El día siguiente llegó sin cambios visibles en el CAR.
Pero Lisa notó la diferencia en cuanto cruzó la puerta.
No había calle cuatro ocupada.
No había ritmo paralelo.
Solo agua.
Solo cronómetros.
Solo su propio cuerpo sin referencia externa.
Gael no estaba.
Otra vez.
Esta vez no era entrenamiento individual.
Era ausencia.
Lisa dejó la bolsa en el banco con más fuerza de la necesaria.
—Hoy simulación individual —anunció Julián desde el borde.
Lisa lo miró.
—Ya lo sé.
El entrenador asintió.
Sin añadir nada.
Pero la observó un segundo más de lo habitual.
Como si estuviera esperando una reacción concreta que no terminaba de llegar.
Lisa se colocó el gorro.
Entró en el agua.
El pitido sonó.
Salida.
El cuerpo respondió.
Pero algo no encajaba.
Sin Gael, el ritmo se sentía más expuesto.
No más libre.
Más desnudo.
Como si la ausencia de presión externa hubiera dejado al descubierto otra cosa.
La suya.
Lisa nadó la primera serie sin fallos técnicos.
La segunda también.
Pero en la tercera, algo cambió.
El tiempo no mejoraba.
No empeoraba.
Simplemente… no avanzaba.
Como si hubiera llegado a un punto donde el cuerpo ya no tenía a qué ajustarse.
Julián lo vio desde el borde.
No dijo nada.
Eso era peor.
Al terminar la tanda, Lisa salió al borde apoyándose con los brazos.
Respiración controlada.
Demasiado controlada.
—Estás nadando sola otra vez —dijo Julián.
Lisa no respondió inmediatamente.
—Siempre nado sola.
—No es verdad.
Silencio.
El entrenador cruzó los brazos.
—No es Gael lo que falta.
Lisa levantó la mirada.
Julián no apartó la suya.
—Es el espejo.
La frase se quedó flotando.
Lisa frunció el ceño.
—No necesito espejos.
—Todos los necesitas —respondió él—. Algunos solo son más incómodos que otros.
Lisa salió del agua.
El aire le pareció más pesado fuera.
—
Por la tarde, volvió a fisioterapia.
No porque lo hubiera decidido.
Sino porque el cuerpo ya había tomado la decisión antes que ella.
El pasillo estaba igual.
Demasiado silencioso.
Demasiado largo.
Pero la sala estaba vacía.
La camilla de Gael seguía ahí.
Ordenada.
Demasiado ordenada.
Lisa se quedó en la puerta.
—No está —dijo una voz detrás.
Se giró.
El fisioterapeuta.
—Alta temporal de la sala. Solo control externo.
Lisa asintió.
—¿Dónde está?
El hombre la miró con calma profesional.
—No lo sé.
Y esa respuesta, simple, fue suficiente para tensarle el estómago.
—
Lo encontró más tarde.
No en la piscina.
No en el gimnasio.
Sino en la grada superior del CAR.
Vacía.
Lejana.
Donde nadie subía salvo cuando quería desaparecer.
Gael estaba sentado solo.
Rodillas ligeramente separadas.
Brazos apoyados en ellas.
Mirando la piscina principal desde arriba.
Sin moverse.
Lisa se quedó en la escalera un segundo antes de subir.
Cada paso resonaba demasiado.
Cuando llegó arriba, él no giró la cabeza.
—Te estás volviendo predecible —dijo.
Lisa se detuvo a su lado.
—Tú estás desapareciendo demasiado para notar predicción.
Silencio.
El sonido del agua abajo era más suave desde allí.
Más distante.
Gael no la miró.
—No estoy desapareciendo.
—Sí lo estás.
Él soltó una risa breve.
Sin energía.
—Estoy evitando cosas.
Lisa se sentó a su lado.
No demasiado cerca.
Pero tampoco lejos.
—¿Como qué?
Gael tardó en responder.
—Como esto.
Hizo un gesto leve hacia la piscina.
Lisa siguió su mirada.
—El CAR?
—No.
Pausa.
—Nosotros.
Silencio.
Lisa sintió el impacto sin moverse.
Gael por fin giró la cabeza hacia ella.
Sus ojos estaban más apagados que en la piscina.
No vacíos.
Cansados.
—Cuando estás en el agua conmigo —dijo él—, todo se vuelve más fácil de cruzar.
Lisa lo miró.
—Eso no es un problema.
—Sí lo es.
—No lo siento así.
Gael la observó un instante más largo.
—Ese es el problema.
El silencio volvió a caer.
Pero esta vez no había tensión agresiva.
Era otra cosa.
Más quieta.
Más peligrosa.
Lisa apoyó los antebrazos en las rodillas.
—Hoy no he nadado bien —dijo.
Gael la miró de reojo.
—Lo sé.
—¿Cómo?
—Porque no estabas enfadada.
Lisa frunció el ceño.
—Eso no tiene sentido.
Gael soltó una leve exhalación.
—Contigo sí.
Silencio.
Lisa lo miró directamente.
—No me estás ayudando a entender qué quieres decir.
Gael tardó un segundo.
Luego otro.
Cuando habló, lo hizo más bajo.
—Quiero decir que estás empezando a depender de algo que no es estable.
Lisa lo sostuvo la mirada.
—¿Y tú no?
El aire entre ambos cambió.
Gael no respondió.
Eso fue respuesta suficiente.
Se quedaron así un rato.
Sin competir.
Sin empujarse.
Solo observando la piscina desde arriba como si fuera otra versión de ellos mismos.
Finalmente, Gael se levantó.
—Mañana vuelvo al agua —dijo.
Lisa también se puso de pie.
—Yo también.
Él asintió.
Sin discutir.
Sin retar.
—Entonces ya veremos qué pasa cuando no puedas esconderte detrás del otro.
Lisa lo miró.
—No me escondo.
Gael bajó las escaleras sin mirarla.
—Aún no.
Y esa última palabra se quedó flotando mucho después de que él desapareciera.
Lisa no bajó inmediatamente de la grada.
Se quedó allí, mirando la piscina como si algo en su superficie pudiera explicarle lo que acababa de ocurrir arriba.