya no soy tu cliente.
—Entonces, puedes irte. Hasta nunca.
Me empiezo a retirar cuando su mano sujetando la mía me obliga a detenerme. No podía ser así de fácil¿ verdad?
—¿Vamos a cenar? — pregunta con la esperanza de un si en sus ojitos.
—¿Por qué crees que cambié de opinión?
—Porque te conozco.
—Me conocías. Soy otra persona desde los 6 años.
—Pero aún te gustan los gestos románticos.
Demonios, ahí no puedo negarme. El amor y las relaciones pueden no ser mi tema predilecto, pero las demostraciones de afecto siempre han tenido un lugar en mi corazón.
—Esperarme en mi trabajo como un acosador no es romántico. Solo te hace irresponsable por perder el tiempo.
—Llevo sin verte de frente 18 años. Haber pasado el día rodeado de ti es todo menos una pérdida de tiempo.
Me ablanda un poco la honestidad con la que dice cada cosa. Para él no fue un día desperdiciado, horas de trabajo incompleto o un gasto rídico en café y comida. Para Victor fue recuperar un como del tiempo que se nos voló de las manos cuando solo éramos unos niños.
¿Cómo no empatizar con ello?
Aunque llevo todo el día pensando que ojalá no estuviera cerca para ya no sentirme nerviosa, también me alegra ver que este hombre que asegura amarme está dispuesto a algo tan básico (pero también tan infravalorado) como esperarme después de un día duro de trabajo.
—Hipotéticamente, si dijera que si... — comienzo a plantear.
—Continúa.
—¿Qué clase de cena tendrías en mente?
Él sonríe.
—Podría planear una velada muy especial y mostrarte lo caballero que puedo ser al tomar el control.
—Si, bueno, eso... — "no va conmigo". Es lo que iba a decir cuando él continuó con su idea.
—Pero eso no es lo que tú quieres. Siempre vas a lo sencillo porque te hace sentir más cómoda, y no te importa que la gente no lo aprecie.
Es verdad.
Nadie sabe valorar lo que es ser una persona sencilla, que en lugar de pasar hora preguntando ¿cómo me ven los demás?, piensa ¿estoy bien conmigo misma? No tengo que estar frente al espejo y hacerlo mi enemigo por la apariencia, o mirar de frente a la comida y preguntarme qué hay en el plato.
La vida puede ser simple y así lo elegimos.
—Aún no respondes — digo.
—Comida rápida. Siempre te ha gustado mucho y hay un dinner a solo unas cuadras de aquí.
—¿Seguro que puedes soportar una simple hamburguesa? Tu estómago de niño rico seguro extrañará el caviar. Y no estas precisamente vestido para algo casual.
—El caviar es una auténtica mierda. No tiene sabor a nada.
Me río de su comentario.
Es bueno que aún conserve la capacidad de hacerme sentir relajada. Y a la vez podría ser mi último empujón hacia el abismo.
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Editado: 18.05.2026