La decisión de Julián llegó sin anuncio previo.
Solo una hoja impresa en la pizarra del vestuario:
“Bloque de preparación final – trabajo individual obligatorio. Sin parejas. Sin referencia externa.”
Lisa la leyó dos veces.
Gael no aparecía en ningún lado del calendario.
No era descanso.
No era recuperación.
Era separación planificada.
Cuando salió a la piscina, ya lo notó en el ambiente.
No había calle cuatro ocupada como antes.
No había presencia constante a su lado.
Solo carriles vacíos y cronómetros esperando resultados limpios.
Julián estaba en el borde.
Más callado de lo habitual.
—Hoy no comparáis tiempos —dijo.
Lisa frunció el ceño.
—Entonces no es entrenamiento competitivo.
—Es entrenamiento real.
Silencio.
Gael estaba en el extremo opuesto del recinto, hablando con el fisioterapeuta.
No la miró.
Ni una vez.
Lisa sintió el cambio antes de entrar al agua.
No era solo ausencia.
Era corte.
—
El primer bloque fue técnicamente perfecto.
Y emocionalmente extraño.
Sin Gael, Lisa nadaba más recto.
Más limpio.
Pero también más vacío.
El cuerpo ejecutaba.
La mente no discutía.
Y eso debería haber sido bueno.
Pero no lo era.
Porque el ritmo ya no tenía tensión interna.
Solo repetición.
En el tercer intervalo, Lisa emergió jadeando.
Se apoyó en el borde.
Respiración medida.
Demasiado medida.
Julián la observaba sin expresión.
—Estás estable —dijo él.
Lisa asintió.
Pero no sonó como un elogio.
Sonó como un diagnóstico incompleto.
Al otro lado del recinto, Gael también entrenaba solo.
Pero no estaba igual.
Lisa lo notó incluso desde lejos.
Sus salidas eran más agresivas.
Más cortas.
Menos eficientes.
Demasiado fuerza, poca estructura.
No estaba nadando para mejorar.
Estaba nadando para no pensar.
—
El segundo día de separación fue peor.
El tercero, peor todavía.
Ya no había sincronía accidental.
Ya no había ajustes invisibles.
Solo dos trayectorias paralelas deteriorándose en direcciones distintas.
Y Julián lo sabía.
No intervenía.
Observaba.
Registraba.
Esperaba.
—
El cuarto día, Gael no apareció en el agua a la hora prevista.
Lisa lo notó sin querer.
Primero pensó que era retraso.
Luego que era descanso.
Después entendió que no era ninguna de las dos.
Fue al área de fisioterapia.
Esta vez sin buscar excusas.
Lo encontró de pie.
Apoyado contra la pared.
La pierna derecha vendada hasta la mitad del muslo.
El fisioterapeuta hablaba con Julián en voz baja.
Demasiado baja.
Gael tenía la mirada fija en el suelo.
No levantó la cabeza cuando Lisa entró.
Pero su mandíbula se tensó.
—No deberías estar aquí —dijo él.
Lisa no respondió.
Julián se giró hacia ella.
—Ha habido un empeoramiento.
Silencio.
Lisa miró la pierna.
Luego a Gael.
—¿Cuánto?
El fisioterapeuta dudó.
Julián respondió.
—Lo suficiente para parar series intensas.
Gael soltó una risa breve.
Sin humor.
—No voy a parar.
Julián lo miró.
—Sí vas a parar.
Silencio.
Gael levantó la cabeza por primera vez.
Y su mirada no era arrogante.
Era fija.
Defensiva.
—Si paro ahora, no llego a la mínima.
Julián no discutió.
—Si sigues así, no llegas a nada.
Silencio.
Lisa sintió el peso de la frase en el aire.
Gael giró ligeramente la cabeza hacia ella.
Por primera vez en días.
—No es tu problema —dijo.
Lisa lo sostuvo la mirada.
—No he dicho nada.
—No hace falta.
Silencio.
El fisioterapeuta salió de la sala.
Julián también.
Dejándolos solos.
Otra vez.
Pero esta vez no había estabilidad entre ellos.
Solo tensión acumulada.
Gael se dejó caer lentamente en la camilla.
El movimiento fue más torpe que de costumbre.
Más humano.
—Esto era lo que quería evitar —murmuró.
Lisa se quedó de pie.
—¿Qué?
Gael cerró los ojos un segundo.
—Que me vieras así.
Silencio.
Lisa dio un paso hacia él.
Luego otro.
Se detuvo cerca.
—No eres la primera persona lesionada en este centro —dijo.
Gael abrió los ojos.
—No es eso.
Pausa.
—Es que contigo… no puedo fingir.
La frase cayó sin defensa.
Lisa no respondió.
Porque entendía exactamente lo que quería decir.
Gael apartó la mirada.
—Y eso me está jodiendo más que la pierna.
Silencio.
Lisa bajó la vista a sus manos.
—¿Qué quieres hacer?
Gael tardó.
Demasiado.
Cuando habló, fue más bajo.
—No lo sé.
Otra vez esa respuesta.
Pero esta vez no era confusión.
Era bloqueo.
Lisa respiró hondo.
—Entonces deja de nadar solo.
Gael soltó una risa corta.
—Eso es lo único que estamos haciendo desde que nos separaron.
Lisa lo miró.
—No me refiero al agua.
Silencio.
Gael la miró entonces.
Más despacio.
Más atento.
Lisa sostuvo la mirada.
Sin moverse.
Sin escapar.
Y en ese momento, la separación impuesta dejó de ser solo entrenamiento.
Se convirtió en otra cosa.
Un problema que ya no era deportivo.
Sino inevitablemente personal.
Gael no respondió de inmediato.
La frase de Lisa quedó suspendida entre ambos como si el aire de la sala de fisioterapia se hubiera vuelto más denso.
No era una sugerencia técnica.
No era una estrategia.
Era otra cosa.
Gael apartó la mirada primero.
—No sabes lo que estás diciendo —murmuró.