Conquistame

8. Victor

No fue nada sencillo mudarme a mi nueva oficina en el centro. El edificio es perfecto, las vistas son geniales, y la gente ha ayudado mucho en el proceso. Pero soy un hombre cuyo orden y disciplina tienden a ser primordiales a la hora de trabajar, y eso no lo he podido conseguir hasta que cada caja estuvo vacía y cada objeto encontró su lugar en mi espacio.

En otras palabras, rodeado mis cosas, me siento más en control y puedo, finalmente, concentrarme en mi trabajo real.

Mis asistentes ayudaron con todo, como siempre. Mi sombra parece tan lejana a mí cuando ellos están cerca.

En el fondo estoy agradecido de haber contratado personas tan buenas en su trabajo. Y en ese mismo fondo me pregunto si la palabra "personas" aplica correctamente. ¿Robots, tal vez? ¿Aliens? No sé, pero están a mi cargo y son los mejores, con eso ya debo de estar conforme.

—¿Té, señor? — me pregunta Neide cuando me ve entrar a mi oficina.

—Café, por favor.

Sé que eso la sorprende. Nunca he sido muy amigo de aquel brebaje oscuro que a todo el mundo enloquece. Cuando estaba esperando a Lilith, simplemente me sumergí en la experiencia de la cafetería, pero eso es todo.

Ahora mismo, lo necesito casi como una necesidad para mantener mis ojos abiertos. Aunque la noche de cita no duró al amanecer, tras dejar a Lilith en su casa fui incapaz de pensar en cualquier otra cosa que no fuera ella.

Intenté que las cosas fluyeran lo más naturalmente posible. Que se sintiera cómoda conmigo. Que fuera honesta, como siempre, y no se mordiera la lengua si quería enviarme al diablo en la cita.

Supongo que hice un buen trabajo.

Sonrió seguido, no me apartó la mano en ningún momento, mantuvo el contacto visual, y hasta podría jurar que la hice sonrojar una o dos veces.

La media sonrisa que se me ha estampado en la cara por todas esas pequeñas victorias no puede borrarse ni con una noche de sueño. O bueno, una noche que pretendía ser de sueño y acabó titulándose "la noche en que Lilith protagonizó mis pensamientos cada vez que cerraba los ojos".

Una cantidad de horas insana pensando solo aquella chica.

Las consecuencias, además de extrañarla más que nunca, son claras ahora. Mi cuerpo no tolera estar detrás de un escritorio con una lista interminable de tareas y obligaciones.

Solo adelantar un par de cosas en las siguientes horas, cuando Neide toca la puerta. Sé que ella porque aunque soy benevolente con mis empleados, parece que todos me tienen miedo. Será la postura o que siempre veo a la gente a los ojos. En fin, nadie toca la puerta ta fuerte y decididamente como alguno de mis asistentes.

—¿Señor? — ella entra sin dudar ni un paso

—Ya te he dicho que puedes llamarme Victor.

—Si, eso no va a pasar — se acerca y deja frente a mi una montaña de papeles — Los informes de la semana.

—¿Algo a lo que deba prestar especial atención?

—La sección de reclamos está más baja que el trimestre pasado. Pero siempre es bueno revisar.

De hecho, siempre lo hago. Es mi sección favorita.

Nada de números ni gráficas, o estadísticas. Solo la opinión tanto de las empresas como de sus empleados. Aprendí a disfrutar de saber qué cree o quiere la gente en todos mis entornos. Eso ayuda cuando debo tratar con ellos directamente.

Irónicamente, ese pequeño gusto ahora también me sirve con Lilith. Saber que amaba los cuentos cuando era niña me dio la pauta para el primero de muchos regalos que quiero hacerle.

¿Me pregunto si ya le habrá llegado? ¿La habré sorprendido?

—Gracias, Neide — respondo en cuanto mi mente vuelve a donde debe estar — ¿Dónde está Ryu? Necesito los gráficos de...

—Aquí están, señor — Ryu también entra por la puerta con la seguridad de un caballero y deja una segunda montaña de papeles en mi escritorio.

—Perfectos y eficientes, como siempre — les digo — Debería subirles el suelo.

—Debería — coinciden ambos.

A veces reviso sus CVs solo para asegurarme de que no contraté gemelos y no me he dado cuenta. Se portan igual en el trabajo, casi siempre coinciden en lo que dicen (y habla a la vez), ambos son impasibles y meticulosos. Y si no fuera porque Neide es de Rusia, y Ryu de Japón, podría pensar que fueron clonados por su inusual parecido físico.

Pienso unas veinte bromas que hacer sobre todo ello. Más me guardo las dudas para mi. Son buenos empleados y un apoyo de hierro, lo último que quiero es ponerlos imcómodos.

—Ya pueden irse — les digo.

Neide se encamina a la puerta, pero su compañero aún se queda pie frente a mi.

—¿Señor? — dice — Si me permite recordarle, el asunto de la señorita Bricks sigue pendiente.

Por supuesto. Un eterno dolor de cabeza en mi vida que simplemente se disfraza con el término "pendiente", para ser menos vulgares.

—Claro, lo tengo muy presente, gracias — respondo.

—Cuando guste.

Ryu se retira.




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