El día que firmé ese contrato pensé que solo estaba resolviendo mis problemas económicos.
Nunca imaginé que terminaría viviendo en la mansión del hombre más arrogante que había conocido.
Todo empezó en una tarde normal en la cafetería donde trabajaba.
El lugar estaba lleno. El aroma a café tostado se mezclaba con el ruido de las tazas y las conversaciones. Yo corría de mesa en mesa intentando atender a todos mientras mi jefe me miraba con esa cara que decía si rompes algo más estás despedida.
—Valeria, mesa seis —me gritó mi compañera.
Tomé la bandeja con dos cafés y caminé rápido entre las mesas… hasta que alguien se levantó de repente.
Choqué contra él.
El café se derramó directamente sobre su camisa blanca.
El silencio en la cafetería fue inmediato.
Levanté la mirada lentamente.
Al frente tenía a un hombre alto, elegante, con un traje oscuro que seguramente costaba más que mi renta de tres meses.
Sus ojos grises me miraban con una mezcla de sorpresa y molestia.
—Lo siento muchísimo —dije rápidamente, tomando servilletas—. Fue un accidente.
Intenté limpiar la mancha, pero él sujetó mi muñeca suavemente.
—Está bien —dijo con voz calmada—. Solo es café.
No parecía realmente enojado. Solo… observándome.
Eso me incomodó más.
—Pagaré la limpieza —agregué nerviosa.
—No será necesario.
Entonces sonrió ligeramente.
—Aunque supongo que ahora me debes una conversación.
Fruncí el ceño.
—¿Una conversación?
—Exacto.
Se sentó de nuevo en la mesa y señaló la silla frente a él.
—Adrián Castellanos.
Tardé un segundo en reaccionar.
Ese nombre era imposible de no reconocer. Era el heredero de una de las empresas tecnológicas más grandes del país.
Y yo acababa de tirarle café encima.
—Valeria —respondí finalmente.
—Mucho gusto, Valeria.
Sus ojos me estudiaban como si estuviera resolviendo un acertijo.
—Dime algo —continuó—. ¿Siempre hablas así con tus clientes?
—¿Así cómo?
—Sin miedo.
Me crucé de brazos.
—No le tengo miedo a nadie.
Su sonrisa se hizo más amplia.
—Interesante.
Hubo un pequeño silencio.
Luego dijo algo que cambiaría mi vida.
—Necesito tu ayuda.
Solté una pequeña risa incrédula.
—¿Disculpa?
—Necesito que finjas ser mi novia.
Parpadeé varias veces.
—Eso fue lo más raro que alguien me ha pedido en esta cafetería.
—Te pagaré.
Ahora sí me quedé completamente quieta.
—¿Cuánto?
Adrián apoyó los codos sobre la mesa y me miró directamente.
—Lo suficiente para que no tengas que trabajar aquí durante mucho tiempo.
Mi corazón empezó a latir más rápido.
Sabía que debería decir que no.
Pero también sabía cuánto debía de renta.
Y cuánto costaba el tratamiento médico de mi mamá.
—¿Por qué yo? —pregunté finalmente.
Él se recostó en la silla.
—Porque no pareces impresionada por mí.
Lo pensé unos segundos.
—Eso no significa que esté loca.
—No es locura —respondió—. Es un contrato.
Sacó una carpeta del portafolio que tenía a su lado y la colocó sobre la mesa.
—Seis meses.
Pasé las páginas rápidamente.
—¿Novia falsa?
—Exacto.
—¿Eventos sociales?
—Sí.
—¿Fotos para la prensa?
—También.
Llegué a la última hoja.
La cantidad escrita allí casi me hizo dejar caer el papel.
—Esto… es muchísimo dinero.
—Lo sé.
Levanté la mirada lentamente.
—Recuerda algo —dijo mientras dejaba la pluma sobre la mesa—.
Esto es solo un acuerdo.
Nada de sentimientos.
Lo miré fijamente.
—Créeme —respondí—, enamorarme de ti sería el último error que cometería.
Adrián soltó una pequeña risa.
—Eso espero.
Porque ninguno de los dos sabía en ese momento…
que estábamos mintiendo.
Tomé la pluma.
Y firmé.
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contrato de amor, millonario y chica comun, triángulo amoroso”
Editado: 16.03.2026