Contrato de Apariencias

Capítulo 2

Valentina no respondió de inmediato.

Porque había algo profundamente peligroso en la manera en que Adrián Beaumont la estaba mirando.

No era deseo solamente.

Ella conocía esa mirada.

Había trabajado suficientes noches para distinguir cuando un hombre quería acostarse contigo.

Esto era distinto.

Peor.

Curiosidad.

Y los hombres poderosos jamás se acercaban por curiosidad si no planeaban destruir algo en el proceso.

La lluvia seguía golpeando los ventanales de la cafetería mientras el silencio entre ambos comenzaba a sentirse demasiado íntimo para dos desconocidos.

Valentina apartó la mirada primero.

—La gente como usted nunca hace nada gratis.

Adrián se apoyó ligeramente sobre la barra.

—¿La gente como yo?

—Millonarios. Hombres importantes. Personas que creen que todo tiene precio.

—¿Y tú no?

Ella soltó una risa suave.

Cansada.

—Yo aprendí que algunas cosas salen demasiado caras aunque no cuesten dinero.

Eso lo dejó callado unos segundos.

Porque había verdad en esa frase.

Demasiada.

Adrián observó el lugar otra vez.

La cafetería era pequeña. Vieja. Con luces cálidas y muebles gastados. Nada impresionante.

Y aun así… había algo extrañamente cómodo allí.

Tal vez porque nadie lo trataba como Adrián Beaumont.

Allí no era portada de revistas.

No era el heredero del grupo hotelero más importante del país.

No era el hombre que aparecía constantemente en escándalos financieros y rumores amorosos.

Era simplemente un hombre mojado tomando café malo a las dos de la mañana.

Y no recordaba la última vez que algo se sintió tan… normal.

—¿Ese tipo era tu novio? —preguntó finalmente.

Valentina tensó la mandíbula.

—No.

—Pero lo fue.

Ella no respondió.

Y eso bastó.

Adrián sintió una molestia irracional recorriéndole el pecho.

No tenía derecho a sentir nada respecto a esa información.

La conocía desde hacía apenas una hora.

Sin embargo…

Algo dentro de él reaccionó igual.

—Ya puede irse tranquilo, señor Beaumont —dijo ella retomando el inventario—. Sobreviví.

La forma en que dijo sobreviví le molestó muchísimo.

Porque sonó demasiado habitual.

Como si estuviera acostumbrada.

Como si esa no fuera la primera vez que alguien la sujetaba demasiado fuerte.

Adrián metió las manos en los bolsillos del pantalón intentando controlar la rabia absurda que todavía sentía.

—¿Siempre trabajas sola de noche?

—Casi siempre.

—Eso es peligroso.

Ella levantó una ceja.

—¿Y usted siempre da órdenes a mujeres que no conoce?

Sí.

La respuesta real era sí.

Toda su vida funcionaba a base de órdenes.

Empresas.

Reuniones.

Inversiones.

Personas obedeciendo.

Pero con ella…

Con ella sentía constantemente que estaba perdiendo el control de la conversación.

Y no sabía si eso le gustaba o le desesperaba.

Probablemente ambas.

—No fue una orden —respondió.

—Sonó bastante parecido.

Antes de que Adrián pudiera contestar, Camila regresó por la puerta trasera cargando una caja.

Se detuvo inmediatamente al notar la tensión.

—¿Me perdí algo?

Valentina tomó la caja rápidamente.

—Nada.

Camila miró entre ambos.

Mentira.

Claramente había pasado algo.

Y por la expresión del millonario guapísimo… algo importante.

—Bueno… —dijo lentamente— creo que ya cerramos.

Valentina la fulminó con la mirada.

Traidora.

Camila fingió no darse cuenta.

Adrián tomó su abrigo del respaldo de la silla.

—Entonces me iré.

Y de repente, de forma completamente ridícula, el pecho de Valentina se sintió extraño.

Vacío.

Como si la cafetería fuera a verse demasiado normal cuando él saliera.

Eso la irritó.

Muchísimo.

Porque hombres así solo traían caos.

Y ella ya tenía suficientes problemas.

Adrián sacó la cartera.

—¿Cuánto es?

—Invita la casa —respondió ella automáticamente.

Él la miró serio.

—No acepto caridad.

Valentina cruzó los brazos.

—Y yo no acepto que insulten mi café y aun así vuelvan a pedir dos tazas.

Por primera vez, Adrián soltó una risa real.

Baja.

Bonita.

Peligrosamente bonita.

Camila literalmente dejó caer unas cucharas.

Valentina se odió un poco por notar lo linda que era su sonrisa.

Porque no necesitaba encontrar atractivo a un hombre emocionalmente inaccesible.

Ya había sufrido suficiente una vez.

Adrián dejó varios billetes sobre la barra.

Demasiados.

Valentina frunció el ceño.

—Eso es mucho.

—Considéralo una disculpa por insultar el café.

—No puedo aceptarlo.

—Ya lo hiciste.

Ella tomó el dinero y caminó rápidamente hacia él para devolvérselo.

Pero Adrián ya estaba acercándose a la puerta.

—¡Oiga!

Él se giró apenas.

Y durante un segundo se quedaron mirándose otra vez.

La lluvia detrás de él.

La respiración de ambos suspendida en algo raro.

Algo eléctrico.

Algo que ninguno entendía todavía.

—¿Qué? —preguntó Adrián.

Valentina extendió los billetes.

—Su dinero.

Él observó su mano unos segundos.

Después a ella.

—Cómprese un taxi esta noche.

El corazón de Valentina dio un pequeño salto incómodo.

Porque él había recordado.

Lo de caminar sola.

Lo de su mamá.

Detalles pequeños que nadie normalmente retenía.

Y eso era peligrosísimo.

—No necesito—

—Lo sé.

La interrumpió suavemente.

Como si entendiera perfectamente que ella odiaba sentirse ayudada.

Luego abrió la puerta.

El sonido de la lluvia llenó el lugar inmediatamente.

—Buenas noches, Valentina.

Y se fue.




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