Mi amigo, el mayor pesimista en la historia de los pesimistas, ama celebrar su cumpleaños. O más bien, ama que le regalemos cosas, que preparemos la comida en su honor, y lo hagamos el centro de nuestro universo por 24 horas.
Si le hace feliz pensar que estamos a sus pies, pues dejaré que viva con una sonrisa en la ignorancia, cuando en realidad lo que me motiva a celebrar un cumpleaños es la compañía de mis amigos.
Estar con ellos es como vivir todos los años de infancia que nunca disfruté por estar cuidando de mi padre o estudiando para terminar siquiera el secundario. Me divierto, hago locuras, aún siendo responsable, y me relajo. Sobre todo eso. No tengo que estar preocupada porque me juzguen, se rían de mí por no ser millonaria, o estén pendientes de mis torpezas.
Soy yo y eso les basta.
Mientras estoy en la cocina del departamento de Zev, donde las cosas de Bricias aún no han salido de sus cajas, mi amiga se acerca para fingir que corta pequeñas salchichas a mi lado.
—Necesito que tu regalo sea épico — me dice en voz baja.
—Tan épico como un par de calcetines pueda ser — respondo con una ligera sonrisa — ¿Por qué?
—¿Le compraste calcetines?
—Con la cara de Yoda.
—¿Por qué me odias?
Admito que no pensé en mi amiga cuando compré el regalo. Zev tiene muchas cosas de ciencia ficción rondando por la casa como un museo que homenajea a las naves espaciales.
Llevo evitando la mirada acosadora de la estatua de Spock toda la noche y aún siento los vellos de la nuca erizados.
Bricia ama a Zev, y quien necesite prueba de ello, puede venir a esta fiesta de tres personas y ver cómo ella no ha quemado las cortinas del Viaje Intergaláctico ni por accidente.
Bricia comienza a morderse las uñas con disimulo, pero lo noto enseguida.
—¿Qué pasa? — pregunto — ¿Por qué necesitas que lo distraiga mi regalo?
—Es que no quiero darle el mío.
—No le compraste nada — concluyo.
Ella me da un ligero golpe en el brazo.
—Si, lo hice.
—Pues lo que sea, seguro lo amará si viene de tu parte.
—Sé que lo amará. Será el mejor regalo que le hayan dado en su vida. Se obsesionará con él y querrá jugar por meses.
Con toda esa seguridad, no logro entender por qué quiere distraer con mis calcetines.
—¿Entonces cuál es el problema? — insisto.
Ella mira a la sala para asegurarse que su novio no nos estuviera escuchando. Luego, vuelve a mi.
—Si se lo doy, mi IQ bajará un 80% — responde — No sé si quiero, o si puedo, vivir con algo así.
—Ahora necesito que te expliques mejor.
Balancea su peso de una pierna a la otra como una niña que cometió una travesura. Y por su fuera poco, tampoco me mira a los ojos para confesar:
—Es un disfraz.
—¿De hobbit? Lo usará solo en los juegos de rol con sus amigos, te lo prometo.
—No es para él.
Entonces, dejo el mini cuchillo y me volteo a verla de frente. Trato de verme confundida, intrigada, hasta divertida. Pero la mezcla de todo aquello no es suficiente. En definitiva estoy asombrada porque...
—¿Me estás diciendo que compraste un disfraz para tí? — le pregunto.
Ella asiente.
—Te he dicho mil veces que no quiero saber de sus aventuras sexuales, ¿cierto?
—Cierto.
—Olvidalo por un minuto. ¿Qué clase de disfraz erótico vas a desfilar para tu novio?
Ya no puedo contener la risa ni al terminar esa burla. Bricia disfrazada para una aventura romántica con Zev no es una imagen a la que soy ajena. Hace unos años los encontré en el baño del café con sus trajes de Roger Rabbit y esposa. ¿Para qué los tenían? Es una pregunta cuya respuesta no quiero saber.
—Tú ríete — me dice — Pero cuando no me veas por días por estar encerrada en la habitación, con mis piernitas adoloridas, te sentirás culpable.
Ella se queja de sus gustos, sus pasiones, sus obsesiones. Pero las veces que hace alboroto por el "paquete inmenso" de su novio solo para presumirlo en realidad, son mis favoritas.
Es como cambiar las lentillas de una cámara y ver a mi amigo en sus dos versiones: Nerd Absoluto y Macho Fornicador. En el medio está Zev versión El Fin del Mundo, ese es mi menos favorito.
—Si te avergüenza tanto, ¿por qué lo compraste? — pregunto mientras me seco una lágrima imaginaria producto de la risa — Podrías darle cualquier otra cosa.
—Porque quiero verlo feliz y estas cosas le provocan una sonrisa genuina que me encanta.
—¿El problema? Además de la vergüenza, claro.
—Desearía que fuera feliz con cosas menos... patéticas. ¿Un disfraz de elfa guerrera? Es una tontería friki.
Me la quedo mirando en blanco total.
—¿Elfa guerrera? — consigo preguntar
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Editado: 18.05.2026