Victor sale del auto para abrirme la puerta como el caballero que afirma ser. Me abstengo de darle la mano por mi edo a mi involuntaria reacción. Es decir, qué cara pongo si me ruborizo de más o me tiemblan las piernas. No soy actriz, no podría disimular tanto que me mueve el piso si me está tocando.
—Gracias por traerme, no era necesario — le hago saber mientras nos acercamos a la entrada.
—Todo es parte del plan – bromea.
—Sigue así y tal vez te funcione.
—Te garantizo que así será.
Eso lo dice en serio.
Es sutil, pero el tono de su voz cambia y se hace más profundo cuando me dice las cosas con una intención menos cómica. Me agrada eso. Decir las cosas sin necesidad de decirlas realmente, como si pudiera leerle la mente.
Seguro es el efecto que siempre ha buscado provocar en mi.
—¿Sabes? — digo — Más allá de tu loca obsesión que de hecho es algo tierna, es agradable tenerte de vuelta en mi vida.
—¿En serio?
—Me gusta rodearme de personas interesante. Y siempre supe que te convertirías en un gran hombre. O al menos lo esperaba. Es bueno ver que tuve razón todo este tiempo.
—Gracias. Significa más de lo que crees para mi que tú digas eso.
Eso me hace pensar en sus padres. Si tuviera que elegir un recuerdo del pasado que los describa, diría que su madre y la mía eran amigas hasta el punto de ser terribles juntas. Y por "terribles" hablo de literalmente malas madres. Así que nos ignoraban juntas mientras íbamos a jugar, hasta que el padre de Victor aparecía para llevarselo.
Ese es mi recuerdo. Una madre ausente, un padre dictador y un dulce niño que obedecía.
Dijo que su idea era volver como un hombre libre. ¿Será que realmente pudo librarse de esa familia horrible? La única que nunca pude odiar fue a su hermana, pero claro, era casi una bebé cuando toda nuestra separación ocurrió.
Ambos nos detenemos en la puerta y nos quedamos en silencio al vernos de frente a los ojos. La verdad no estoy segura de qué decir. Si es el final de una cita oficial, ¿debería dejar que me bese?
Apuesto a que las fanáticas del romance están gritando "¡Sí, por supuesto que debes besarlo!". Pero por muy cita que esto hasta sido, Victor y yo aún estamos parados en la casilla de salida. Hasta que no me mueva de ahí, sigue siendo un desconocido.
—Bueno, pues... ya nos veremos — le digo a modo de despedida mientras le extiendo la mano.
Si acaso el gesto lo decepciona, no lo demuestra al tomar mi mano y besarla
—Claro que sí — y no contento con eso, también se acerca para dejarme un delicado beso en la mejilla — Buenas noches.
—Buenas noches.
Me deja con la impresión de que hay muchas cosas que hubiera querido decirme y se las calló por educación. Porque seguramente no habrá sido debido al miedo.
Ese hombre ya no debe temerle a nada en esta vida.
No se mueve hasta que abro la puerta y me encuentro completamente adentro. Espío ligeramente por la ventana para asegurarme de que no piensa acampar en mi patio delantero.
Pero rápidamente, me doy cuenta que no soy la única mirando a escondidas. En cuanto me muevo un poco, el pesado y lento cuerpo de mi padre pretende fingir que no estaba en la otra ventana mirando cómo me despedía de Victor.
Lo encuentro sentado en su sillón con un álbum de fotos en el regazo.
—¿Papá?
—¿Si?
—¿Estabas espiando?
—Por favor, ya no eres una niña. No tengo que andar de fisgón.
—Ajam.
Me quito las zapatillas para dejarlas tiradas por ahí. Me acerco a mi padre hasta recostarme a su lado sobre el apoyabrazos. Reconozco el álbum de cuando solí contarme historias para dormir.
Las princesas y los dragones me dejaban demasiado exaltada pero sus anecdotas siempre lograban aburrirme hasta cerrar los ojos.
—¿Qué haces? — le pregunto.
—Viejas fotos de la construcción. Por alguna razón, hoy extrañé a mis compañeros.
—Podrías ir a visitarlos.
—No, ya bastante viejo me siento sin verlos. Imaginate si nos ponemos a hablar de mejores épocas.
Las imágenes frente a mi están teñidas de varios colores.
Los años más jóvenes de mi papá se ven en todos blanco y negro. Solí pensar que para la época, él había sido todo un galán. Ahora creo que simplemente no había mirado bien la foto. No hubiera dado ni centavo a que ese chico de nariz grande y sonrisa tonta lograría casarse y tener una hija tan hermosa.
Cuando ya entró la madurez de un padre de familia, las fotos se pintaron de sepia. No sé porqué, ya que se supone que había mejores cámaras. Pero para ser justos, la gente de la construcción no podía pagarlas.
Ya en los años que pude acompañarlo y visitar a todo el mundo, las personas en cada imagen podían presumir del color original de sus uniformes. Y yo estoy ahí, siempre con una exagerada sonrisa.
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Editado: 18.05.2026