Adrián Beaumont llevaba exactamente tres días sin pasar por la cafetería.
Y honestamente…
Eso ya era bastante humillante.
Porque nunca antes en su vida había sido el tipo de hombre que “extrañaba” lugares.
Mucho menos cafeterías pequeñas donde servían muffins y personas felices a las siete de la mañana.
Ridículo.
Completamente ridículo.
Pero el problema no era el lugar.
Era Valentina.
Siempre Valentina.
Desde la conversación dentro del automóvil algo cambió entre ellos.
No de forma mala exactamente.
Peor.
Demasiado honesta.
Ella finalmente le había dicho lo que llevaba semanas evitando escuchar:
que la estaba lastimando.
Y Adrián no había logrado quitarse eso de la cabeza desde entonces.
“No puedo seguir siendo la única valiente aquí.”
Mierda.
Cada vez que recordaba esa frase sentía algo incómodo apretándole el pecho.
Porque ella tenía razón.
Y él seguía sin saber cómo arreglarlo.
Por eso llevaba tres días manteniendo distancia.
Bueno…
intentando mantener distancia.
Porque aunque no la veía…
pensaba en ella constantemente.
Si ya había desayunado.
Si seguía molesta.
Si estaba cansada.
Si todavía lo miraría igual la próxima vez.
Aquello empezaba a parecerse peligrosamente a una obsesión emocional.
Y Adrián odiaba perder control sobre sí mismo.
—Tienes cara de hombre abandonado.
Adrián levantó la mirada lentamente desde la oficina.
Leonardo estaba apoyado contra la puerta sosteniendo café.
—¿Qué quieres?
—Verificar si sigues vivo emocionalmente.
Adrián soltó aire cansadamente.
—Cometo el error de hablarte de una mujer y ahora pareces comentarista romántico profesional.
Leonardo sonrió mientras entraba.
—No es “una mujer”. Es la mujer por la que llevas tres días insoportable.
Eso hizo que Adrián frunciera el ceño inmediatamente.
—No estoy insoportable.
—Ayer despediste a un hombre porque respiró muy fuerte en una reunión.
Silencio.
—Fue una respiración agresiva.
Leonardo literalmente soltó una carcajada.
Y eso solo empeoró el humor de Adrián.
Porque el verdadero problema era otro:
Leonardo tenía razón.
Estaba irritable.
Distraído.
Pensando demasiado.
Todo por una mujer que trabajaba en una cafetería y hacía chistes cuando estaba nerviosa.
Dios santo.
—¿Ya hablaste con ella? —preguntó Leonardo finalmente.
Adrián volvió la mirada hacia la ventana.
La ciudad brillaba bajo el sol de la tarde.
Fría.
Distante.
Controlada.
Exactamente lo contrario a Valentina.
—No.
—¿Porque quieres darle espacio… o porque tienes miedo?
Boom.
Directo al ego.
Adrián apretó ligeramente la mandíbula.
Porque honestamente…
ya no sabía diferenciar ambas cosas.
Mientras tanto, Valentina estaba intentando sobrevivir emocionalmente detrás de la caja registradora.
Spoiler:
fracaso absoluto.
Porque aunque una parte de ella seguía molesta con Adrián…
Otra parte ridículamente enamorada seguía esperando verlo entrar por la puerta.
Patético.
Muy patético.
Camila la observó unos segundos mientras limpiaba una mesa.
—Ya casi haces un hueco mirando la entrada.
Valentina ni siquiera levantó la vista.
—Estoy esperando clientes.
—Claro. Altos, traumados emocionalmente y vestidos como catálogo millonario.
Valentina rodó los ojos.
—Cállate.
Camila sonrió inmediatamente.
—Oh Dios. Sí estás sufriendo.
Y eso era lo peor.
Porque sí.
Sí estaba sufriendo un poquito.
No porque Adrián desapareciera tres días.
Eso sería absurdo.
El problema era lo que significaba.
Que probablemente volvió a asustarse.
Otra vez.
Y aunque Valentina entendía el miedo emocional de Adrián…
también empezaba a cansarse de ser siempre la que esperaba.
La puerta de la cafetería se abrió justo en ese momento.
Y el corazón de Valentina reaccionó automáticamente.
Traidor.
Pero no era Adrián.
Era otro hombre.
Alto.
Cabello castaño claro.
Sonrisa amable.
Y definitivamente atractivo.
Camila miró inmediatamente a Valentina.
Oh no.
—Buenos días —dijo él acercándose a la barra.
Valentina respiró profundo intentando comportarse normal.
—Hola. ¿Qué puedo ofrecerte?
El hombre observó el menú unos segundos antes de volver a mirarla.
—Honestamente, todavía no lo sé. Es mi primera vez aquí.
Camila literalmente desapareció hacia la cocina con expresión de chismosa profesional.
Traidora.
—Entonces recomiendo el café frío de vainilla —dijo Valentina.
—Perfecto. Confío en ti.
La sonrisa tranquila del hombre hizo que Valentina sonriera apenas también.
Naturalmente.
Y sinceramente…
se sintió bien.
Hablar con alguien sin tensión emocional millonaria alrededor.
Sin miedo.
Sin contradicciones.
Sin sentirse emocionalmente perdida.
Solo normal.
El hombre extendió la mano suavemente.
—Mateo.
Ella respondió automáticamente.
—Valentina.
—Bonito nombre.
Y justo ahí…
La puerta volvió a abrirse.
El ambiente entero cambió instantáneamente.
Porque Adrián Beaumont acababa de entrar.
Traje oscuro.
Expresión seria.
Mandíbula tensa.
Y el problema no fue que llegara.
El problema fue el momento exacto en que vio a Valentina sonriéndole a otro hombre.
Algo dentro de él reaccionó inmediatamente.
Feo.
Rápido.
Visceral.
Como si el cuerpo hubiera entendido algo antes que el cerebro.
No le gustó.
Para nada.
Mateo seguía hablando tranquilamente con Valentina cuando Adrián se acercó.
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Editado: 30.05.2026