Contracorriente

11

Lisa no se movió hasta que las luces del pasillo empezaron a bajar de intensidad.

El CAR entraba en modo nocturno: menos ruido, menos tránsito, menos presencia humana. Todo lo que durante el día era presión, por la noche se convertía en eco.

Y aun así, la piscina seguía funcionando.

Como si no importara quién se quedaba o quién desaparecía.

Lisa recogió su bolsa lentamente.

No miró otra vez el agua.

Pero sintió la imagen de Gael saliendo de ella con esa calma nueva, estructurada, casi ajena.

Y la conversación con Mireia seguía repitiéndose en fragmentos:

“Estoy eliminando inestabilidad.”

“Lo estoy estructurando.”

“Ya no puede sostenerse en competición real.”

Palabras limpias.

Demasiado limpias para lo que destruían.

Cuando salió al pasillo, lo vio.

Gael estaba apoyado contra la pared cerca de los vestuarios.

Solo.

Sin Mireia.

Sin Julián.

La mochila en el suelo.

La pierna ligeramente extendida, como si el cuerpo ya no respondiera con la misma obediencia automática de antes.

Lisa se detuvo.

Gael levantó la vista.

No sorpresa.

Solo constatación.

—Te has quedado hasta tarde —dijo él.

Lisa no respondió de inmediato.

—Tú también.

Silencio.

El pasillo estaba vacío.

Solo el sonido distante de agua reciclándose en los conductos.

Gael señaló el suelo junto a él con la cabeza.

Lisa no se sentó.

Pero tampoco se fue.

—No estás nadando igual —dijo ella.

Gael soltó una risa breve.

—Eso es lo que dicen todos.

Lisa lo miró.

—No es una crítica.

—Lo sé.

Pausa.

—Es una observación.

Silencio.

Gael apoyó la cabeza contra la pared.

—Funciona mejor así.

Lisa frunció el ceño.

—¿Mejor para quién?

Gael no respondió de inmediato.

Y esa pausa ya era respuesta.

Lisa apretó la correa de su bolsa.

—Te estás apagando.

Gael la miró.

Sin defensas.

Sin ironía.

—No.

Pausa.

—Me estoy volviendo consistente.

Silencio.

Lisa dio un paso más cerca.

—Eso no eres tú.

Gael soltó aire por la nariz.

—Tú no sabes lo que soy cuando no estoy contigo en el agua.

La frase cayó sin intención aparente.

Pero golpeó igual.

Lisa se quedó quieta.

Gael continuó, más bajo.

—Antes era todo reacción. Ahora es control.

Pausa.

—Mireia dice que es lo correcto.

Silencio.

Lisa giró la cabeza ligeramente.

—¿Y tú qué dices?

Gael tardó.

Demasiado.

—Que no me gusta cómo se siente.

Silencio.

Eso fue lo primero honesto en días sin ambigüedad.

Lisa bajó la mirada un segundo.

Luego la volvió a levantar.

—Entonces no lo hagas.

Gael soltó una risa breve.

Sin humor.

—No es tan simple.

Lisa dio otro paso.

Ahora sí estaba dentro de su espacio.

—Sí lo es.

Silencio.

Gael la miró desde abajo.

Y por primera vez en mucho tiempo no parecía dominante.

Parecía cansado.

—Si no hago esto, me rompo —dijo él.

Pausa.

—Si lo hago, no sé quién soy.

Silencio.

Lisa sintió el peso de eso.

No como drama.

Como hecho.

En la piscina, Mireia estaba sola otra vez.

Observando desde la grada superior.

No intervenía.

Solo miraba.

Como si todo el sistema estuviera siendo reescrito delante de ella.

Gael bajó la vista.

—Antes contigo era fácil saberlo —dijo.

Lisa frunció el ceño.

—¿Qué?

Gael la miró.

—Cuándo estaba bien y cuándo no.

Silencio.

—Ahora todo es estable.

Pausa.

—Y no sé si eso es bueno o peligroso.

Lisa sintió algo incómodo en el pecho.

—No puedes usarme como referencia para eso.

Gael no respondió.

Pero tampoco negó.

Eso fue lo peor.

El silencio se extendió.

Y esta vez no era tenso.

Era vacío.

Lisa rompió primero.

—Mireia no entiende esto.

Gael alzó la vista.

—Lo entiende demasiado.

Lisa negó.

—Lo reduce.

Gael soltó una exhalación breve.

—Eso es lo que hace falta en competición.

Silencio.

Lisa lo miró directamente.

—No.

Pausa.

—Eso es lo que hace falta para sobrevivir sin sentir nada.

El aire cambió.

Gael no respondió al instante.

Cuando lo hizo, fue más bajo.

—A veces es lo mismo.

Silencio.

Lisa lo sostuvo la mirada.

—No para mí.

Gael la observó un segundo largo.

Luego apartó la vista.

—Ya lo sé.

Y esa frase cerró algo.

No una conversación.

Algo más grande.

Cuando Lisa salió del pasillo, no volvió a mirar atrás.

Pero al llegar a la salida del CAR, se detuvo.

El cristal mostraba su reflejo.

Y por primera vez en mucho tiempo, no vio a la nadadora que fue.

Ni a la que estaba intentando ser.

Vio a alguien que ya no sabía si estaba perdiendo a Gael…

o perdiéndose a sí misma en el proceso de intentar no perderlo.

El día siguiente empezó con una modificación en la planificación.

No oficial.

No anunciada en pizarra.

Pero evidente desde el primer minuto.

La calle cuatro estaba ocupada por Mireia.

No en el agua.

En el borde.

Con una tablet abierta y un cronómetro manual.

Gael estaba dentro.

Ya no entrenaba con Lisa.

Ya no compartían carril.

Ya no había sincronía posible.

Lisa se quedó de pie unos segundos más de lo necesario.

Julián apareció a su lado.

—Nuevo protocolo —dijo sin esperar pregunta.

Lisa no apartó la vista de la piscina.

—Esto no es entrenamiento.

—Es control de variables.

Silencio.

Lisa lo miró.

—¿Y Gael?

Julián no respondió de inmediato.




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