Contrato de Apariencias

Capítulo 3

Valentina odiaba los supermercados los sábados por la mañana.

Demasiada gente.

Demasiado ruido.

Demasiadas parejas felices empujando carritos mientras ella calculaba mentalmente si podía permitirse comprar cereal de marca o el más barato otra vez.

Suspiró frente al pasillo de productos enlatados mientras revisaba los precios.

—Si sigues mirando las latas así, van a subir solas al carrito por lástima.

Valentina levantó la cabeza sobresaltada.

Y ahí estaba él.

Adrián Beaumont.

Perfectamente vestido.

Ridículamente atractivo.

En medio de un supermercado común como si hubiera caído accidentalmente en otra dimensión.

Su corazón dio un salto completamente innecesario.

—¿Me está siguiendo?

Adrián observó el carrito casi vacío.

—¿Siempre saludas así?

—Solo a hombres millonarios que aparecen de la nada.

Él sonrió apenas.

Otra vez esa maldita sonrisa.

Valentina apretó los dedos alrededor del carrito.

Porque no estaba preparada para verlo otra vez.

Y definitivamente no estaba preparada para el efecto físico absurdo que provocaba en ella.

Adrián parecía igual de impecable que la noche anterior, excepto por algo distinto en su expresión.

Menos frío.

Más… atento.

Eso era peor.

Muchísimo peor.

—No te estoy siguiendo —dijo finalmente—. Vivo cerca.

—Claro.

—¿Siempre dudas de todo?

—La vida me entrenó bien.

Eso hizo que él la observara unos segundos más de la cuenta.

Como si intentara descifrar algo escondido detrás de sus palabras.

Valentina se movió incómoda.

—¿Necesita algo?

Sí.

No debería.

Pero sí.

Adrián llevaba toda la mañana pensando en ella de una forma completamente irracional.

Intentó trabajar.

Intentó concentrarse.

Intentó ignorar la idea absurda que seguía rondándole la cabeza desde la reunión.

Pero cuanto más pensaba en la propuesta de la novia falsa…

Más aparecía Valentina en su mente.

Y eso era un problema gigantesco.

Porque ella no pertenecía a su mundo.

Precisamente por eso no podía dejar de mirarla.

—Necesito hablar contigo —respondió él.

Valentina soltó una pequeña risa incrédula.

—¿Aquí? ¿Entre los frijoles y la pasta?

—Preferiría otro lugar.

—Yo preferiría no meterme en problemas.

Eso lo hizo acercarse apenas un paso más.

No demasiado.

Solo lo suficiente para que ella percibiera su perfume.

Elegante.

Masculino.

Peligrosamente limpio.

—¿Y quién dijo que soy un problema?

Valentina lo miró directamente a los ojos.

—Toda su vibra.

Eso hizo que Adrián soltara una risa baja.

Y Dios.

Ese hombre debería estar prohibido.

—Cinco minutos —dijo él—. Después puedes volver a ignorarme.

Ella debería haber dicho no.

Definitivamente.

Pero entonces recordó cómo la defendió la noche anterior.

Cómo notó que le temblaban las manos.

Cómo le habló sin lástima.

Y antes de poder detenerse…

—Cinco minutos.

El café dentro del supermercado estaba casi vacío.

Valentina permanecía rígida frente a Adrián mientras removía su café innecesariamente.

Él la observaba en silencio.

Y eso la estaba poniendo nerviosa.

Mucho.

—¿Qué? —preguntó finalmente.

—Te ves distinta fuera de la cafetería.

Ella levantó una ceja.

—¿Eso fue un halago raro?

—Creo.

Valentina intentó no sonreír.

Falló un poco.

Adrián notó inmediatamente la pequeña curva en sus labios.

Y sintió esa sensación extraña otra vez.

La misma que tuvo cuando ella le vendó la mano.

Como si algo dentro de él se relajara cerca de ella.

Inédito.

Completamente inédito.

—Bueno —dijo ella—. Ya habló conmigo. ¿Qué quería?

Adrián apoyó lentamente los brazos sobre la mesa.

Serio ahora.

—Necesito proponerte algo.

Oh no.

No.

Definitivamente no.

Valentina reconoció inmediatamente el tono.

Ese tono de hombre rico a punto de arruinarte emocionalmente.

—No me gusta cómo sonó eso.

Él casi sonrió.

Casi.

—Solo escucha primero.

—Eso dicen todos antes de ofrecer algo horrible.

Adrián respiró profundo.

Por alguna razón extraña, le importaba muchísimo cómo reaccionara ella.

Más de lo normal.

Más de lo lógico.

—Necesito mejorar mi imagen pública.

Valentina parpadeó lentamente.

—…¿Qué?

—Mi empresa está atravesando una situación delicada. Hay presión mediática. Inversionistas. Rumores.

—¿Y eso qué tiene que ver conmigo?

Adrián sostuvo su mirada.

Directamente.

Sin rodeos.

—Necesito una novia falsa.

Silencio.

Absoluto.

Total.

Valentina literalmente soltó una carcajada.

No pequeña.

Una carcajada real.

—No puede ser en serio.

Él no se rió.

Eso la hizo dejar de hacerlo también.

—Oh Dios mío. Sí habla en serio.

—Sí.

Ella se pasó ambas manos por la cara.

—No. No, no, no. Esto es exactamente el tipo de cosa rara que pasa en películas antes de que asesinen a alguien.

Adrián soltó aire por la nariz divertido.

—No voy a asesinarte.

—Eso diría un asesino elegante.

Y ahí estuvo otra vez.

Esa sensación absurda.

Esa necesidad inesperada de seguir escuchándola hablar.

Adrián apoyó la espalda en la silla observándola.

—No sería peligroso.

—Claro. Porque fingir ser novia de un multimillonario desconocido suena segurísimo.

—Habría contrato.

—Eso empeora todo.

Ella seguía negando con la cabeza.

Pero Adrián ya había notado algo importante.

No se había levantado para irse.

—Solo serían algunas semanas.

—¿Por qué yo?

Buena pregunta.

La respuesta lógica sería:
Porque eres creíble.
Porque pareces auténtica.
Porque encajarías perfecto para la prensa.




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