El mensaje tardó en recibir respuesta.
No segundos.
Minutos.
Lisa ya estaba cambiándose cuando el móvil vibró de nuevo sobre el banco del vestuario.
“Entonces vas por buen camino.”
Nada más.
Sin nombre.
Sin explicación.
Sin cierre.
Lisa dejó el teléfono boca abajo.
No sabía qué le molestaba más: que Gael tuviera razón, o que no sonara a burla.
—
Esa tarde el CAR estaba más ruidoso.
Entrenamientos simultáneos, silbatos cruzados, el agua golpeando con más violencia que por la mañana. El ambiente era distinto cuando el sol estaba arriba: más competitivo, más visible, más insoportable.
Lisa llegó antes de su hora.
No por disciplina.
Sino porque no quería pensar.
Pero Gael ya estaba allí.
Obviamente.
En la calle cuatro, haciendo series cortas. Explosivas. Demasiado agresivas para alguien que había entrenado también al amanecer.
Lisa dejó la bolsa en el banco sin mirarlo.
—¿Duermes alguna vez? —preguntó.
—A ratos —respondió él sin detenerse.
—Eso no es una respuesta normal.
Gael salió del agua en mitad de la serie, apoyándose en el borde.
—En este sitio nada es normal.
Lisa lo observó.
Había algo distinto en él hoy.
Más lento en los gestos.
Más contenido.
Como si el cuerpo estuviera empezando a pasarle factura de forma inevitable.
—Te estás forzando —dijo ella.
—Estamos todos forzando algo.
—No todos estamos lesionados.
Gael la miró.
No respondió.
Pero tampoco lo negó.
Ese silencio fue suficiente.
Julián apareció en el borde con una carpeta.
—Hoy control de tiempos —anunció—. Simulación de final. 200 libre.
El ambiente cambió inmediatamente.
Lisa sintió el clic interno.
Simulación.
Final.
Competición.
El cuerpo recordaba esas palabras antes que la mente.
Gael giró el cuello, soltando tensión.
—Perfecto.
Lisa lo miró.
—No es “perfecto”.
Él sonrió apenas.
—Para mí sí.
Julián levantó la mano.
—A sus puestos.
El mundo se estrechó otra vez.
Bordes del carril.
Cronómetro.
Respiración previa.
Lisa subió al poyete.
Sintió el contacto frío bajo los pies.
Y por un instante breve, peligrosamente breve, el cuerpo volvió a recordar Tokio.
Las luces.
El silencio antes del salto.
El vacío en el pecho.
No.
Esta vez no.
Gael estaba en el poyete de al lado.
No la miraba.
Pero estaba.
Eso, de alguna forma, era peor.
—Listos —dijo Julián.
El aire se suspendió.
—¡YA!
El impacto del agua fue inmediato.
Explosivo.
El mundo desapareció otra vez bajo la superficie.
Pero esta vez no era igual.
Gael salió disparado.
Lisa lo siguió.
Al principio todo era limpio.
Técnica.
Ritmo.
Control.
Pero a mitad de la primera longitud, Gael aceleró.
Otra vez.
No como ayer.
Más fuerte.
Más desesperado.
Lisa lo sintió como un tirón en el agua.
Y entendió.
No era competición.
Era huida.
Él no estaba intentando ganar.
Estaba intentando no pensar.
El problema era que el cuerpo no podía seguir ese ritmo sin pagar el precio.
Lisa lo alcanzó en el primer viraje.
—¡Baja el ritmo! —le gritó al salir a respirar.
Gael no la miró.
Siguió.
Más rápido.
Demasiado.
El agua empezó a romperse distinto.
Menos eficiente.
Más caótico.
Lisa apretó los dientes.
Y lo siguió igual.
Segundo viraje.
Gael perdió media brazada.
No lo suficiente para detenerse.
Pero suficiente para que Lisa lo viera.
El dolor.
Ahí.
En el gesto mínimo.
En la forma en la que el cuerpo empezaba a fallar sin permiso.
—Gael —esta vez su voz fue más baja.
No respuesta.
Tercer viraje.
Él intentó empujar otra vez.
Y el cuerpo no respondió como debía.
Se descompuso un segundo.
Solo uno.
Pero en natación, un segundo es una caída.
Lisa lo alcanzó.
Lo tocó en el hombro bajo el agua.
No para competir.
Para frenarlo.
Gael se detuvo de golpe al final del carril, agarrándose al borde con fuerza.
Respirando demasiado rápido.
Demasiado fuerte.
Lisa emergió a su lado.
—Estás forzando la pierna —dijo.
—Estoy bien.
—No estás bien.
Gael apretó los dedos en el borde.
La mandíbula tensada.
El tipo de tensión que no era solo física.
—No puedo aflojar —dijo él, casi entre dientes.
Lisa lo miró.
—Sí puedes.
Él soltó una risa corta.
Sin humor.
—Si aflojo, me alcanza alguien.
—Aquí no hay nadie detrás de ti ahora mismo.
Silencio.
El ruido del agua alrededor parecía más alto de repente.
Gael cerró los ojos un segundo.
Cuando los abrió, ya no había arrogancia.
Solo agotamiento.
—Siempre hay alguien detrás —murmuró.
Lisa sintió eso.
De forma incómoda.
Demasiado familiar.
Se quedaron así unos segundos.
Respirando.
El resto del equipo seguía entrenando en otras calles, ajenos a ellos.
Pero allí, en la cuatro, el tiempo parecía haberse detenido.
Gael finalmente soltó el borde y salió del agua con cuidado.
Esta vez sin prisa.
Lisa lo siguió.
Cuando estuvieron fuera, él se sentó en el banco sin hablar.
La pierna derecha le temblaba ligeramente.
Lisa se agachó frente a él.
—Te estás rompiendo —dijo simplemente.
Gael la miró.
—Tú también.
No era un ataque.
Era un hecho compartido.
Lisa sostuvo la mirada.
Y por primera vez no tuvo respuesta inmediata.
Porque era verdad.
En distinto lugar.
En distinto tiempo.