El entrenamiento terminó sin cierre real.
Julián dio la sesión por finalizada con un gesto corto, sin discurso, sin correcciones finales. Eso, en sí mismo, era una forma de diagnóstico.
Lisa lo sintió en el cuerpo antes de salir del agua: no había agotamiento limpio, sino una especie de tensión sin resolver, como si la serie no hubiera terminado del todo.
Gael tampoco se quedó más tiempo del necesario.
Salió primero.
Se secó sin prisa.
Recogió su bolsa.
Y desapareció por el pasillo sin mirar atrás.
Lisa lo vio irse.
Y no lo detuvo.
—
Mireia estaba esperando fuera del área de piscina.
No se escondía.
Simplemente estaba.
Apoyada en una columna, tablet en mano, observando el flujo de atletas como si ya conociera todos los patrones posibles.
Lisa pasó por delante.
—Lo estás cambiando demasiado —dijo sin detenerse.
Mireia giró la cabeza.
—Lo estoy ajustando.
Lisa se detuvo.
Ahora sí.
—Está nadando peor.
Mireia negó con calma.
—Está nadando distinto.
Silencio.
Lisa la miró.
—Eso no es lo mismo.
Mireia sostuvo la mirada.
—No.
Pausa.
—Pero es necesario.
Lisa apretó la correa de su bolsa.
—¿Para qué?
Mireia tardó un segundo.
—Para que no dependa de ti.
El golpe fue directo.
Sin adornos.
Lisa no respondió de inmediato.
Porque la frase no era acusación.
Era descripción de un proceso en marcha.
Mireia continuó.
—Y tú tampoco dependes de él.
Silencio.
Lisa soltó una risa breve.
Sin humor.
—Eso no te lo crees ni tú.
Mireia la observó con atención clínica.
—Entonces corrígelo.
Lisa dio un paso hacia ella.
—No eres entrenadora.
—No —admitió Mireia—. Soy analista.
Pausa.
—Y esto es lo que veo.
Silencio.
Mireia giró ligeramente la tablet hacia Lisa.
—Cuando Gael te tiene como referencia, sube rendimiento explosivo.
Lisa frunció el ceño.
—Ya lo sé.
Mireia continuó.
—Cuando tú lo tienes a él, estabilizas tu ansiedad de entrada.
Silencio.
Lisa sintió el impacto.
Mireia apagó la pantalla.
—Pero cuando los separas… ninguno mantiene estructura.
Lisa apretó la mandíbula.
—Eso no significa que dependamos el uno del otro.
Mireia la miró directamente.
—No.
Pausa.
—Significa que aún no han aprendido a funcionar sin ese punto externo.
Silencio.
Lisa desvió la mirada un instante.
El pasillo del CAR parecía más largo de lo habitual.
Más frío.
Mireia recogió su tablet.
—Y si alguien externo ajusta eso mejor que ustedes mismos… lo hará.
Lisa volvió a mirarla.
—Eso es lo que estás haciendo.
Mireia no lo negó.
—Estoy reduciendo variables.
Silencio.
Antes de irse, añadió:
—La competición no espera a que dos personas encuentren estabilidad emocional.
Y se fue.
—
Lisa no volvió directamente al vestuario.
Subió a la grada.
Otra vez.
El mismo sitio.
La misma altura.
Pero la piscina no estaba vacía.
Gael estaba abajo.
Solo.
Sentado en el borde.
Sin entrar al agua.
No entrenando.
Solo mirando.
Lisa bajó sin pensarlo.
Esta vez no hubo sorpresa cuando llegó.
Gael la sintió antes de verla.
—No deberías seguir apareciendo cuando no entrenas —dijo sin girarse.
Lisa se detuvo a su lado.
—Tú tampoco estás entrenando.
Silencio.
Gael apoyó las manos detrás de él.
—Estoy pensando.
Lisa lo miró.
—Eso siempre acaba mal aquí.
Gael soltó una exhalación breve.
—Mireia cree que soy un problema técnico.
Lisa no respondió.
Gael giró la cabeza hacia ella.
—¿Y tú?
Silencio.
Lisa tardó.
—Creo que estás intentando no romperte.
Gael asintió.
—Sí.
Pausa.
—Pero no sé hacerlo sin perder algo.
Silencio.
Lisa lo entendió.
Demasiado bien.
—Y estás eligiendo qué perder —dijo ella.
Gael no lo negó.
—
El silencio entre ambos se estiró.
No era incómodo.
Era denso.
Como si todo lo que no estaban diciendo tuviera más peso que lo que decían.
Gael bajó la mirada al agua.
—Ella tiene razón en algo —dijo al fin.
Lisa lo miró.
—¿En qué?
Gael tardó.
—En que contigo todo es más fácil de encender.
Silencio.
Lisa sintió el impacto sin moverse.
Gael continuó.
—Y más difícil de controlar.
Pausa.
—Eso no es bueno en competición.
Lisa apretó los dedos contra el borde de la grada.
—No soy un problema de control.
Gael la miró.
—No.
Pausa.
—Eres un punto de referencia inestable.
Silencio.
Lisa lo sostuvo la mirada.
—¿Y ella qué es?
Gael no respondió de inmediato.
Esa vez, la pausa fue más larga.
Cuando habló, fue más bajo.
—Estabilidad.
Silencio.
Lisa sintió algo incómodo en el pecho.
No celos simples.
No rabia directa.
Algo más difícil.
Más silencioso.
Gael no la miraba como antes.
No la evitaba.
Pero tampoco la buscaba.
Estaba recalibrando.
Y eso era lo más peligroso de todo.
Porque por primera vez desde que empezaron, Lisa no estaba compitiendo contra él.
Estaba compitiendo contra lo que lo estaba volviendo constante sin ella.
Lisa no respondió.
Se quedó mirando el agua como si la superficie pudiera darle una versión más clara de lo que acababa de oír.
Estabilidad.
La palabra no era ofensiva.
Era peor.
Era funcional.
Gael se movió apenas, apoyando los antebrazos en las rodillas.
—No es lo que estás pensando —añadió él.
Lisa soltó una risa breve.