Conquistame

25. Lilith

Tras un tiempo en auto, Victor estaciona junto a lo que creo que es un hangar bien iluminado en las afueras de la ciudad.

Me ayuda a salir abriendo la puerta como un caballero. Hasta me ofrece su brazo para guiarme adentro donde una maravilla voladora yace en plena preparación para el despegue. Es algo que ni he visto en películas y me parece asombroso.

—Adivino, ese es tu avión privado — digo tratando de disimular la sorpresa.

Victor besa el dorso de mi mano y camina delante de mi.

—No te da miedo volar, ¿o si? — pregunta.

—No, pero por regla general no me subo a aviones a punto de despegar cuyo destino desconozco.

Él voltea a verme. Ya puedo reconocer esa mirada sencilla con destellos en los ojos y sonrisa compradora.

—Estoy seguro que esa regla no aplica cuando se trata de tu novio.

Ahí está el jaque. Más no me dejo vencer tan fácilmente.

—De hecho, cree esa regal especialmente por mi novio.

Me cruzo de brazos esperando su siguiente movimiento.

Aunque al inicio de toda esta historia realmente respondía en defensa de los dulces comentarios de Victor, ahora temo que solo es un juego entre amantes. Él me coquetea como un juvenil enamorado y yo finjo que no me gusta con sarcasmo y desdén, el cual no dura más de un segundo y luego se derrite en una aceptación sonriente.

¿Quién lo diría?

Aún en contra de mis deseos conscientes, me veo abierta de mente ante la posibilidad del amor. ¿Eso es ironía o simple debilidad emocional?

—Vamos — Victor me extiende la mano — Tal vez no te gusten las sorpresas pero sé que te mueres por saber de qué se trata esta cita.

Claro que sí. ¿Cuántas veces en la vida puedo ver un avión privado de primera mano sin tener que pagar por ello?

Al subir las escaleras, siento que solo me faltan los paparazzi, los flashes de las cámaras y una alfombra roja para sentirme una estrella de cine. Solo es suposición, claro. No quiero nada de eso cerca, mucho menos vistiendo como una, puaj, princesa.

El interior es simplemente magnífico. Y no porque esté lleno de lujos, luces y decorado aterciopelado, sino por la sencillez que reflejan los sillones y los acabos de madera oscura. Siento que sigue siendo mucho para mi, más este estilo tan clásico y minimalista da la ilusión de ser menos forastera.

Ambos tomamos asiento, uno junto al otro, en los lugares más "típicos" de avión que encontré. No quisiera acostarme en algún sillón y correr el riesgo de acostumbrarme, aunque sé que eso espera Victor.

—¿Será un vuelo muy largo? — pregunto.

—Unas nueve horas mas o menos.

—¡¿Nueve horas?! ¿Perdiste la cabeza?

—En absoluto. Ya avisé a tu jefe que estarás fuera al menos dos días. Y hablé con tu padre informandole todos los detalles de esta salida para no preocuparlo. Bricia y Zev recibieron la misma información hace... — gira su muñeca para ver la hora en su reloj costoso — ...veinte minutos. No hay nada que te impida hacer este viaje conmigo.

—¿Que te parece el hecho de que no puedo pagarlo?

Victor deja escapar una mínima carcajada con resoplido.

—¿Y qué es exactamente lo que deberías pagar? — pregunta — El avión es mío, la suite donde nos quedaremos es mía, y soy inversionista en la mayoría de los lugares que visitaremos.

—Dime que es una broma.

—Te dije que siendo mi novia no te dejaría pagar por nada.

No se puede discutir con este hombre, mucho menos cuando todo lo que dice es verdad y tiene sentido. Me lo advirtió, explícitamente dijo que se haría cargo de los gastos, y lo ha hecho.

Cada salida, cada comida, cada maldito comentario que salió de mis labios, él lo hizo posible con la mágica de su tarjeta infinita.

¿Y hasta ahora me doy cuenta? No, por supuesto que no. Pero nada había sido tan costoso como un viaje de nueve horas. ¿A dónde se supone que vamos? No tengo un mapa en la cabeza como para saber qué países están a ese tiempo de distancia, pero puedo adivinar que no será en el continente, ¿o si?.

Este lugar es cálido, las azafatas son mujeres muy amables y me ofrecen varias cosas que rechazo con sutileza. Mi cabeza se apoya en el hombro de Victor y mientras pienso en qué estaría haciendo ahora mismo si estuviera en casa, mis ojos se cierran, lentamente, con pesadez.

—Lilith, despierta.

Escucho la voz de mi novio como la alarma de un reloj. Ligera pero detonante. Mis ojos se abren sin que yo recuerde el momento en que los cerré.

—¿Ya llegamos? — pregunto al incorporarme.

—Así es.

Veo por la ventana pero el aeropuerto donde aterrizamos no me da muchas pistas del paradero. Será otro hangar privado, seguramente.

—¿Y ya puedes decirme en dónde aterrizamos?

—Velo por tí misma.

Nos ponemos de pie para bajar del avión por la misma escalera por la que subimos. Sigo sin ver nada distintivo en este lugar, hasta que salimos del edificio y...




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