Lisa no se fue.
Se quedó sentada en el banco incluso después de que el eco de los pasos de Gael desapareciera por el pasillo.
El agua seguía moviéndose con una calma engañosa, como si nada de lo ocurrido hubiera pasado realmente allí dentro. Como si el cuerpo no recordara. Como si el dolor pudiera quedarse fuera de la piscina.
Pero Lisa sabía que no funcionaba así.
Nunca funcionaba así.
—No vengas mañana.
La frase seguía rebotando en su cabeza con una precisión incómoda.
No era una orden.
Tampoco un consejo.
Era un intento torpe de proteger algo que ninguno de los dos quería admitir que ya existía.
Lisa apretó la toalla entre los dedos.
Y por primera vez desde su regreso, no pensó en Tokio.
Pensó en Gael.
—
A la mañana siguiente, llegó igualmente.
El CAR estaba todavía más frío de lo habitual.
O quizá era ella la que lo percibía distinto.
Había algo en el ambiente que no encajaba del todo con la rutina. Como si el edificio entero estuviera esperando ver si alguien se rompía primero.
Y Lisa sabía exactamente a quién estaban mirando sin decirlo.
Gael ya estaba en el agua.
Solo que esta vez no entrenaba.
Flotaba al final de la calle cuatro con los brazos apoyados en el borde, la cabeza inclinada hacia atrás, respirando lento. Demasiado lento para alguien que normalmente parecía hecho de movimiento constante.
Cuando la vio, no reaccionó de inmediato.
Solo cerró los ojos un segundo.
Como si ya lo hubiera sabido.
Lisa dejó la bolsa en el banco.
—Pensé que habías sido bastante claro ayer —dijo él sin moverse.
—Y yo pensé que estabas exagerando.
Gael soltó una risa breve.
Sin ganas.
—Error común.
Lisa se sentó en el borde de la piscina.
—¿Cómo está la pierna?
—Funciona.
—Eso no es una respuesta médica.
—Es la única que tengo.
Silencio.
Lisa observó el agua bajo sus pies.
—¿Has dormido algo?
Gael tardó en responder.
—Lo suficiente.
—Eso tampoco es una respuesta real.
Él abrió los ojos lentamente.
La miró.
—No viniste a comprobar si estoy bien.
Lisa lo sostuvo la mirada.
—No.
—Entonces, ¿por qué estás aquí?
La pregunta era simple.
Demasiado.
Lisa tardó demasiado en responder.
—Porque dijiste que no viniera.
Gael parpadeó.
Una sola vez.
Luego apartó la mirada hacia el agua.
—Eso no es una razón.
—Lo sé.
Silencio.
El sonido del resto del equipo entrenando en otras calles llenaba el fondo del recinto, pero aquí, en la cuatro, todo parecía más aislado.
Más estrecho.
Gael se impulsó para salir del agua con cuidado.
El movimiento fue más lento que ayer.
Más controlado.
Más doloroso.
Lisa lo observó sin intentar disimular.
Cuando estuvo fuera, Gael se sentó a su lado en el banco.
Sin distancia.
Sin máscara.
Solo él.
—No me sigas —dijo finalmente.
Lisa giró la cabeza hacia él.
—No te estoy siguiendo.
Gael la miró de reojo.
—Sí lo estás haciendo.
Lisa no respondió.
Porque en parte era cierto.
Pero no de la forma que él creía.
—No estoy aquí por ti —dijo ella al fin.
Gael soltó una risa breve.
—Claro.
Lisa frunció el ceño.
—No te estoy diciendo que eres el centro de nada.
—No hace falta.
Silencio.
Gael apoyó los codos en las rodillas.
—Si sigues entrando en este ritmo conmigo… vas a acabar como yo.
Lisa lo miró directamente.
—¿Y cómo eres exactamente?
Gael no respondió al instante.
La pregunta lo dejó quieto.
Más de lo habitual.
Cuando habló, su voz fue más baja.
—Alguien que ya no sabe nadar sin sentir que se está ahogando.
Lisa bajó la mirada.
El agua reflejaba las luces del techo.
Perfecta.
Engañosa.
—Yo ya sé cómo se siente ahogarse —dijo ella.
Gael la miró.
—Eso es lo que me preocupa.
El silencio se estiró.
Esta vez no había tensión de rivalidad.
Ni desafío.
Solo algo más incómodo.
Algo cercano.
Demasiado cercano.
Lisa respiró hondo.
—No eres mi entrenador.
—No —admitió él—. Pero ayer casi te saco del agua antes de que pudieras seguir.
—Y hoy casi te paro yo a ti.
Gael asintió lentamente.
—Por eso es un problema.
Lisa frunció el ceño.
—No veo el problema.
Gael giró la cabeza hacia ella.
—Entonces eres más peligrosa de lo que creía.
Silencio.
Lisa lo miró con calma.
—Explícate.
Gael dudó un segundo.
Luego se pasó una mano por el pelo.
—Cuando dos personas rotas empiezan a depender de no romperse mutuamente… no suele acabar bien.
La frase se quedó suspendida entre ambos.
Sin dramatismo.
Sin exageración.
Solo realidad.
Lisa apartó la mirada primero.
Pero no porque no entendiera.
Sino porque la entendía demasiado.
—No estoy dependiendo de ti —dijo ella en voz baja.
Gael no respondió.
No hacía falta.
El silencio dijo lo suficiente.
Julián apareció entonces al borde de la piscina.
—Hoy no hay series largas —anunció.
Ambos lo miraron.
—Control técnico —continuó el entrenador—. Y luego quiero hablar con los dos.
Eso último cambió algo en el ambiente.
Lisa lo notó de inmediato.
Gael también.
El entrenador se alejó sin añadir más.
Lisa giró ligeramente la cabeza hacia él.
—¿Qué crees que quiere?
Gael no apartó la vista del agua.
—Decidir cuánto tiempo nos deja seguir fingiendo.
Lisa sintió un pequeño nudo en el estómago.
—No estamos fingiendo.
Gael la miró.
Y esta vez su expresión fue casi suave.
—Eso es lo peor.
Se levantó.