_“Corriente de retorno: Nadie escapa ileso del Pacífico.”_
El rocío de Nanaimo se sentía como agujas de cristal contra mi cara mientras esperaba en la terminal del ferry de las 5:15 a.m. Llamar “fila” a un grupo de cuatro adolescentes ruidosos y a mí no era técnicamente correcto, pero el frío me impedía ser purista con el lenguaje, aunque pronto, cuando el sol terminará de salir, ya no tendría que quejarme del frío ya que el calor abrazador se encargaría de todo. No llevaba mucho conmigo: una maleta que había visto días mejores, mis gafas de natación y un orgullo que pesaba más que todo el acero del buque que estaba por atracar. Iba de vuelta al infierno y al cielo a partes iguales, y mi estómago ya estaba empezando a hacer sus propios giros de campana.
—¡Que no, te digo! —exclamó una de las chicas, con esa intensidad febril de quien cree tener una primicia—. No puede ser la misma. Mírala.
Eran un grupo de universitarios en vacaciones, rebosantes de esa energía insultante que solo tienes cuando el mundo no te ha roto el corazón todavía. Llevaban diez minutos diseccionando mi cadáver público como si yo fuera sorda, muda o un póster pegado en la pared. Discrepaban sobre si yo era o no la “famosa nadadora que cayó en desgracia”.
Me mordí la lengua con tanta fuerza que saboreé el hierro. Quería saltar sobre ellos, agarrar al tipo del abrigo chillón por las solapas y explicarle exactamente por qué se equivocaba al llamarme “maldita tramposa”. Pero me contuve. Si no podía ignorar a cuatro mocosos en Nanaimo, ¿cómo diablos iba a sobrevivir al escrutinio de Victoria? Allí, los titulares no eran solo rumores; eran sentencias de muerte.
—Te digo que es ella —insistió el chico por cuarta vez. No es que yo estuviera cronometrando la frecuencia de sus insultos, claro. Eso sería obsesivo. Y yo, para nada, tengo una fijación con el tiempo (nótese el sarcasmo, por favor; los nadadores medimos hasta nuestros suspiros).
—¡Pero si no se parece en nada! —la morena del grupo, una chica de estatura promedio, con el cabello rizado y rebelde escapando de un gorro de lana verde neón, les mostró la pantalla de su celular. Tenía unos ojos grandes, de color avellana, que ahora mismo me escaneaban con una curiosidad casi clínica—. En la foto de la federación se ve… no sé, imbatible. Esta chica parece que no ha dormido en dos años.
Todos se amontonaron sobre la pantalla, excepto uno. Él se quedó al margen, dándoles la espalda, con las manos hundidas en los bolsillos de una chaqueta técnica oscura. Miraba hacia el horizonte, donde el gris del cielo empezaba a teñirse de un naranja anémico. Parecía admirar la belleza de ese paisaje que era, como mi vida, frío y cálido a partes iguales.
—Tienes razón —sentenció el “experto” del grupo tras examinar la foto de mi gloria pasada y lanzarme una mirada de soslayo, creyendo que mis gafas oscuras eran un muro impenetrable—. No se parece. Pero, por otro lado… ¿a quién le sentaría bien ser un fracaso y una decepción para el mundo entero? La culpa envejece, supongo.
Ay. Eso dolió. Fue un golpe bajo el agua, de esos que te dejan sin aire pero que los jueces nunca ven. Pero no era nada nuevo; las palabras de mis compañeros en Toronto habían sido mucho más afiladas que las de este idiota. Solté un suspiro sonoro, acomodé mi mochila sobre la banca de metal con un golpe seco y me estiré, dejándoles claro que la “exhibición” estaba despierta.
—¿Pero qué carajos? —El chico, con cara de pocos amigos y un acné que todavía le daba batalla, retrocedió un paso, ofendido—. ¿Estuvo escuchando todo este tiempo?
—No lo creo… —intervino la amiga de la morena. Era una chica rubia, de rasgos afilados y una piel tan pálida que parecía translúcida bajo las luces fluorescentes de la terminal. Sus ojos eran pequeños y astutos, y me miraba con una mezcla de sospecha y superioridad—. Si hubiera oído, se habría defendido, ¿no? Nadie se queda callada mientras le dicen eso.
—¿Y por qué iría a defenderse? —la increpó Jasper, recuperando su arrogancia—. Solo estamos diciendo la verdad. El dopaje no es una opinión, es un hecho.
—Ya estuvo bien, Jasper —la voz del chico que había estado de espaldas cortó el aire como una aleta de tiburón. Era una voz profunda, tranquila, pero con un filo de autoridad que hizo que los otros tres se tensaran—. El ferry no tarda en llegar. Creo que mejor deberías llamar a tu madre para que sepa que estás por subirte. No queremos que le dé otro ataque de nervios como la última vez que no le hablaste por… ¿cuánto fue? ¿Veinte minutos?
Las dos chicas intentaron reprimir una risa, pero fallaron estrepitosamente. La rubia soltó un bufido y la morena se tapó la boca con el guante. A mí se me escapó una sonrisa involuntaria que oculté bajando la cabeza.
—¿¡Pero qué demonios, amigo!? —gritó Jasper, con el rostro tornándose de un rojo escarlata que combinaba con su abrigo—. ¡Se supone que esas cosas no se ventilan frente a extraños! ¡Ten más cuidado!
Claramente, Jasper era demasiado estúpido para notar que su amigo lo estaba castigando por hablar de más.
—Perdona, amigo —dijo el otro chico, aunque su tono destilaba un sarcasmo delicioso—. Tendré más cuidado para la próxima. Es que, a veces, podemos hablar de más y herir a las personas sin necesidad, ¿sabes?
—Sí, claro, lo que digas —masculló Jasper, huyendo de la humillación—. Voy al baño, ya vuelvo.
Dijo que iba al baño, pero vi perfectamente cómo sacaba el celular del bolsillo antes de cruzar la puerta, marcando a toda prisa. Seguramente para reportarse con mami. No pude contenerme y solté una risita baja, atrayendo de inmediato la atención de las dos chicas. La morena, la de los rizos y el gorro verde, me miró con una intensidad renovada, como si estuviera intentando superponer mi rostro cansado sobre la imagen de la “Sirena” que brillaba en su pantalla.
La rubia, por otro lado, me miraba como quien está analizando qué parte de la rana sobre la mesa del laboratorio va a diseccionar primero. Sus ojos pequeños y astutos recorrieron mi sudadera desgastada con un desprecio que casi podía palparse en el aire gélido de la terminal.
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Editado: 23.03.2026