Valentina pasó toda la noche despierta.
Y eso era culpa de Adrián Beaumont.
Otra vez.
Estaba sentada en el sofá pequeño de la sala con una manta sobre las piernas y una taza de café ya frío entre las manos mientras miraba el celular por décima vez.
Ningún mensaje nuevo.
No sabía por qué eso le molestaba.
Bueno, sí sabía.
Porque después de aquella llamada absurdamente íntima a medianoche, una parte estúpida de ella esperaba algo más.
Aunque no debería.
Definitivamente no debería.
—Pareces enamorada y estresada al mismo tiempo.
Valentina levantó la mirada de golpe.
Su madre estaba en la puerta de la cocina observándola con una pequeña sonrisa cansada.
—No estoy enamorada.
—Entonces solo estresada.
Eso tampoco ayudó.
Su mamá se sentó lentamente a su lado.
—¿Vas a contarme qué pasa?
Valentina dudó.
Muchísimo.
Porque incluso decirlo en voz alta sonaba absurdo.
Ridículo.
Como una mala novela escrita a las tres de la mañana.
—Conocí a alguien.
—Eso ya lo dijiste.
—Y quiere… contratarme.
Silencio.
—¿Disculpa?
Valentina soltó aire lentamente.
—Es complicado.
—Espero muchísimo que sí.
Ella terminó contándole todo.
Bueno… casi todo.
Omitió la parte donde el simple sonido de la voz de Adrián le hacía sentir cosas profundamente inconvenientes.
Y también omitió que llevaba horas pensando en él.
Su mamá escuchó sin interrumpirla.
Cuando terminó, permaneció callada varios segundos.
—No me gusta.
Valentina dejó caer la cabeza contra el sofá.
—Lo sabía.
—No porque crea que sea malo.
Eso hizo que ella levantara la mirada.
—¿Entonces?
Su madre suspiró suavemente.
—Porque te conozco.
Valentina frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
—Que cuando alguien logra atravesar todas tus defensas… tú te entregas completa.
Eso le dolió un poco.
Porque era verdad.
Siempre había sido así.
Amaba demasiado.
Confiaba demasiado.
Y después terminaba recogiendo los pedazos sola.
—No voy a enamorarme de él.
Su madre le regaló una mirada llena de ternura.
Y eso empeoró todo.
Porque esa mirada decía claramente:
“Ya empezaste.”
A las once de la mañana, Adrián estaba perdiendo la paciencia.
—Llevas veinte minutos mirando el celular —comentó Leonardo desde el otro lado de la oficina—. Esto ya es preocupante.
Adrián ignoró el comentario.
Aunque sí.
Era preocupante.
Porque Valentina todavía no respondía.
Y él no entendía por qué eso lo ponía tan ansioso.
Había negociado contratos multimillonarios con más tranquilidad que esto.
El celular seguía completamente silencioso sobre el escritorio.
Nada.
Ni un mensaje.
Ni una llamada.
Ni siquiera un rechazo.
Leonardo lo observó divertido.
—Jamás pensé vivir para ver esto.
—¿Qué cosa?
—A Adrián Beaumont nervioso por una mujer.
Adrián levantó lentamente la mirada.
—No estoy nervioso.
—Claro. Y yo soy bailarín profesional.
La puerta de la oficina se abrió antes de que Adrián respondiera.
Sofía entró con una carpeta en las manos.
Alta.
Elegante.
Perfectamente arreglada.
Su ex prometida.
O más exactamente, la mujer con la que casi se casa antes de descubrir que ambos se querían menos de lo que fingían.
—Necesitamos hablar —dijo ella directamente.
Leonardo hizo una mueca.
—Y yo necesito vacaciones.
Se levantó rápidamente abandonando la oficina.
Traidor.
Sofía dejó la carpeta sobre el escritorio de Adrián.
—Escuché lo de la novia falsa.
Adrián tensó la mandíbula.
Por supuesto que ya lo sabía.
La prensa probablemente lo sabría mañana.
—¿Y?
—¿Quién es?
—Nadie que conozcas.
Ella cruzó los brazos observándolo fijamente.
—Eso significa que sí hay alguien.
Silencio.
Sofía soltó una pequeña risa incrédula.
—Oh Dios mío. Sí te interesa.
Adrián se reclinó lentamente en la silla.
Cansado.
—No empieces.
—¿Qué hiciste? ¿Tropezaste con una camarera adorable que no sabía quién eras?
La expresión de Adrián cambió apenas.
Eso fue suficiente.
Sofía abrió los ojos divertida.
—No puede ser.
Él guardó silencio.
Y por primera vez en mucho tiempo, Sofía sintió algo parecido a celos reales.
No porque siguiera enamorada de Adrián.
Eso había muerto hace años.
Pero sí porque conocía perfectamente a ese hombre.
Y jamás lo había visto mirar a alguien de la forma en que acababa de reaccionar.
—Ten cuidado —dijo finalmente.
Adrián frunció el ceño.
—¿Con qué?
—Con no destruirla.
Las palabras quedaron suspendidas entre ambos.
Incómodas.
Demasiado honestas.
Porque incluso Adrián sabía perfectamente que él no era precisamente fácil de amar.
Valentina estaba trabajando cuando Adrián apareció otra vez.
Y el problema fue que apenas lo vio entrar… sonrió.
Sonrió automáticamente.
Sin pensar.
Sin querer.
Malísimo.
Muy malísimo.
Camila, que estaba acomodando vasos, soltó un jadeo dramático.
—Ay no. Ya estás perdida.
Valentina le dio un golpe suave en el brazo.
—Cállate.
Pero ya era tarde.
Porque Adrián había visto la sonrisa.
Y algo cálido se movió dentro de su pecho inmediatamente.
Ella se veía distinta cuando sonreía de verdad.
Más ligera.
Más joven.
Más peligrosa para su estabilidad mental.
Caminó hasta la barra lentamente.
—Hola.
Solo una palabra.
Y aun así la voz grave de ese hombre seguía haciéndole cosas absurdas al sistema nervioso.
—Hola.
Camila miró entre ambos como si estuviera viendo una novela en vivo.
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Editado: 13.05.2026