Conquistame

37. Lilith

Cuando me quise dar cuenta, el cumpleaños de mi padre ya había llegado. Que Bricia haya organizando la fiesta privada en mi casa debió ser la pista más obvia, o que Zev me hablaba constantemente de los años que le quedan de vida a mi padre para aprovecharlo. Pero honestamente, he tenido unos días de feria donde mis emociones subieron una y otra vez a una montaña rusa. Gritan por momentos y vomitando al segundo siguiente.

Entre todo el drama de Victor, la reparación emocional con Felix, y el bienestar de Liz, con quien he mantenido contacto casi cada día, apenas tuve tiempo de pensar que mi papá está pasando por un momento excelente. Su trabajo lo tiene muy contento, pleno y ocupado. No puedo pedir más. Llega agotado con frecuencia y siempre tiene algo para decir de sus jóvenes discípulos, pero yo lo conozco mejor que nadie. Está en su mundo disfrutando de lo que mejor sabe hacer.

Y ahora es oficialmente un año más viejo.

—Este es de mi parte, señor — Zev le extiende a mi padre una caja de regalo.

—¿Señor? — se queja el cumpleañero — ¿Qué edad crees que cumplo, muchacho?

—Lo siento. Es de mi parte... ¿jovencito?

—Ya callate, Zev — le dice su novia apoyando su mano en la pierna de mi amigo, como si fuera un niño.

—A la orden.

Papá empieza a desenvolver el papel que rodea la caja, y la abre. Supongo que debería sentirme aliviada de no ser la única que no entiende lo que está viendo.

—Ay, pero que... lindo y colorido, Zev — dice mi padre.

—¿Si le gusta? — pregunta mi amigo con el mayor entusiasmo.

Yo sigo mirando el regalo, porque lo primero que pienso que es, no puede ser realmente, ¿o si?

—Algo me dice que te va a responder a eso cuando busque en Internet lo que es — le dice Bricia.

—Tienes una novia muy inteligente — murmura mi padre mientras le da vueltas al regalo como si esperara que hiciera algo más que solo dejarnos pensando.

—Es una estatuilla de colección original de Bob, El Constructor — explica mi amigo — Ya sabe, ese programa infantil de hace años.

Aaaahhh...

Ya decía yo que esa cosa es un casco amarillo y esos ojos de punto negro me recordaban a algo. Espero que mi padre lo reconozca igual.

—¿Le diste a mi papá una figurilla de un programa infantil que ni siquiera es de su época? — le pregunto a Zev.

—Es de colección, son muy difíciles de conseguir. Además, tu papá trabaja en construcción, me pareció lo más lógico.

Dos más dos siempre será cuatro. Pero un hombre adulto de la generación de mi padre más el fanatismo coleccionista de la generación de Zev, jamás darán de resultado una combinación exitosa.

Aún así, mi padre jamás disfruta de que le hagan regalos, no importan lo que le den. Y por eso sabe bien cómo fingir que está agradecido

—¿Sabes qué? Me gusta — dice — Lo dejaré en mi cuarto para que nadie piense que soy un rarito, pero es un lindo detalle. Gracias, Zev.

Todos nos reímos cariñosamente.

—Tranquilo, Gianni — Bricia le extiende una bolsa cuyo logo delata que le ha comprado algo de vestir — Yo te traje una camisa para el trabajo. Sin dibujos, ni estampados extraños.

—Dios te bendiga, Bricia.

Mi regalo fue estar en la cocina siguiendo las indicaciones de internet para un pastel de chocolate naranja y vainilla que mi padre comió una vez en una reunión de trabajo hace mil años y siempre es lo único que pide para su cumpleaños.

No fue un gran sacrificio pero no pienso cocinar el resto del mes.

La fiesta, como dije, es privada. Papá no quiso invitar a nadie de su trabajo, pues dice que los jóvenes son divertidos en pocas dosis y con mis amigos ya éramos multitud. Aunque debo decir que lo prefiero así. Cuando puedes contar con una mano las personas importantes en tu vida, es porque tienes calidad antes que cantidad.

De alguna forma, he llegado al límite de esa regla este año, gracias a Victor y Liz. No es algo de lo que me arrepienta, solo que se siente extraño lo cómodo que resultó ser todo, dado la forma sorpresiva en la que comenzó.

Victor reaparece, descubro quién es, ayuda a mi padre, se determina a conquistarme, lo logra a pesar de todo, me rompe el corazón, me lleva un poco de tiempo arreglarlo y ahora... bueno, no sé dónde estamos parados.

Siento que no va a rendirse. Al menos, no después de que me robara aquel beso frente al café. Al contrario, creo que está más convencido que nunca a arreglar las cosas. Y estoy agradecido por eso.

Más allá del dolor que me haya causado, de las lágrimas que derramé y las horas que perdí sufriendo, él es un hombre sin igual, al que quiero en mi vida. Poco a poco, tal vez sea lo mejor. Pero eso no cambiará lo que he aprendido a sentir.

Justo en el momento en que esto preparando las velas, el timbre suena en la entrada.

—¿Esperamos a alguien más? — pregunto con sospecha ya que mi padre aseguró que no invitaría a nadie — Mas vale que no sean 30 personas o el pastel no alcanzará para todos.

—No recuerdo si invité a gente del trabajo o a viejos amigos.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.