Contracorriente

02

El entrenamiento terminó casi una hora después.

Lisa sobrevivió a él por pura obstinación.

Cada músculo le ardía. Los hombros le pesaban como bloques de cemento y la cabeza seguía demasiado llena de ruido. Aun así, no abandonó otra serie. No volvió a salir de la piscina. No permitió que nadie la viera quebrarse otra vez.

Ni siquiera Gael.

Especialmente Gael.

Cuando Julián dio por terminada la sesión, varios nadadores salieron del agua quejándose entre risas agotadas. El ambiente se relajó casi de inmediato. Conversaciones. Bromas. Botellas golpeando bancos.

Lisa permaneció unos segundos más dentro de la piscina, apoyada contra el borde, respirando lentamente.

El agua seguía siendo el único lugar donde el silencio parecía posible.

—Morales.

Julián otra vez.

Ella alzó la vista.

El entrenador revisaba una tabla electrónica con expresión seria.

—Tus tiempos son malos.

—Qué motivador.

—Pero no tan malos como esperaba.

Eso, viniendo de él, probablemente contaba como un elogio.

Lisa salió finalmente del agua. Las piernas le temblaron apenas al tocar el suelo.

Julián siguió hablando:

—Mañana empiezas dobles sesiones.

Ella frunció el ceño.

—¿Mañana?

—¿Pensabas volver al alto rendimiento entrenando una vez al día?

—Pensaba volver sin morir primero.

Julián ignoró el comentario.

—A las seis de la mañana en piscina. No llegues tarde.

Se alejó antes de darle oportunidad de responder.

Lisa soltó aire lentamente y agarró la toalla.

—Te odia menos de lo normal.

Gael apareció a su lado como si el universo disfrutara castigándola.

Ella ni siquiera lo miró.

—¿Tú no tienes otra gente a la que molestar?

—No tan interesante.

Lisa empezó a caminar hacia los vestuarios. Escuchó sus pasos siguiéndola.

—¿Ahora me persigues?

—Ahora camino hacia el mismo sitio que tú.

—Qué coincidencia trágica.

Gael soltó una risa baja.

Ella odiaba que su risa sonara bien.

Los pasillos estaban más vacíos a esas horas. El eco del agua quedaba atrás poco a poco mientras avanzaban bajo las luces blancas del complejo.

Lisa notó entonces algo extraño.

Gael caminaba ligeramente rígido.

Muy poco.

Casi imperceptible.

Pero ella había pasado demasiados años rodeada de atletas para no reconocerlo.

Dolor.

—Estás lesionado.

Gael giró la cabeza hacia ella inmediatamente.

Demasiado rápido.

Demasiado defensivo.

—No.

—Te arrastras un poco con la pierna derecha.

—Y tú tiemblas antes de entrar al agua. Todos tenemos cosas.

El golpe fue automático.

Instintivo.

Pero esta vez sonó diferente.

Más cansado que cruel.

Lisa se detuvo en seco.

Gael avanzó dos pasos antes de darse cuenta.

Cuando volvió a mirarla, ella estaba observándolo fijamente.

—¿Por eso entrenas como un psicópata? —preguntó Lisa—. ¿Porque estás intentando ganarle tiempo a una lesión?

La mandíbula de él se tensó apenas.

Confirmación.

Interesante.

—No sabes cuándo cerrar la boca —dijo Gael.

—Tú tampoco.

Durante unos segundos ninguno habló.

La tensión entre ambos ya no se parecía a la de antes.

Era más íntima ahora.

Más peligrosa.

Porque empezaban a verse de verdad.

Y eso siempre era peor.

Gael se acercó despacio hasta quedar frente a ella.

Muy cerca otra vez.

Lisa se obligó a no retroceder.

—Escúchame bien, Morales —dijo él en voz baja—. Aquí nadie sobrevive si los demás descubren dónde estás roto.

Ella sostuvo la mirada.

—Entonces estamos jodidos los dos.

Algo cruzó el rostro de Gael.

Una reacción mínima.

Casi invisible.

Pero estaba ahí.

Y a Lisa le dio una sensación extraña en el pecho haber sido capaz de provocarla.

Una puerta se abrió al fondo del pasillo y varias personas del equipo salieron hablando entre ellas. El momento se rompió inmediatamente.

Gael dio un paso atrás.

Volvió a ponerse la máscara arrogante con una facilidad inquietante.

—Mañana veremos si sigues pudiendo mantener el ritmo.

Lisa alzó una ceja.

—¿Eso era un reto?

—Eso era compasión.

—Qué asco.

Él sonrió apenas y siguió caminando hacia el vestuario masculino.

Lisa lo observó desaparecer al final del pasillo.

Y solo entonces se permitió soltar el aire lentamente.

No entendía qué demonios pasaba con él.

Gael era irritante. Presuntuoso. Cruel cuando quería.

Pero debajo de todo eso había algo quebrado.

Ella podía sentirlo.

Porque reconocía ese tipo de fractura.

Esa noche no pudo dormir.

El pequeño apartamento temporal que le había conseguido la federación estaba demasiado silencioso. Demasiado vacío.

Barcelona brillaba detrás de las ventanas, húmeda y lejana bajo las luces de madrugada.

Lisa permanecía sentada en el suelo del salón, todavía con el cabello mojado y una bolsa de hielo sobre el hombro derecho.

El móvil vibró sobre la mesa.

Número desconocido.

Estuvo a punto de ignorarlo.

Pero respondió igualmente.

—¿Sí?

—Tus virajes siguen siendo horribles.

Lisa apartó el teléfono y miró la pantalla.

Sin nombre.

Sin foto.

Volvió a llevárselo al oído.

—¿Cómo has conseguido mi número?

—Julián dejó unas fichas médicas sobre la mesa.

—Eso probablemente es ilegal.

—Probablemente.

Ella cerró los ojos un instante.

—¿Siempre eres así de insoportable incluso fuera del entrenamiento?

—No. A veces duermo.

Lisa debería haber colgado.

De verdad debería haberlo hecho.

Pero no lo hizo.

Porque algo en aquella llamada le resultaba extrañamente fácil.

Más fácil que el silencio.

—¿Qué quieres, Gael?

Hubo unos segundos de pausa.




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