Adrián Beaumont odiaba sentirse culpable.
Y esa mañana llevaba horas sintiéndolo.
Desde el momento en que vio la expresión de Valentina cambiar dentro de la cafetería.
Ese instante pequeño donde claramente recordó lo que él le había dicho dentro del automóvil:
“Esto tiene una fecha límite.”
Mierda.
Porque sí había visto cómo le dolió.
Y el verdadero problema era que a él también le dolió decirlo.
Demasiado.
Eso era exactamente lo que intentaba evitar.
—Necesitamos hablar.
Valentina sostuvo la bandeja un segundo más antes de dejarla lentamente sobre la barra.
El corazón ya empezando a desordenarse otra vez.
Porque claro.
Nunca eran buenas noticias cuando Adrián decía eso con esa voz seria.
Camila observó entre ambos con expresión dramática.
—Voy a… desaparecer antes de que empiece la tensión emocional millonaria.
Y literalmente huyó hacia la cocina.
Traidora.
Valentina cruzó lentamente los brazos.
—¿Qué pasa?
Adrián notó inmediatamente el pequeño muro en su tono.
Y se odió otro poco por eso.
—No aquí.
Ella soltó una pequeña risa sin humor.
—¿Qué tan grave es?
Él sostuvo su mirada unos segundos.
Demasiados.
—Solo quiero aclarar algunas cosas.
Ahí estaba otra vez.
El golpe directo al pecho.
Valentina intentó sonreír.
No le salió muy bien.
—Perfecto. Amo las conversaciones emocionalmente devastadoras.
La mandíbula de Adrián se tensó apenas.
Porque ella seguía usando el sarcasmo cuando algo le dolía.
Y ya empezaba a conocerla demasiado bien para no notarlo.
—Termina tu turno —dijo suavemente—. Te espero afuera.
Treinta minutos después, Valentina salió de la cafetería intentando convencerse de que no estaba nerviosa.
Mentira.
Estaba aterrada.
Porque una parte absurda de ella había empezado a construir pequeñas esperanzas estúpidas desde el beso.
Y otra parte —la racional— sabía perfectamente cómo terminaban las historias entre hombres como Adrián Beaumont y mujeres como ella.
Mal.
Siempre mal.
El automóvil negro seguía estacionado frente a la acera.
Elegante.
Impecable.
Ridículamente fuera de lugar junto a la cafetería.
Adrián abrió la puerta apenas la vio acercarse.
Y el corazón de Valentina volvió a comportarse como un traidor absoluto.
Porque incluso después de todo…
seguía alegrándose de verlo.
Patético.
Muy patético.
Subió al automóvil lentamente.
El silencio entre ambos duró varios segundos.
Pesados.
Extraños.
Hasta que Adrián habló.
—¿Ya comiste algo hoy?
Valentina lo miró confundida.
—¿Qué?
—Desayuno. Almuerzo. Lo que sea.
Ella frunció ligeramente el ceño.
—Un café cuenta como alimento emocional.
Eso normalmente le habría arrancado una sonrisa inmediata.
Pero Adrián seguía demasiado serio.
—Vamos a cenar.
El corazón de Valentina tropezó inmediatamente.
Qué horror.
Porque aun sabiendo que probablemente aquella conversación terminaría mal…
una parte de ella reaccionó igual.
Como una idiota romántica.
—¿Cenar?
Adrián asintió apenas.
—Necesitamos hablar tranquilos.
Y ahí volvió a doler.
Porque claro.
No era una invitación romántica.
Era una conversación de límites.
Aun así…
Aun así ella no pudo evitar imaginar otra cosa.
Una hora después, Valentina estaba parada dentro de su apartamento mirando la ropa de su armario como si pudiera resolver emocionalmente su vida eligiendo una blusa.
Ridículo.
Completamente ridículo.
Pero el problema era Adrián.
Siempre Adrián.
Porque incluso cuando la estaba llevando directamente hacia una conversación incómoda…
seguía haciéndola sentir especial.
La había dejado en casa para cambiarse.
Le dijo que se tomara su tiempo.
Incluso envió otro automóvil más cómodo porque “el anterior era demasiado formal para una cena”.
¿Qué clase de hombre hacía eso?
Uno que claramente no entendía el daño psicológico que provocaba.
Su mamá apareció en la puerta observándola en silencio.
—¿Vas a verlo?
Valentina suspiró.
—Sí.
—¿Y por qué tienes cara de que vas a una ejecución emocional?
Porque probablemente sí.
Ella dejó caer una blusa sobre la cama.
—Creo que va a recordarme que esto no es real.
Su mamá guardó silencio unos segundos.
—¿Y tú necesitas que lo sea?
Valentina bajó lentamente la mirada.
Porque ahí estaba el verdadero problema.
Desde el primer momento…
el contrato dejó de importarle.
Muchísimo.
Lo que empezó a importar fue:
la forma en que Adrián la miraba,
cómo la escuchaba,
cómo parecía menos solo cuando estaba con ella.
Y eso era peligrosísimo.
Porque ella sabía perfectamente que no era la mujer que él necesitaba.
Adrián pertenecía a otro mundo.
Uno elegante.
Controlado.
Perfecto.
Y Valentina seguía siendo la chica que trabajaba turnos nocturnos y fingía fortaleza mientras sobrevivía como podía.
No encajaba en su vida.
Lo sabía.
Pero aun así…
Aun así ya no podía detener lo que sentía.
—No sé cómo dejar de quererlo un poco —admitió bajito.
Eso rompió un poco el corazón de su madre.
Porque la forma en que lo dijo sonó demasiado sincera.
El restaurante francés era absurdamente hermoso.
Por supuesto que sí.
Porque Adrián Beaumont claramente no conocía el significado de la palabra sencillo.
Luces cálidas.
Música suave.
Mesas elegantemente decoradas.
Vino carísimo probablemente respirando en alguna parte.
Valentina observó todo apenas entró.
—Dios mío…
Adrián caminó a su lado tranquilamente.
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Editado: 30.05.2026