Conquistame

18. Lilith

—Te juro que si después de tanta cosa romántica, tanto regalo y declaración de amor, resulta que vas a matarme en mitad de la nada, yo vuelvo como fantasma y te castro con una cuchilla oxidada.

Mis palabras hubieran sonado más amenazantes si mis ojos no estuvieran vendados y realmente pudiera enfocar una mirada asesina hacia Victor.

Tuvo que convencerme con muchas promesas de que sería la mejor cita de nuestra vida, que debía dejarme llevar por la ilusión del momento. Puras cursilerías que no combina para nada con mi forma de ser.

Más le prometí a Victor que haría un intento real en esta "relación". Se siente extraño de solo pensarlo. Técnicamente hablando, tengo novio, y es mi viejo amigo de la infancia. Quien me ha visto y quien me ve.

Tal y como prometió, me envió el contrato tan pronto como llego a su oficina el día del acuerdo. Lo leí con mucha atención, y el descarado se había tomado la libertad de añadir ciertas claúsulas.

Al menos 3 citas por semana.

Tomarse de la mano en todo momento que dure una cita o cuando se vea apropiado.

Sin secretos, ni mentiras entre nosotros.

Hablar de nuestro día.

Recordar la infancia juntos solo cuando es pertinente (no queremos que el pasado consuma toda nuestra relación si conocernos en el presente es lo cuenta)

Aceptar regalos sin objeciones.

El señor Saint es el único a cargo de los gastos en la relación cuando estan juntos.

Hacer un reporte mensual de cómo avanza la relación (en forma de cita)

Y así, mucho más. ¿Qué clase de loco pone por contrato que debemos darnos las manos? Supuse que sería una obviedad, pero claramente Victor quiere amarrarme por todos lados para que no escape.

O eso pensaría si otras cláusulas sorpresa no me dieran toda la ventaja. Como que yo tengo la última palabra en casi todas las discusiones. O que se me permite saltearme cualquier norma estipulada si me siento incómoda al respecto.

Él no quiere atarme a su lado, solo darme las pruebas que necesito para elegir estarlo. Y de todas formas, creo que un poquito si quiere asegurarse de que no salga corriendo.

Escucho perfectamente su sonrisa encantadora asomando por sus labios.

—Mujer de poca fe — dice — Pensé que confiabas en mí.

—Tengo los ojos vendados. ¿No es prueba suficiente de que si lo hago?

—Pero temes que vaya a matarte.

—Cualquier persona que no tema a que un desconocido la mate, es una tonta.

—Pues resulta que soy tu novio, no un desconocido.

—Si, bueno...

Siento un millar de hormigas bailar en mi pecho. Aún trato de descifrar si es una buena o mala sensación.

Cuando estaba con Felix, odiaba que me presentara como su novia. Era algo muy común y que todo el mundo hace pero para mi era... extraño, pesado. Como si una soga invisible me tirara cada vez fuerte hacia la nada.

Nunca se lo dije, y creo que ese siempre fue mi error. Solo me presentaba a mí misma como Lilith y esperaba que nadie preguntara nada más.

Con Victor se siente menos forzado. En parte no tengo que fingir nada con él, ni estar al tanto de lo que se espera de mi. Así que aquel hormigueo puede ser bueno ¿no?

—¿En qué estás pensando? — me pregunta de repente.

—Intento descifrar tu plan macabro — miento.

Que no vea el baile nervioso de mis ojos es una ventaja en este momento.

—¿Y cómo vas con eso? — insiste.

—Hasta ahora solo tengo que sabes que odio las sorpresas y se te ocurrió intrigarme con una para nuestra primera cita. Eso te hace un tonto o un sádico.

De nuevo, puedo oír perfectamente la curvatura de la comisura de su boca. Seguro se estará formando aquel hoyuelo tierno que se pintaba en sus mejillas de niño. Que lo conserve de adulto es injusto. No debería estar permitido que sea tan guapo y además adorable.

—Cambiaré tu mala percepción de las sorpresas con esta, ya verás — dice con total confianza.

Ambos guardamos silencio, y ya que el señor importante no me dará siquiera una pista de dónde me estoy metiendo (o donde me está metiendo), tengo que agudizar el oído mucho más.

Otros autos. Bocitas. Gente caminando. Bicicletas andando. Un perro que ladra. Y... si, definitivamente aquello fue un vendedor ambulante de comida arabe.

—Seguimos en la ciudad — afirmo.

—Así es.

—¿Qué calle?

—La Avenida Central

—¿Y por qué venimos en auto? Son 50 minutos a pie desde la cafetería de Zev.

—Si, pero son dos horas desde tu casa. Y contrario a lo que puedas pensar, no soy un sádico que quiere hacer caminar una maratón en esos zapatos.

Victor insistió en que debía pasar por mi casa para iniciar la cita. Se escudó en que un caballero así se comporta con su novia, lo cual no sabría cómo refutar, pero yo creo que también quería ver a mi padre.




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