Mi madre se ha ido. Ya no la veré nunca más.
Liz jamás la conocerá, ni la recordará.
Debería estar triste, desolado, llorando a mares, como dicen mis tías. Debería sentir que el mundo se cae a pedazos. Todos me dicen que eso siente una persona cuando pierde a alguien importante en su vida.
Tal vez todas esas personas deberían entender que mi madre solo cumplió su papel como tal cuando me dió a luz a mí y a mi hermanita querida. En el resto de las tareas fue más una cara de presentación que un actriz funcional.
Así que aunque no lo digo en voz alta, solo siento duda. O bien, una pregunta en concreto que el tiempo se encargará de responder. ¿Qué tanto va a cambiar mi vida ahora que mi madre no está?
Imagino que igual iré a la escuela. Todavía tendré que lavarme los dientes, usar ropa planchada y comer vegetales. Aún tendré deberes y a la vez tiempo libre. Y seguiré siendo yo quien lea los cuentos para dormir.
No fue hasta pocos días después del funeral que obtuve una respuesta más contundente y devastadora.
—Nos vamos — me anuncia sencillamente — Dice a la ama de llaves lo que quieres en tu valija, y olvidas algo lo das por perdido. No vamos a volver.
Y como por arte de magia, ahí están todos esos sentimientos atroces del comienzo. La tristeza, la desolación, la ira, el dolor... mi madre se ha ido, pero la pérdida que me provoca tantas sensaciones horribles no es la de ella, sino la de Lilith.
Irme significa perder a mi mejor amiga, la chica de mi vida, la única persona en este mundo con quien puedo estar sin perder los nervios o morir de vergüenza.
Dos días antes de la inevitable partida, la ama de llaves me lleva al parque como solía hacer mi madre. No es tan diferente, ambas lo hacen por obligación.
Y como siempre, trepada en un árbol como una monita adorable, está mi Lilith.
—¡Victor! — exclama al verme.
Baja de las ramas y corre directa hacia mi para abrazarme.
—¿Qué crees? Rompí mi propio record. Escalé hasta la quinta rama sin caerme. Muy impresionante, ¿cierto?
No me da el tiempo a responder antes de que otra ocurrencia pase por su boca.
—Ay, perdona. Mamá de dijo que debo ser cuidadosa contigo porque debes estar triste. No quise gritarte.
Si lloro ahora, creerá que es por su culpa. Y bueno, un poco lo eso. Pero no porque me duela que haya olvidado que mi madre se ha ido, sino porque lo recordó y se disculpó pensando solo en mis sentimientos y no en su duelo.
—Estoy triste — confieso — Pero no por mi madre.
—¿Entonces por qué?
Reúno valor y le respondo.
—Tengo que decirte algo muy importante.
—¿Bueno o malo?
—Malo
Su semblante pacífico se torna más triste que el mío.
—¿Ya no quieres ser mi amigo? — pregunta al borde del llanto — Ya no te llenaré de barro la ropa, lo prometo.
De nuevo, un inminente dolor en el pecho que incita las lágrimas. Me inclino para abrazarla y probarle que su suciedad nunca fue ni será el problema. Viviría cubierto de tierra si es lo que ella quisiera, y lo haría con una sonrisa en el rostro.
—Nunca sería capaz de decirte algo así, Lilith — le aseguro.
—Pues entonces no debe ser tan malo lo que tengas que decirme.
—Lo es — me alejo para mirarla a los ojos — Mi padre quiere que nos mudemos.
—¿A dónde? Tu casa está muy bien.
—No solo de casa. De país.
—¡¿Qué?!
—Mamá ya no está y él quiere empezar de cero en otro lugar. Cree que es lo mejor para nuestra familia.
Lilith me mira desconcertada, confundida. Somos niños, después de todo. No entenderemos los motivos de los adultos hasta que seamos como ellos. Pero Lilith es la persona más inteligente que conozco, incluso a su tierna edad. Su mente maquina cientos de razones para mi partido y ninguna parece convencerla.
—Pero tú tienes todo aquí — dice — Tu habitación, tu colección de comics, a mí. No tiene sentido que te vayas.
—Lo sé. Perderé todo, y no puedo hacer nada al respecto.
A ella.
Quise decir que la perderé a ella.
Todo lo demás en su lista, incluso aquellas cosas que no mencionó como la escuela, mi bicicleta o los videojuegos que mi abuelo me regaló, son cosas que no extrañaría nunca más que a mi querida monita Lilith.
Ella cede al llanto y me abraza de nuevo.
—No es justo — dice con la voz quebrada — Eres mi mejor amigo. Y ya no nos veremos nunca más. ¿A quién le contaré mis cosas ahora? ¿Quién se subirá conmigo a los árboles, quién contará las estrellas conmigo, o me dará la mitad de su sándwich?
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Editado: 18.05.2026