La historia no me cansa nunca aunque la lea mil veces. Dos asesinos que cazan asesinos, compiten entre ellos y se complementan como uno solo. ¿No es acaso la definición de amor verdadero?
Bueno, me dirán loca y con justa razón, pero una historia romántica como esta es la única excusa que se me ocurre para no perder la fe en el amor.
—¿Tienes hambre?
Estoy reviviendo la escena de su primera vez juntos. Ella fue atacada por un asesino gigante y él la cuida durante toda la noche, como buen samaritano y como buen diablillo también.
—Lilith
Él recorre su cuerpo como si estuviera leyendo poesía. Despacio, con cuidado, con amor, deseando que sea infinito y pueda demostrar todo lo que lleva guardado dentro.
A veces imagino tan vívidamente la escena que es como estar viendo una película. Y él es un sueño del que no querría escapar nunca. Pienso en sus ojos cada que los posa en ella, contemplándola como una obra de arte que está a punto de adorar.
—Tierra llamando a la monita más tierna del mundo.
Cada beso, cada caricia. Las siento propias, en un éxtasis mental que solo los libros son capaces de darme. Es todo tan...
De pronto, siento que uno de aquellos besos se escapó del papel y saltó directamente a mi mejilla con descaro. Volteo para ver al verdadero autor de tal gesto y solo encuentro a un Victor sonriente que ni siquiera se disculpa por interrumpir mi momento de lectura. Un momento sagrado para toda amante de romance.
—¿Pero qué haces? — le pregunto indignada.
—Besarte en la mejilla.
—¿Y por qué? Acordamos nada de besos.
—El contrato dice claramente "nada de interacción romántica de boca a boca". No me acerqué a esa zona. Aunque quería.
Ciertamente no lo hizo. Pero al calor del momento, cuando la imagen de los protagonistas haciendo el amor estaba tan presente en mi cabeza, su beso se sintió casi impío.
—Además, fue la única forma de que me dieras un poquito de tu atención — agrega.
La molestia de haber perdido la zona de lectura se transforma en vergüenza. Cuando miro la hora, noto que ya pasaron casi dos horas desde que llegamos, y en ese tiempo, habremos hablado directamente solo 20 minutos. El resto la pasé con la nariz metida entre los libros.
Que horror.
Soy una maleducada, en especial después de que tuviera un gesto tan bonito conmigo. Lo peor es que tengo poner ese arrepentimiento en palabras, ceder a ser la víctima, con lo que a mi me gusta el dramatismo de ese papel.
—Tienes razón — digo — Esto es una cita y yo no me he despegado de los libros.
Él simplemente sonríe.
—Amo verte leer, Lilith. Incluso yo me he enganchado a uno de estos libros. Mira.
Me enseña el libro que previamente le había "obligado" a leer, y el señalador se encuentra pasando la mitad. Parece que tengo talento para saber lo que atrapa a otros lectores. O, será que Victor sencillamente leería cualquier cosa que yo recomendara únicamente porque... bueno, porque YO se lo recomendé específicamente.
—¿Entonces te está gustando?
—Aún no lo sé — responde indeciso — Pero es muy educativo.
—¿Un jugador de hockey que acosa a una chica que tiene un pasado traumático hasta que logra enamorarla? Cómo no se me ocurrió que es como un manual para tí.
—En mi defensa, es la clase de libros que te gustan.
—Porque en la ficción no hay reglas. Un mafioso puede enamorar a la chica buena, la humana conquista a un hombre lobo y a un vampiro, la secretaria se queda con su jefe, y Phileas Fogg da la vuelta al mundo en 80 días.
—Solo tú metes un clásico entre tanto salseo como algo super natural.
—Te sorprendería saber cuántos libros "clásicos" eróticos han existido.
Esa es una información completamente cierta y que me sorprendió mucho en su momento cuando me percaté de ella. La escritura erótica es más vieja de lo que uno puede creer, y aún al día de hoy parece destinada a ser excluida de la literatura como tal. Y sus lectoras figuran condenadas a la vergüenza por disfrutarla.
Sin ir más lejos, "Madame Bovary" habla de una mujer que goza de varios amantes y es humillada por ello. Es que la sociedad no aprende, Dios.
—Aunque la charla se ha vuelto muy interesante, todavía no me has respondido — dice Victor.
—¿Qué cosa?
—¿Tienes hambre?
Me basta oír la pregunta para darme cuenta que mi estómago lleva un buen rato haciendo ruidos de orquesta para llamar mi atención. Es lo que tienen las buenas lecturas, ¿cierto? Nos alejan de la realidad y de los sentidos.
—Si, de hecho estoy hambrienta — respondo.
—Pediré algo.
—No creo que...
—Tranquila, sé que la comida fina no es lo tuyo. Hamburguesa con papas, será.
A los pocos minutos, Victor sale a la entrada para regresar con nuestro almuerzo. Como prometió, la comida es sencilla y deliciosa. De hecho, no recuerdo la última vez que probé una hamburguesa tan sabrosa, en su punto justo, y acompañada de unas papas tan crocantes.
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Editado: 18.05.2026