La lluvia caía sobre la ciudad con esa intensidad desesperante que hacía que las calles parecieran más tristes de lo normal. Las luces de los edificios se reflejaban sobre el asfalto mojado y el ruido constante de los autos mezclado con los truenos creaba una especie de caos elegante que Valentina ya había aprendido a ignorar.
La cafetería seguía abierta.
Siempre seguía abierta.
A las dos de la madrugada, aquel lugar era un refugio extraño para personas rotas, hombres cansados, estudiantes insomnes y almas que no querían regresar a casa.
Valentina limpió una mesa por tercera vez, aunque ya estaba limpia.
—Si sigues frotando así, vas a borrar el color —murmuró Camila desde la caja registradora.
Valentina soltó una pequeña risa.
—Necesito mantenerme despierta.
—Necesitas dormir ocho años seguidos.
Eso también le hizo gracia.
Porque era verdad.
Llevaba meses viviendo en automático. Trabajo. Casa. Facturas. Hospital. Trabajo otra vez.
La vida era eso ahora.
Nada emocionante.
Nada bonito.
Nada que se pareciera a las novelas románticas que escondía debajo de su cama como si todavía tuviera diecisiete años y no casi veintiocho con cuentas vencidas.
Miró el reloj.
2:07 a.m.
Faltaban casi cuatro horas para salir.
Suspiró.
El celular vibró dentro del bolsillo de su delantal.
Mamá ❤️
Contestó de inmediato.
—¿Mami?
—¿Estás trabajando todavía?
La voz cansada de su madre hizo que el pecho le doliera un poco.
—Sí, pero ya casi salgo.
Mentira.
—No olvides comer algo.
Valentina sonrió con tristeza.
Su mamá estaba enferma, agotada y aun así seguía preocupándose por ella.
—Lo haré.
—Y no llegues sola caminando otra vez.
—No empieces…
—Valentina.
—Está bien. Pediré un taxi.
Otra mentira.
Los taxis costaban dinero.
Y el dinero últimamente desaparecía más rápido de lo que ella podía ganarlo.
Cuando colgó, permaneció unos segundos mirando la pantalla apagada.
A veces sentía que la vida le había pasado por encima demasiado rápido.
A los veinte años imaginaba otra versión de sí misma.
Una donde terminaba la universidad.
Donde escribía libros.
Donde alguien la amaba bonito.
Pero la realidad había sido mucho menos poética.
Una tos masculina la sacó de sus pensamientos.
—¿Siguen abiertos?
Valentina levantó la mirada automáticamente.
Y por un segundo… se quedó inmóvil.
El hombre frente a ella parecía salido de una revista absurda para gente millonaria.
Traje negro perfectamente ajustado.
Cabello oscuro mojado por la lluvia.
Mandíbula marcada.
Reloj carísimo.
Y una expresión de fastidio tan elegante que daba rabia.
Definitivamente rico.
Definitivamente problemático.
Valentina volvió a secar la mesa como si no le importara.
—No. Cerramos hace dos horas, pero dejamos las luces encendidas por diversión.
El hombre entrecerró los ojos.
Camila soltó una carcajada desde lejos.
—Ignórala —intervino—. Sí estamos abiertos.
Él caminó hacia una de las mesas sin quitarse el abrigo.
Todo en él gritaba dinero.
No… peor.
Poder.
Y Valentina conocía perfectamente a los hombres así.
Hombres que miraban a los demás como si el mundo entero fuera personal de servicio.
Ella tomó la libreta y se acercó.
—¿Qué desea ordenar?
Él ni siquiera miró el menú.
—Café negro.
—¿Algo más?
—Silencio.
Valentina levantó lentamente una ceja.
Él alzó la vista por primera vez.
Y ahí ocurrió algo extraño.
Porque esperaba encontrar molestia.
O vergüenza.
O incomodidad.
Pero aquella mujer simplemente lo estaba mirando como si él no fuera nadie importante.
Como si fuera un cliente cualquiera.
Eso no pasaba nunca.
—¿Disculpe? —preguntó ella con falsa amabilidad.
—Nada. Solo tráigame el café.
—Con mucho gusto, señor “Tengo problemas de actitud”.
Camila casi se atragantó de la risa.
El hombre la observó alejarse.
Y algo parecido al desconcierto cruzó por su rostro.
Valentina preparó el café intentando ignorar la sensación incómoda de saberse observada.
—Te está mirando muchísimo —susurró Camila.
—Y yo estoy ignorándolo muchísimo.
—Está buenísimo.
—Y seguramente insoportable.
Cuando llevó la taza a la mesa, él estaba hablando por teléfono en voz baja.
—No me interesa lo que diga la prensa… resuélvelo.
Silencio.
—Pues págales más.
Valentina dejó la taza frente a él.
Qué sorpresa.
Un rico arrogante.
Originalísimo.
Pero entonces él levantó ligeramente la manga del saco mientras tomaba la taza… y Valentina alcanzó a ver sangre en su mano.
Frunció el ceño.
—Está herido.
Él la miró con evidente molestia.
—No es asunto suyo.
—Bueno, está sangrando sobre mi mesa, así que un poco sí.
El hombre observó su propia mano como si apenas lo notara.
Tenía un corte profundo cerca de los nudillos.
—Le traeré alcohol.
—No necesito—
—Claramente sí.
Valentina desapareció detrás del mostrador y regresó segundos después con un pequeño botiquín.
Él soltó un suspiro cansado.
—No tiene que hacer esto.
—Lo sé.
Tomó su mano antes de que él pudiera reaccionar.
Y por primera vez en toda la noche, Adrián Beaumont perdió completamente el hilo de sus pensamientos.
Porque nadie lo tocaba así.
Sin interés.
Sin miedo.
Sin intentar impresionarlo.
Las manos de Valentina eran cálidas.
Pequeñas.
Suaves.
Ella limpió la herida cuidadosamente mientras él la observaba en silencio.
De cerca era aún más bonita.
Pero no de esa manera artificial a la que estaba acostumbrado.
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Editado: 13.05.2026