Narrado por Orfeo
Tres meses antes
Conocí a Euler en una fila. La más larga de la facultad de Matemáticas, un día en que el sol pegaba como si quisiera recordarte que no pertenecías ahí... Yo iba a matricularme, él iba a preguntar por una convalidación. La fila no avanzaba, y él, que era de esos que hablan con cualquiera, me sacó conversación.
—¿Primer ciclo? —me preguntó.
—Sí —mentí. No era mi primer ciclo, pero no quería explicar nada, por qué a los 22 todavía no sabía qué hacer con mi vida.
—Yo estoy por terminar —dijo, con una sonrisa que no era de soberbia, era de esas sonrisas que abren puertas—. Si necesitas algo, avísame.
No sé si fue la forma en que me dijo "avísame" o la manera en que después me esperó a la salida para ver si necesitaba ayuda con los horarios, pero algo en Euler me hizo confiar. Algo en él me dijo que con este no tenía que demostrar algo que no soy.
Después de eso, Euler se convirtió en ese amigo que uno no sabe que necesita hasta que lo tiene. Me invitaba comida del comedor universitario, que a mí me daba vergüenza pedir porque todavía no entendía cómo funcionaban los vales ni el trámite, y él me la alcanzaba como si nada, como si compartir el almuerzo fuera lo más natural del mundo.
—Tengo de más —decía, y yo no queria averiguar si era cierto o no, pero aceptaba igual.
A veces me hablaba de su vida. Me dijo que tenía una novia en la sierra, que se llamaba Lucía, que era maestra de inicial en un jardín de niños. Cuando la nombraba, su cara cambiaba. Se le ablandaba todo. Me mostró fotos una vez: una mujer de sonrisa tranquila, rodeada de niños, con un delantal lleno de manchas de pintura.
—Es la persona más dulce que conocí en mi vida —dijo Euler, y en sus ojos había algo que yo no sabía si alguna vez iba a sentir por alguien.
No le pregunté más. No soy de preguntar. Pero me quedó la imagen de esa mujer, y de Euler diciéndola dulce, y pensé que quizás algún día yo también podría hablar de alguien así.
Lo llevaba en mi moto hasta cerca de su paradero, pero nunca hasta su casa. Me decía que era peligroso, que había que dar vueltas, que no le gustaba que la gente supiera dónde vivía. Yo me reía, le decía que era un paranoico, pero respetaba su misterio. Todos tenemos lugares que no queremos mostrar.
Ese día, Euler me había pedido que lo esperara en la puerta de la facultad de Minas. No me dijo para qué. No me dijo por qué. Solo me dijo "espérame un rato", y yo solo acepte.
Y entonces salió ella, y la final no me arrepiento de la espera.
Después de que Euler nos presentó, Alba se fue con él de compras. Yo me quedé con las separatas en la mano, con el sol en la cara, con la sensación de que algo había pasado que no terminaba de procesar.
No pensé que la volvería a ver tan pronto.
Pero a los dos días, y aunque Euler no volvió a pedirme que lo acompañara, otra vez fui la facultad de Minas. Otra vez la misma puerta. Y cuando salió, ella estaba otra vez ahí, pero esta vez no con Euler. Esta vez salió sola, con un vestido diferente al de aquel día, incluso más bonito, con los mismos tacos, con esa luz que quería conocer más.
—Orfeo —dijo, y en su voz había una sorpresa que no era fingida—. ¿Otra vez por acá?
—Euler me pidió que lo espere —dije. Mentira. Euler no estaba. Pero ya había llegado hasta ahí y no tenía ganas de inventar una excusa mejor.
—Ah —dijo ella, y sonrió como si supiera que estaba mintiendo—. Bueno, yo ya me iba. ¿Me llevas hasta mi paradero?
La miré. Llevaba vestido. Subirse a la moto con vestido no es fácil, pero ella lo dijo como si no hubiera problema, como si confiara en mí sin conocerme.
—Súbete —dije, y le alcancé el casco.
Se lo puso. Le quedaba grande, pero no dijo nada. Se subió detrás de mí, con cuidado, acomodándose el vestido para que no se le subiera. Por un momento sentí sus manos dudando, sin saber dónde agarrarse. Después las apoyó en mis hombros, suaves, sin apretar.
—Agárrate bien —dije.
—Ya estoy —respondió.
Aceleré. No sé por qué, pero aceleré más de lo que solía. Quizás para sentir si se agarraba más fuerte. Quizás para sentir algo.
Y entonces empezó a gritar.
—¡Oye, más despacio! —gritó, con la voz que se le llevaba el viento—. ¡Vas muy rápido!
Pero no era un grito de miedo. O sí, pero también era otra cosa. Había algo en su voz que sonaba a risa, a emoción, a algo que no podía nombrar.
Yo no bajé la velocidad. No del todo. Sentí sus manos apretar mis hombros, sus dedos hundirse un poco más, y por un momento pensé que estaba gritando de miedo, pero también pensé que quizás no era solo eso. Quizás era de esas personas que gritan cuando sienten algo fuerte, algo que no pueden callar y sienten profundamente.
Cuando llegamos a su paradero, frené. Ella se bajó, se sacó el casco, y tenía el cabello revuelto y las mejillas coloradas y una sonrisa que no se le borraba.
—Eres un loco —dijo, pero no sonó a reclamo, o si lo era, pero con una linda sonrisa.
—Te dije que te agarres bien —dije, y no pude evitar una sonrisa.
—Me agarré —dijo, y me devolvió el casco. Nuestros dedos se rozaron. Ella no lo notó, o fingió no notarlo. Yo lo sentí como un cable pelado.
Se quedó ahí, en la vereda, arreglándose el vestido, pasándose la mano por el pelo para desenredarlo. Yo no me iba. Ella tampoco entraba al paradero.
—Oye —dijo, después de un silencio que no fue incómodo pero que tampoco era cómodo del todo—, ¿cómo hacemos para volver a vernos?
—Lo que tú digas —dije.
—¿Tienes Instagram? —preguntó.
—No uso mucho.
—¿Facebook?
—Tampoco.
Me miró con una cara que decía ¿en serio vives en este siglo?.
—WhatsApp —dije, sacando el teléfono.
—Eso sí —dijo, sonriendo—. Pásamelo.
Le dicté mi número. Ella lo anotó en su celular, con sus dedos rápidos, mientras yo la miraba y pensaba que no sabía nada de ella pero quería saberlo todo, y su expresión cambio.