Contracorriente

25

La siguiente temporada no trajo cambios en los resultados.

Trató cambios en las decisiones.

Gael rechazó una convocatoria internacional con equipo ampliado.

Lisa hizo lo mismo dos semanas después.

No lo hablaron como pacto.

No lo firmaron como acuerdo.

Simplemente dejaron de aceptar estructuras que exigían diluir lo que habían aprendido a reconocer.

El CAR dejó de ser el centro de todo.

O quizá ellos dejaron de pertenecerle del todo.

Una tarde de finales de verano, el entrenamiento terminó antes de lo habitual.

La piscina estaba casi vacía.

Sin cronómetros activos.

Sin técnicos mirando desde las pantallas.

Solo agua en movimiento lento.

Lisa salió del vestuario más tarde de lo normal.

Gael estaba apoyado en la puerta exterior.

No como espera.

Como decisión ya tomada.

—Hoy no hay análisis —dijo él.

Lisa lo miró.

—Ni evaluación.

Pausa.

—Ni sistema.

Gael asintió.

—Solo tú y yo.

Silencio.

Caminaron sin dirección definida.

No hacia el CAR.

No hacia la ciudad.

Simplemente alejándose del ruido acumulado de meses anteriores.

El mar apareció antes de que lo buscaran.

No era el mismo punto de siempre.

Era otro tramo de costa.

Más abierto.

Menos definido.

Se detuvieron cerca del agua.

No había conversación inmediata.

Ya no la necesitaban para estabilizar nada.

Lisa habló primero.

—Durante mucho tiempo pensé que si perdía el control en el agua, desaparecía.

Gael la miró sin interrumpir.

—Ahora no sé si era control… o miedo a no tener un lugar donde sostenerme.

Silencio.

El mar rompía suave.

Sin cronómetro.

Sin juicio.

Gael respondió en voz baja.

—Yo siempre pensé que ganar era lo único que me mantenía real.

Pausa.

—Hasta que dejé de entender qué estaba ganando realmente.

Silencio.

Lisa lo miró.

No había sistema observando.

No había datos interpretando el momento.

Solo dos personas sin estructura externa entre ellas.

Lisa dio un paso más cerca.

—No sé qué somos sin todo eso.

Gael respondió sin apartar la mirada.

—Somos lo que queda cuando ya no estás huyendo ni compitiendo.

Silencio.

Lisa respiró hondo.

—Eso suena peligroso.

Gael dejó escapar una exhalación breve.

—Lo es.

Pausa.

—Pero también es lo único que no nos han intentado imponer.

El silencio después no fue vacío.

Fue elección.

Lisa levantó la mirada hacia él.

Ya no había sistema midiendo la proximidad.

Ni evaluación de estabilidad.

Ni interferencia.

Solo decisión.

Gael no se movió cuando ella dio el último paso.

Y cuando la distancia desapareció, no hubo evento externo que lo registrara.

Solo continuidad natural.

No como experimento.

No como bloque.

Sino como dos personas que habían dejado de entenderse a través de un sistema y empezaban, por primera vez, a entenderse sin él.

El mar siguió detrás.

El mundo siguió también.

Pero por primera vez, no determinaban lo que aquello significaba.

Solo lo vivían.

Epílogo

Pasaron dos años antes de que el nombre de Lisa dejara de aparecer asociado a resultados.

No a retiradas.

No a titulares.

Simplemente dejó de aparecer.

Vivía en la costa, lejos de los grandes centros deportivos.

No porque huyera del agua, sino porque dejó de necesitarla como único lenguaje posible.

Entrenaba de forma irregular, sin cronómetros visibles, sin cámaras, sin informes de rendimiento.

Solo por rutina corporal.

Solo por memoria.

Gael no se retiró al mismo tiempo.

Pero dejó de competir internacionalmente tras una última temporada discreta, sin anuncios ni despedidas.

No hubo rueda de prensa.

Solo una baja en la lista de inscritos.

Se instaló cerca de ella meses después.

Sin declararlo como decisión importante.

Solo como hecho práctico.

El mar era distinto al de las piscinas.

No exigía precisión absoluta.

No devolvía datos.

Solo presencia.

Al principio, no hablaron mucho de lo que habían sido.

No porque lo evitaran, sino porque ya no era necesario explicarlo en pasado.

Lisa trabajaba en un pequeño centro de preparación deportiva local, con adolescentes que aún no sabían qué tipo de presión querían aceptar del mundo.

No hablaba de Tokio.

No hablaba del sistema.

No hacía falta.

Gael entrenaba por su cuenta, a veces con algunos nadadores que venían y se iban sin la expectativa de convertirse en élite.

No había selección global.

No había bloques.

Solo cuerpos aprendiendo a sostenerse en el agua.

Una tarde de invierno, el mar estaba más frío de lo habitual.

El cielo bajo.

El viento constante.

Lisa se sentó en la arena con una sudadera vieja, observando las olas sin intención de analizarlas.

Gael llegó sin prisa y se sentó a su lado.

No se tocaron de inmediato.

No por distancia emocional.

Por hábito de no imponer nada.

—A veces pienso que todo aquello parece otra vida —dijo Lisa.

Gael tardó unos segundos.

—Lo era.

Pausa.

Lisa lo miró de reojo.

—¿Te arrepientes?




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