Contracorriente

12

Lisa no se movió durante varios minutos.

El CAR había vuelto a su ritmo habitual: puertas cerrándose, ecos en los pasillos, el sonido amortiguado del agua filtrándose por los conductos.

Pero para ella, todo estaba en pausa.

La última frase de Gael seguía encajando mal en su cabeza, como una pieza que no pertenecía a ningún sitio conocido.

“Cuando dejan de necesitar que te elija.”

No era celos en el sentido simple.

Era algo más incómodo.

Una pérdida de posición sin que nadie hubiera anunciado el cambio de reglas.

Cuando volvió a la zona de acceso, Mireia seguía allí.

Esta vez no miraba la piscina.

La estaba esperando directamente.

—Estás interpretándolo mal —dijo en cuanto Lisa apareció.

Lisa no se detuvo.

—No estoy interpretando nada contigo.

Mireia caminó a su lado sin invadir su espacio.

—Entonces estás reaccionando.

Silencio.

Lisa apretó la correa de su bolsa.

—¿Qué quieres exactamente de él?

Mireia tardó un segundo en responder.

—Que no dependa de estímulos inestables.

Lisa se detuvo en seco.

—Esa palabra otra vez.

Mireia la miró.

—Es técnica.

—Es deshumanizada.

Silencio.

Mireia no discutió eso.

Solo cambió ligeramente el ángulo.

—Si Gael mantiene un patrón de rendimiento basado en interacción emocional constante, no es sostenible en competición internacional.

Lisa soltó una risa breve.

Sin humor.

—¿Y tú decides eso?

Mireia negó.

—No yo.

Pausa.

—Los datos.

Lisa la miró fijo.

—Los datos no te dicen lo que él pierde.

Mireia sostuvo la mirada.

—Sí lo dicen.

Silencio.

Esa respuesta fue peor que cualquier defensa.

Porque no era arrogancia.

Era convicción estructurada.

En la piscina, el entrenamiento había terminado, pero Gael seguía dentro.

Solo.

Haciendo salidas.

Una tras otra.

Sin pausa suficiente entre ellas.

Mireia no intervenía.

Julián tampoco.

Lisa lo observó desde la cristalera.

Su técnica era impecable.

Demasiado.

Sin el pequeño margen de agresividad que antes lo hacía impredecible.

Ahora todo era exacto.

Y la exactitud, en él, parecía una forma de reducción.

Gael salió del agua al cabo de unos minutos.

Respiraba fuerte.

Controlado.

Se quitó las gafas sin mirar a nadie.

Pero esta vez sí la buscó.

La encontró.

Lisa estaba en el borde de la piscina, sin bajar.

Gael caminó hacia ella.

No había urgencia.

Solo decisión.

—He terminado —dijo.

Lisa asintió.

—Ya lo veo.

Silencio.

Gael se sentó en el banco frente a ella.

Agotado.

No físicamente roto.

Sino mentalmente cargado.

—Mireia dice que está funcionando —murmuró.

Lisa lo miró.

—¿Y tú qué dices?

Gael soltó aire lentamente.

—Que es más fácil.

Silencio.

Lisa frunció el ceño.

—Más fácil no significa mejor.

Gael la miró.

—Para mí ahora sí.

Eso se quedó flotando.

Sin defensa.

Sin justificación.

Solo hecho.

Lisa bajó la voz.

—Estás aceptando ser distinto.

Gael negó suavemente.

—Estoy aceptando no romperme otra vez.

Silencio.

Lisa sintió algo tensarse.

—Eso no es lo que eres.

Gael la miró.

Y por primera vez no había desafío en su expresión.

Solo claridad.

—Eso es lo que tú crees que soy.

Pausa.

—Y lo que me hace perder.

Silencio.

Desde la grada, Mireia observaba.

Esta vez no escribía.

No analizaba.

Solo miraba la interacción como si estuviera esperando el punto exacto donde la dinámica cambiara de forma irreversible.

Lisa se acercó un poco más.

—¿Te está borrando eso?

Gael negó lentamente.

—Me está reescribiendo.

Silencio.

Lisa apretó los labios.

—No puedes dejar que lo haga.

Gael la miró directamente.

—No sé si puedo evitarlo.

Pausa.

—Y no sé si quiero volver a lo otro.

Silencio.

Esa frase fue la primera grieta real.

No en la relación.

Sino en la estructura que los sostenía.

Lisa bajó la mirada un instante.

Luego la levantó.

—Entonces dime qué lugar ocupo yo ahora.

Gael tardó.

Demasiado.

Cuando respondió, fue casi neutral.

—No lo sé todavía.

Silencio.

Y eso fue lo que cambió todo.

No había rechazo.

No había elección clara.

Solo ausencia de definición.

Lisa retrocedió un paso.

No porque quisiera irse.

Sino porque el espacio entre ellos acababa de dejar de tener forma reconocible.

Gael la observó sin moverse.

No la detuvo.

No la siguió.

Solo la miró.

Como si también él estuviera intentando entender qué había dejado de existir sin que nadie lo nombrara.

Lisa no salió de inmediato del recinto.

En lugar de eso, se quedó en el pasillo de acceso, apoyada contra la pared fría del CAR, con la bolsa colgando del hombro sin peso real.

El edificio seguía funcionando como siempre: atletas entrando y saliendo, fisioterapeutas cruzando con informes, el sonido lejano de chapoteos que ya no eran suyos.

Pero dentro de ella había una desconexión clara.

No era dolor puntual.

Era desplazamiento.

Como si la conversación con Gael hubiera movido el eje de algo sin pedir permiso.

En la piscina, Mireia finalmente bajó a la zona del borde.

Gael seguía sentado.

Agotado, pero estable.

—Has prolongado demasiado la sesión —dijo ella.

Gael no la miró.

—Estoy bien.

Mireia no discutió eso.

Solo observó el agua.

—No es un estado sostenible.

Silencio.

Gael soltó aire por la nariz.




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