La subasta benéfica continuaba al otro lado del salón mientras Valentina empezaba a sentir que llevaba días enteros usando tacones.
Sonrió educadamente a otra pareja que acababa de saludar a Adrián y, apenas se alejaron, murmuró:
—Estoy perdiendo lentamente la circulación de los pies.
Eso le arrancó una pequeña sonrisa.
—Lo estás haciendo bien.
Valentina lo miró incrédula.
—Hace diez minutos confundí un champagne francés con vino espumante.
—Nadie lo notó.
—La señora rubia de la mesa tres sí.
Adrián siguió tranquilamente la dirección de su mirada.
—Ah. Ella critica hasta el oxígeno.
Eso hizo reír a Valentina.
Y otra vez ocurrió algo que empezaba a repetirse demasiado durante la noche:
Varias personas giraron a mirarla.
No de forma grosera.
Peor.
Con curiosidad.
Porque ella era distinta al resto.
Mientras todas las mujeres parecían cuidadosamente calculadas, Valentina se sentía real.
Espontánea.
Humana.
Y el problema era que Adrián no podía dejar de notar el efecto que eso provocaba.
Ella cambiaba el ambiente a su alrededor sin siquiera intentarlo.
—¿Por qué todos siguen mirando? —susurró Valentina.
Adrián tomó un sorbo de whisky sin apartar los ojos de ella.
—Porque no saben qué hacer contigo.
—Eso suena preocupante.
—Un poco.
Y definitivamente no ayudó la forma en que lo dijo.
Como si él estuviera disfrutando secretamente el caos que ella provocaba.
Porque sí.
Lo estaba disfrutando muchísimo más de lo que debería.
—Beaumont.
Otra voz masculina apareció detrás de ellos.
Adrián giró apenas mientras Valentina intentaba recuperar algo de compostura social.
El hombre que se acercó parecía rondar los cincuenta años.
Traje gris impecable.
Sonrisa elegante.
Mirada inteligente.
—Mauricio Salvatierra —dijo estrechando la mano de Adrián—. Pensé que ya habías abandonado oficialmente la vida social.
—Lo intenté.
El hombre soltó una risa antes de mirar a Valentina.
Y entonces algo cambió ligeramente en su expresión.
Sorpresa.
Genuina sorpresa.
—Bueno… ahora entiendo por qué regresaste.
Valentina sintió calor subirle al rostro inmediatamente.
Dios.
Necesitaba dejar de reaccionar así a comentarios mínimos.
—Ella es Valentina —dijo Adrián.
La manera en que presentó su nombre fue tranquila.
Natural.
Pero había algo raro ahí.
Algo casi… cuidadoso.
Como si no quisiera que nadie la incomodara.
—Muchísimo gusto —dijo el hombre sonriendo amablemente—. Debo confesarte algo, querida.
Valentina parpadeó.
—¿Qué cosa?
Mauricio observó a Adrián divertido.
—Hace años no veía a este hombre sonreír tanto durante un evento.
Silencio.
Completo.
Valentina giró lentamente hacia Adrián.
Y sí.
Él estaba sonriendo.
Pequeño apenas.
Pero real.
Y claramente incómodo de que alguien más lo hubiera notado.
—Creo que estás exagerando —dijo Adrián secamente.
—No, definitivamente no.
El hombre volvió a mirar a Valentina.
—Normalmente parece que quiere despedir emocionalmente a todos en esta clase de fiestas.
Eso hizo reír a Valentina otra vez.
Y Adrián sintió inmediatamente el impulso absurdo de seguir provocando ese sonido.
Mala señal.
Muy mala señal.
Mauricio terminó alejándose después de unos minutos.
Pero el daño ya estaba hecho.
Porque ahora Valentina no podía dejar de pensar en esas palabras.
“Hacía años no veía a este hombre sonreír tanto.”
El problema era que ella también lo había notado.
Desde que llegaron, Adrián parecía… distinto.
Más ligero.
Más relajado.
Más humano.
Y una parte peligrosa de ella empezaba a preguntarse si aquello también tendría algo que ver con ella.
No debía preguntarse eso.
Definitivamente no.
La música comenzó a cambiar lentamente cerca del centro del salón.
Una melodía suave de piano llenó el ambiente mientras varias parejas empezaban a dirigirse hacia la pista de baile.
Valentina observó discretamente.
Y el pánico apareció inmediatamente.
—No.
Adrián levantó apenas una ceja.
—¿Qué?
—Espero que no tengamos que hacer eso.
Él miró hacia la pista.
—¿Bailar?
—Humillarme públicamente, sí.
Eso le arrancó una risa baja.
Dios.
Cada vez que ese hombre reía parecía más peligroso.
—Relájate. La mitad de ellos no sabe bailar.
—Pero tienen dinero suficiente para fingir que sí.
Adrián soltó otra pequeña risa.
—Exactamente.
Valentina cruzó los brazos intentando ignorar cómo se le aceleraba el corazón cuando él parecía disfrutar genuinamente hablar con ella.
Porque eso era nuevo.
Los hombres normalmente la escuchaban para responder.
Adrián la escuchaba para entenderla.
Y eso daba muchísimo más miedo.
—No voy a bailar —declaró ella.
—Bien.
Valentina parpadeó sorprendida.
—¿Así de fácil?
—Nunca dije que quisiera obligarte.
Eso debería haberla tranquilizado.
En cambio, le provocó otra sensación incómoda en el pecho.
Porque empezaba a darse cuenta de algo:
Adrián jamás intentaba controlarla realmente.
Y viniendo de un hombre acostumbrado a controlar imperios enteros… eso significaba más de lo que parecía.
—Necesito otra copa antes de seguir fingiendo que pertenezco aquí.
Adrián sonrió apenas mientras la acompañaba hacia una de las barras laterales.
—Lo estás haciendo bastante bien.
Valentina aceptó una copa de champagne con cuidado.
—Porque estoy mintiendo profesionalmente.
—No.
Ella giró apenas hacia él.
Y entonces volvió a pasar.
Esa mirada.
Oscura.
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Editado: 30.05.2026