Contrato de Apariencias

Capítulo 6

La fiesta continuaba alrededor de ellos con música suave, copas elegantes y conversaciones vacías que Valentina apenas escuchaba ya.

Porque el verdadero problema seguía siendo Adrián.

Y la manera en que él la miraba.

No constantemente.

Eso habría sido más fácil de ignorar.

Era peor.

Eran pequeños momentos.

Breves.

Intensos.

Como si cada vez que sus ojos se encontraban, algo raro quedara suspendido entre ambos.

Algo que ninguno terminaba de entender todavía.

Valentina tomó un sorbo de agua intentando mantener la compostura mientras otra pareja pasaba saludando a Adrián.

—Beaumont, desapareciste del mapa estas semanas.

—Trabajo.

—Claro… trabajo.

El hombre miró discretamente a Valentina y sonrió con complicidad masculina.

Ella casi rueda los ojos.

Los ricos realmente vivían dentro de su propia novela dramática.

—Fue un gusto conocerla, Valentina —dijo la esposa del hombre con una sonrisa mucho más amable—. Adrián jamás trae a nadie a estos eventos.

Silencio.

Pequeño.

Incómodo.

Valentina sintió automáticamente la mirada de Adrián sobre ella.

—Bueno… siempre hay una primera vez —respondió intentando sonar tranquila.

La pareja se alejó poco después.

Y apenas quedaron solos otra vez, Valentina giró lentamente hacia él.

—¿Jamás traes a nadie?

Adrián tomó un sorbo de whisky antes de responder.

—No me gusta mezclar personas con negocios.

—Y míranos ahora.

Eso le arrancó una sonrisa pequeña.

—Sí. Míranos ahora.

El problema fue la manera en que lo dijo.

Baja.

Suave.

Como si hubiera algo más escondido detrás de esas palabras.

Valentina apartó rápidamente la mirada.

Mala idea.

Porque cuanto más lo miraba esta noche, más difícil era recordar que aquello era actuación.

—Necesito aire.

La confesión salió antes de que pudiera detenerla.

Adrián inmediatamente dejó la copa sobre una bandeja cercana.

—Ven.

No preguntó.

Simplemente empezó a caminar.

Y Valentina, absurdamente, lo siguió.

Atravesaron el salón principal hasta llegar a una enorme terraza iluminada por luces cálidas.

La ciudad brillaba abajo.

Hermosa.
Lejana.
Silenciosa.

El aire fresco golpeó suavemente el rostro de Valentina y finalmente pudo respirar mejor.

—Gracias.

Adrián se quedó a su lado observando la vista.

No demasiado cerca.

Pero sí lo suficiente para que ella siguiera sintiendo su presencia constantemente.

—Odio estos eventos —dijo él de repente.

Valentina giró apenas sorprendida.

—¿Entonces por qué haces tantos?

Él soltó una risa seca.

Sin humor.

—Porque a veces mantener un imperio significa soportar muchas cosas que no quieres.

Había cansancio real en su voz.

Uno pesado.

Antiguo.

Valentina lo observó unos segundos en silencio.

Esta versión de Adrián le interesaba más.

La que aparecía cuando dejaba de actuar como el hombre perfecto.

—Debes estar agotado todo el tiempo.

Él la miró apenas.

Y por un instante pareció sorprendido.

—¿Por qué dices eso?

Porque tus ojos se ven tristes incluso cuando sonríes.

Porque pareces un hombre acostumbrado a cargar demasiado solo.

Porque siento que estás más solo de lo que todos imaginan.

Pero Valentina no dijo nada de eso.

Solo se encogió ligeramente de hombros.

—Intuición.

Adrián sostuvo su mirada varios segundos.

Demasiados.

Y algo volvió a tensarse peligrosamente entre ambos.

No romántico todavía.

Pero sí íntimo.

Como si estuvieran empezando a verse de verdad debajo de todas las capas.

Eso daba miedo.

Muchísimo.

—¿Te arrepientes? —preguntó él finalmente.

Valentina frunció apenas el ceño.

—¿De qué?

—De aceptar esto.

Ella miró la ciudad antes de responder.

La respuesta lógica debería ser sí.

Todo aquello era demasiado grande.

Demasiado distinto a su vida normal.

Pero entonces recordó a su mamá sonriendo esa tarde al verla arreglada.

Las cuentas que ahora podría pagar.

Y la extraña tranquilidad que sentía cuando Adrián estaba cerca.

—Todavía no.

Él asintió lentamente.

Como si esa respuesta le importara más de lo debido.

Y probablemente sí.

Adentro del salón, Leonardo observaba desde lejos la escena en la terraza.

Y estaba profundamente preocupado.

Porque conocía a Adrián demasiado bien.

El problema no era que fingiera interés.

El problema era que claramente ya no estaba fingiendo nada.

Sofía apareció a su lado sosteniendo una copa de vino.

—Está mirándola diferente.

Leonardo soltó aire lentamente.

—Sí.

—¿Qué tan mal está?

Él observó a Adrián en silencio unos segundos.

—Lo suficiente para empezar a cometer errores.

Sofía siguió la dirección de su mirada.

Valentina estaba hablando mientras Adrián la escuchaba atentamente.

Atentamente de verdad.

No como escuchaba a empresarios o periodistas.

La estaba mirando como si quisiera memorizar cada gesto.

Cada expresión.

Eso era nuevo.

Muy nuevo.

—Ella parece buena persona —murmuró Sofía.

—Ese es precisamente el problema.

—¿Por qué me miras así a veces?

La pregunta tomó completamente desprevenido a Adrián.

Valentina seguía observando la ciudad mientras hablaba, pero él notó la ligera tensión en su voz.

—¿Así cómo?

Ella finalmente giró hacia él.

—Como si estuvieras intentando descubrir algo.

Porque lo estaba intentando.

Constantemente.

Adrián no entendía por qué ella le resultaba tan… fascinante.

No era solo atracción.

Eso habría sido sencillo.

Era la forma en que hablaba.
Cómo se preocupaba por todos menos por sí misma.
Cómo escondía el cansancio detrás del sarcasmo.




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