Contracorriente

09

El cambio llegó sin aviso.

Dos días después, Gael volvió a entrenar.

No en la calle cuatro.

En la uno.

Separado.

Controlado.

Bajo supervisión directa de fisioterapia y un entrenador auxiliar.

Lisa lo vio desde el otro extremo de la piscina.

No hablaron.

No se miraron demasiado.

Pero la presencia seguía ahí, incluso con la distancia impuesta.

Como un eco que el agua no terminaba de borrar.

Y entonces apareció ella.

La primera vez que Lisa la vio fue en la zona de acceso del CAR.

No en la piscina.

No en el entrenamiento.

Sino en el pasillo de cristales que daba a las gradas.

Hablando con Julián.

Alta.

Postura firme.

Pelo recogido de forma impecable, sin un mechón fuera de lugar.

Llevaba ropa del staff técnico, no del equipo.

No era atleta.

Era otra cosa.

Lisa se detuvo sin querer.

La mujer sonrió ligeramente mientras hablaba con Julián.

Gestos tranquilos.

Controlados.

Demasiado seguros para alguien que no compitiera en el agua.

—Ella es Mireia Costa —dijo una voz detrás.

Lisa se giró.

Uno de los nadadores del equipo.

—Nueva analista de rendimiento. Viene del centro europeo.

Lisa volvió a mirar.

Mireia señaló algo en una tablet mientras hablaba con Julián.

Él asentía.

Con atención.

Con respeto.

Eso no era habitual.

Lisa frunció el ceño.

—¿Desde cuándo hay analista nuevo?

—Desde esta semana —respondió el chico—. La han traído para el clasificatorio.

Lisa no dijo nada.

Pero siguió mirando.

Mireia levantó la vista en ese momento.

Y sus ojos se cruzaron con los de Lisa.

Un segundo.

Dos.

Tres.

Luego una sonrisa breve.

No desafiante.

No fría.

Solo… consciente.

Como si ya hubiera evaluado algo sin necesidad de acercarse.

Lisa apartó la mirada primero.

Y eso fue lo que le molestó.

El problema no fue verla.

Fue la forma en la que empezó a aparecer donde no debía.

En la piscina.

En los entrenamientos.

Cerca de Julián.

Cerca de Gael.

Siempre tomando notas.

Siempre observando.

Siempre con esa calma quirúrgica que hacía que todo lo demás pareciera desordenado.

Y lo peor:

Gael empezó a escucharla.

La primera interacción ocurrió durante una sesión técnica.

Lisa estaba saliendo del agua cuando la escuchó.

—Tu entrada está compensando la lesión sin que te des cuenta.

Mireia.

No estaba hablando con Lisa.

Estaba hablando con Gael.

Lisa se detuvo.

Gael, todavía en el agua, giró la cabeza hacia ella.

—¿Compensando cómo?

Mireia señaló el movimiento con la tablet.

—Estás protegiendo la pierna izquierda. Lo haces inconscientemente en cada salida.

Gael frunció el ceño.

—Eso no me lo ha dicho Julián.

—Porque Julián mira rendimiento, no microcompensaciones.

Silencio.

Lisa salió del agua despacio.

No debería haber escuchado.

Pero escuchó.

Mireia continuó.

—Si corriges eso ahora, puedes recuperar velocidad sin aumentar carga.

Gael asintió lentamente.

—¿Y si no lo corrijo?

Mireia lo miró.

—Te vas a romper antes del clasificatorio.

Silencio.

Lisa apretó la toalla.

No era la información.

Era la forma en la que Gael la escuchaba.

Atento.

Sin defensas.

Sin ironía.

Solo receptivo.

Como si esa voz tuviera más peso que la de cualquiera en el CAR.

Incluso más que la suya.

Ese mismo día, Lisa lo notó de nuevo.

En el gimnasio.

Mireia estaba junto a Gael.

Marcando tiempos.

Corrigiendo postura.

Mostrando algo en la tablet.

Gael seguía cada indicación.

Sin discutir.

Sin provocar.

Sin mirar a Lisa una sola vez.

Y eso fue lo que más la irritó.

No era la presencia de Mireia.

Era la ausencia de reacción de él hacia ella.

Como si Lisa hubiera sido desplazada sin que nadie lo anunciara.

Esa noche, Lisa no pudo dormir bien.

No por cansancio.

Por ruido mental.

El tipo de ruido que no viene del cuerpo.

Sino de la comparación.

Al día siguiente, Mireia estaba en la piscina otra vez.

Pero esta vez no estaba sola con Gael.

Estaba con Julián.

Y con Lisa.

Reunión técnica.

Obligatoria.

—He estado revisando patrones de interacción en el agua —dijo Mireia—. Ambos tienen una dependencia de estímulo externo para mantener ritmo óptimo.

Lisa frunció el ceño.

—No somos máquinas.

Mireia la miró.

Sin hostilidad.

Solo análisis.

—No he dicho eso.

Silencio.

Mireia giró la tablet hacia ellos.

—Digo que cuando están en proximidad, ambos aumentan rendimiento un 7-9%.

Pausa.

—Cuando se separan, caen.

Julián no dijo nada.

Lisa sí.

—Eso es coincidencia.

Mireia negó suavemente.

—No en los datos.

Silencio.

Gael estaba sentado al otro lado de la sala.

Observando.

Sin intervenir.

Eso también lo notó Lisa.

Mireia continuó.

—El problema es que esa mejora no es estable. Es reactiva.

Pausa.

—Y en competición real, la reacción se rompe.

Silencio.

Julián apoyó los brazos en la mesa.

—¿Solución?

Mireia tardó un segundo.

Solo uno.

—Reducir dependencia.

Lisa sintió el golpe antes de que lo explicara.

Mireia la miró directamente.

—Separarlos completamente en fases finales.

Silencio.

No fue una orden.

Pero lo sonó.

Lisa giró la cabeza hacia Gael.

Él no la miraba.

Estaba mirando a Mireia.

Escuchando.

Demasiado.

Después de la reunión, Lisa lo interceptó en el pasillo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.