El Centro de Alto Rendimiento estaba casi completamente vacío a esa hora.
Lisa atravesó la entrada lateral usando la acreditación temporal que le había dado la federación aquella mañana. Las luces nocturnas del edificio eran más tenues, frías, y el silencio transformaba el lugar en algo distinto. Menos deportivo. Más fantasmal.
El eco de sus zapatillas resonó por los pasillos húmedos.
Seguía con Gael al teléfono.
—Empiezo a pensar que sí vienes para ahogarme de verdad —dijo él.
—Depende de cuánto daño tenga esa pierna.
—Qué considerada.
Lisa empujó la puerta que daba a la piscina principal.
El sonido del agua la golpeó inmediatamente.
Allí estaba.
Solo.
La piscina olímpica entera vacía excepto por él moviéndose en la calle cuatro bajo las luces blancas. El agua brillaba alrededor de su cuerpo mientras nadaba con esa intensidad agresiva que parecía consumirlo desde dentro.
Lisa se quedó quieta unos segundos observándolo.
Ahora que no había nadie alrededor, resultaba todavía más evidente.
Gael no entrenaba como alguien que quisiera ganar.
Entrenaba como alguien intentando escapar de algo.
Él se detuvo al final de la calle y se quitó las gafas al verla.
La llamada seguía abierta.
—Te dije que no hacía falta que vinieras.
Lisa colgó sin responder y guardó el móvil en el bolsillo de la sudadera.
Gael apoyó ambos brazos sobre el borde de la piscina. El cabello oscuro le caía sobre la frente húmeda, respirando apenas acelerado pese a la hora y el entrenamiento.
—Tienes mala cara —dijo él.
—Son las dos y media de la mañana. Tú tampoco pareces una experiencia espiritual.
Gael sonrió apenas.
Lisa se acercó más al borde de la piscina.
Y entonces lo vio.
Cuando él apoyó la pierna derecha para salir un poco del agua, una tensión involuntaria le atravesó el rostro.
Dolor.
Claro y real.
—Joder… sí estás lesionado.
—No dramatices.
—¿Desde cuándo?
Gael apartó la mirada.
Mala señal.
—Gael.
—Hace unos meses.
Lisa abrió los ojos lentamente.
—¿Meses?
—No es grave.
—Estás entrenando solo a mitad de la noche porque no puedes descansar la pierna ni siquiera unas horas. Claro que es grave.
Él se impulsó para sentarse en el borde de la piscina frente a ella. El agua resbaló por su abdomen y sus hombros mientras agarraba una toalla cercana.
Lisa notó entonces varias cosas al mismo tiempo.
La venda mal colocada bajo la rodilla derecha.
Los dedos ligeramente inflamados de una mano.
El agotamiento escondido detrás de los ojos.
Gael llevaba más tiempo roto del que aparentaba.
—¿Lo sabe Julián? —preguntó ella.
Él soltó una risa seca.
—¿Y arriesgarme a que me saque de las competiciones? Ni de coña.
—Entonces eres idiota.
—Eso ya me lo dijiste antes.
Lisa cruzó los brazos.
—¿Qué tienes exactamente?
Gael dudó apenas un segundo.
—Tendón rotuliano.
Ella maldijo en voz baja.
Porque sabía perfectamente lo que significaba.
Dolor constante.
Sobrecarga.
Una lesión capaz de empeorar muy rápido.
—Necesitas parar.
—Necesito clasificarme para el mundial.
—Y reventarte la pierna ayudará muchísimo con eso.
Gael la observó fijamente.
Demasiado fijamente.
—¿Siempre te importa tanto la gente que acabas de conocer?
Lisa abrió la boca para responder algo sarcástico.
Pero no salió nada.
Porque entendió que la pregunta no era realmente una broma.
Gael no parecía acostumbrado a que alguien se preocupara por él sin esperar algo a cambio.
Y eso le produjo una sensación extraña en el pecho.
Ella desvió la mirada primero.
—No me importas tanto.
—Claro.
—Solo odio ver malas decisiones en directo.
Él soltó una risa baja.
Agotada.
Real.
Después el silencio regresó.
Pero ya no era incómodo.
Gael se pasó una mano húmeda por el cabello y echó la cabeza hacia atrás, mirando el techo enorme del recinto.
—Cuando tenía doce años —dijo de pronto— mi entrenador le dijo a mi padre que yo podía llegar a unos Juegos Olímpicos.
Lisa lo miró.
La voz de él había cambiado.
Más plana.
Más distante.
—¿Y?
—Y desde entonces cada conversación en mi casa empezó a girar alrededor de eso.
Lisa no habló.
Gael tampoco parecía esperar respuesta realmente.
—Horarios. Dietas. Marcas. Rankings. Becas. Todo era natación. —Soltó una risa sin humor—. Mi padre dejó de preguntarme si era feliz más o menos a los trece.
Ella tragó saliva lentamente.
Ahora entendía muchas cosas.
La obsesión.
La agresividad.
El miedo constante escondido bajo su arrogancia.
Gael giró apenas la cabeza hacia ella.
—¿Sabes qué pensé cuando te vi hoy?
Lisa apoyó una mano sobre el borde húmedo de la piscina.
—Sorpréndeme.
Él sostuvo su mirada unos segundos.
—Pensé que eras débil.
La sinceridad brutal de la frase debería haberla enfadado.
Y aun así esperó.
—Pero saltaste igual.
Lisa sintió algo tensarse dentro de su pecho.
Gael bajó la vista al agua.
—La mayoría de la gente rota nunca vuelve.
Ella no supo qué responder a eso.
Porque parte de ella seguía sin saber si realmente había vuelto o solo estaba intentando recuperar una versión de sí misma que ya no existía.
El silencio volvió a instalarse entre ambos.
La piscina reflejaba las luces blancas sobre la superficie quieta.
Gael seguía demasiado cerca.
Lisa podía percibir el olor a cloro mezclado con algo más cálido. Su respiración lenta. Las gotas de agua deslizándose todavía por su cuello.
Y de repente fue muy consciente del momento exacto en el que todo empezó a cambiar entre ellos.