Entro al café tranquilamente.
Saludo a mis amigos con una sonrisa.
Me visto el delantal sin apuro.
Y trabajo como siempre.
La rutina en sí es la misma que he hecho desde que comenzaron mis días como mesera. Clientes más, clientes menos, las cosas aquí no tuvieron nada de extraordinario.
Excepto claro que mis pensamientos se fueron a Victor y nuestra "cita" cada vez que no estaba tratando de recordar con precisión la orden de los clientes.
No había pensado en ese niño en demasiado tiempo y ahora no había forma de hacerlo desaparecer de mi cabeza. Sus ojos siempre son lo primero en lo que pienso. Ese azul tan precioso no puede ser más una obra de arte. Y la sonrisa que no ha cambiado, solo aumentado su grado de sensualidad. Me pregunto constantemente cuántas chicas habrá hecho caer a sus pies de adolescente con ella.
Pienso en sus manos, lo hábiles que deben ser. Su brazos fuertes y acogedores, que me llevan a recordar la forma atenta en la que me escucha, me atiende, cómo parece que en realidad yo podría ser el centro de su universo.
Todo aquello derivado de mi clara falta de voluntad, acaba en una invasión de preguntas en mi cerebro.
¿Qué lo llevó a ser así ahora? ¿Qué fue de su familia? ¿Cuántas novias tuvo? ¿Le gusta su trabajo? ¿Cuál fue su peor experiencia hasta ahora? ¿Cuál la mejor? ¿Qué tanto me extrañó?
Bueno, esta última no creo que tenga mucho sentido. Él mismo me dijo que volvió solo por mí, que lleva años esperando este momento. Una persona que no extraña lo suficiente a otra no haría tanto esfuerzo por reconectar, ¿o sí?
Así trascurre mi día. Si no pienso en los pedidos, es Victor quien aparece. Cuando lo hace, me atrapa con su atractivo físico. Y cuando esto pasa, me lleno de preguntas sin respuesta. Un círculo interminable de torura psicológica.
Pero al llegar la tarde, empieza la tortura física. Más concretamente, veo en la mirada de mi amiga Bricia que está a punto de provocar que mis oídos y cerebro se derritan.
—Bien — dice Bricia — Ya pasó más de medio día.
—Si, lo sé — respondo.
—Y he sido muy paciente, muy respetuosa de tu intimidad. No he preguntado nada, aunque las palabras se me atoran en la punta de la lengua.
—Imagino cuánto sufres.
—Pero ahora que todo está más tranquilo, ¡vas a decirme cómo te fue anoche!
No importa cuánto evolucionemos como sociedad, o cuánto avancemos las mujeres para romper estereotipos. El chismerío, meterse en la vida de los demás, siempre estará presente, especialmente entre mujeres.
Y en este momento, Bricia es la encargada nacional de que el chisme se centre en mi persona.
—No pasó nada de lo que te imaginas — le aseguro.
—Tengo una muy buena imaginación, te sorprenderías.
—No nos acostamos, ni nos besamos, ni hubo segundas intenciones. Una cena, común y corriente.
Le sostengo la mirada mientras ella achina los ojos, como si al hacerlo pudiera ser capaz de revelar cada secreto de mi alma. No es que vaya a encontrar muchos, pero lo intenta.
—Bien, te creo — concluye.
—¿Así de fácil?
—Sé que no pasó nada. Eres Lilith, sería demasiado pedir al universo que te soltaras la correa un poco.
Auch.
No, mejor: La verdad es una perra.
No puedo discutir contra mis propias políticas. El amor no existe. Las citas suelen involucrarlo. Tomando esas dos premisas, la conclusión que me mejor me queda es... lo que ya dije. No-pasó-nada.
—Pero sé que lo disfrutaste — continúa — Que te dejó con una sonrisa y quieres volver a verlo.
—¿Lo dicen las voces en tu cabeza?
—Lo dice el hecho de que no te estés quejando.
—¿Perdona?
—Si hubiera sido terrible, la peor cita de tu vida, llevarías todo el día hablando pestes de él. Hasta jurando sobre la tumba de Freddy Mercuri que no pasará nada entre ustedes, nunca. Y resalto ese "nuca".
—Amo el dramatismo, como cualquier persona. Pero enserio, amiga, debes ver a un psiquiatra.
Me alejo de ella pensando que tiene toda la maldita razón. Si las cosas no hubiera salido bien, yo estaría echando humo por las orejas con mis amigos. Porque para eso está, ¿cierto? Son mi sistema de apoyo, de contención.
Y no he dicho nada sobre la dichosa cita, así que es normal que saquen sus propias teorías.
Solo espero que la mía sea mejor, y el simple hecho de no mencionar la cena con Victor signifique que en realidad no tiene tanta importancia como para darle lugar en una conversación.
Cuando me acerco a la barra, junto a Zev, ayudo con la limpieza de utensilios. Él no me mira cuando dice:
—Está loca.
—Ya lo sabías cuando empezaste a salir con ella.
—Pero sabes que tiene razón.
Si, lo sé. Pero a él tampoco le doy el beneficio de tener razón tan rápido.
#1067 en Novela romántica
#399 en Novela contemporánea
billionaires romance, childhood friends, mmc obsesivo y posesivo
Editado: 18.05.2026