Contigo o sin ti

El dia en que todo empezó

Narrado por Orfeo

Euler me había pedido que lo acompañara a la facultad de Minas. Dijo que era rápido, que recogía unos documentos y ya. Yo no tenía nada mejor que hacer, o sí, pero no quería hacerlo, así que fui.

Lo dejé en la puerta y me quedé afuera, recostado en la moto, con el sol pegando como si febrero hubiera decidido cobrarse algo. No había ni un árbol cerca, salvo un poste de los antiguos. El cemento blanco de esa facultad que siempre me pareció demasiado cuadrada.

Estaba pensando en irme a comprar un agua cuando ella salió.

No salió caminando como salen los demás. Salió con la mano en la frente, tapándose el sol, con una cara de ¿quién coño puso el desierto aquí? que me sacó una sonrisa antes de que pudiera evitarlo.

—Qué sol —dijo, para nadie, para todos, para el cementerio de ingenieros que éramos los que estábamos ahí.

Y yo, sin pensarlo, le dije:

—Acá tienes un poste que te cubre.

Ella me miró. Yo estaba apoyado justo en uno, un poste de esos viejos de la universidad, ancho, que hacía sombra justo donde estaba yo. No era una invitación elegante, pero era lo único que tenía para ofrecer, y lo único que se me ocurrió.

Ella sonrió, no me lo esperaba, una sonrisa franca, de esas que no miden si conviene o no.

—Gracias —dijo, mientras se acercaba a mi lado.

El poste no era tan ancho. Estuvimos más cerca de lo que estarían dos desconocidos en una puerta. Pero ella no se incomodó, y yo tampoco.

—Viniste con Euler, ¿no? —preguntó, mirando hacia adentro.

—Sí —dije—Dijo que recogía unos documentos.

—Ah, entonces espero contigo —dijo, con una naturalidad que me descolocó—Yo también lo ando esperando, me va a acompañar a hacer compras.

Asintió, muy feliz, no dijo más, pero no era un silencio que hubiera que llenar. Era un silencio que podía estar ahí, sin molestar. Hasta que ella lo rompió con una pregunta que no esperaba.

—Me gusta tu funda, ¿es de las que le puedes poner tarjetas dentro?

—Si, es muy práctica, me la regalaron—la miraba, me sentia algo nervioso, y de repente me dice.

—¿Te gusta Cerati?

¿Cómo mo adivinó? pero me había dado justo donde sorprende bonito.

—Sí —dije—. ¿Y a ti?

—A mi papá le encantaba —dijo, y en el encantaba hubo un tiempo pasado que no pregunté—En mi casa sonaba todos los domingos.

—Hay un tributo en Lima —dije, y la frase salió más rápida de lo que quería—En junio.

—¿En serio? —dijo, y en sus ojos se encendió algo—. Yo escuché algo, pero no sabía bien cuándo.

—Yo tengo la fecha —dije. Y me quedé ahí, sin decir vamos juntos, pero dejando la puerta abierta por si ella quería entrar, pero, como iba a aceptar si era un completo desconocido.

Ella me miró. Creo que entendió, creo que también dejó algo sin decir.

En ese momento salió Euler. Venía con una carpeta bajo el brazo y una sonrisa que me conocía demasiado.

—Orfeo —dijo, señalándome con la carpeta—, tengo tus separatas. Las de C#. Pasé a recogerlas cuando salieron mis documentos.

—Gracias —dije, mientras las tomaba.

—Alba —dijo Euler, volviéndose hacia ella—, este es Orfeo. Está en informática también. Orfeo, ella es Alba. Trabaja acá, en sistemas.

—Ya nos presentamos solos —dijo Alba, y me sonrió.

—Me estaba cubriendo del sol —dijo ella, señalando el poste.

Euler nos miró a los dos. No dijo nada, pero hizo esa pausa que a veces hacía, como si estuviera anotando algo en su cabeza, y aun que fue leve parecía no gustarle el acercamiento que hubo.

—Bueno, nos vamos —dijo Euler, mirando el reloj—Tengo que llevarla antes de que cierren las tiendas.

Alba me miró una última vez. En sus ojos había algo que no era solo amabilidad. Algo que me dijo que esa breve conversación aun no termino, tenia que continuar en algún momento.

—Nos vemos, Orfeo —dijo. Y se fue con Euler, con sus tacos sonando en el cemento, con su vestido que no era de ingeniera, con esa forma de estar en el mundo que hacía que todo a su alrededor pareciera más fácil.

Yo me quedé en la moto, con las separatas en la mano, con el sol que ya no me importaba, con la certeza de que algo había empezado.

***

Narrado por Alba

No quería salir. No por la ropa, sino porque el sol estaba insoportable y yo no había dormido bien, como es de costilla porque tengo muchos problemas para dormir, y sabía que después iba a tener que sonreír y hacer que todo estaba bien, solo anhelaba llegar a casa y dormir. Pero Euler insistió, dijo que necesitaba acompañarlo a recoger unos documentos y que de paso me llevaba al centro, así tome la determinación de que me maquillaria y haria mi mejor intento por pasarla bien.

Cuando salí, el sol me pegó en la cara como un recordatorio de que había días en que ni siquiera la ropa nueva podía arreglar nada. Me tapé con la mano, maldije mentalmente, algo que trataba dejar de hacer, y dije en voz alta lo único que se me ocurrió:

—Qué sol.

Y entonces él habló.

—Acá tienes un poste que te cubre.

No lo había visto. Estaba recostado en un poste, con una moto negra, con una cara que quería ser seria pero que en escondía algo más. No sé si fue la forma en que lo dijo —sin insistir, sin sobresaltos, como si ofrecerle sombra a una desconocida fuera lo más natural del mundo— o si fue que llevaba días sintiéndome invisible y de repente alguien me veía lo suficiente para darme un lugar donde pararme.

Me fui a su lado. El poste no era grande, pero alcanzaba. Y él no se movió, no se alejó, solo se quedó ahí, firme, apoyado.

—Viniste con Euler, ¿no? —pregunté, porque me parecía haberlos visto juntos antes y era la única manera que encontré de seguir hablando.

—Sí.

—Ah, entonces espero contigo —dije, y me sorprendió lo natural que sonó—Yo también lo espero.

Él asintió. Y hubo un silencio que no fue incómodo. Pero yo sentí que si no decía algo, ese silencio se iba a llenar de las cosas que siempre pienso y que nunca digo. Así que pregunté lo primero que se me ocurrió:




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