El problema con Adrián Beaumont era que nunca decía las cosas a medias.
O no decía nada.
No existía un punto intermedio.
Por eso, cuando soltó:
—Y tú eres la primera persona que me hace querer dejar de escapar.
El mundo pareció quedarse inmóvil alrededor de ellos.
La cafetería.
Las mesas.
El ruido de la calle.
Todo desapareció.
Valentina simplemente lo miró.
Porque durante semanas había esperado algo así.
No exactamente esas palabras.
Pero sí una señal.
Una prueba.
Algo que le demostrara que no estaba imaginando todo lo que ocurría entre ellos.
Y ahora estaba ahí.
Frente a ella.
Con los ojos oscuros llenos de una sinceridad que casi daba miedo.
Dios.
Adrián realmente estaba bajando las defensas.
Y eso era probablemente más importante que cualquier “te amo”.
Por primera vez en mucho tiempo, fue Adrián quien se sintió vulnerable.
Y odiaba la sensación.
Porque normalmente era él quien tenía el control.
Siempre.
En las reuniones.
En los negocios.
En cualquier negociación.
Pero frente a Valentina…
Nunca parecía saber qué demonios hacer.
Ella tenía esa capacidad extraña de verlo.
De verdad verlo.
No al empresario.
No al hombre de las revistas.
No al multimillonario.
A él.
Y eso era aterrador.
Porque cuando alguien te ve realmente…
También puede romperte.
Adrián tragó saliva lentamente.
Esperando.
Por alguna razón absurda…
Esperando que ella no se alejara.
Otra vez ese miedo.
Ese maldito miedo.
El mismo que llevaba semanas persiguiéndolo.
Valentina apoyó ambas manos sobre la barra.
Necesitaba estabilidad física porque emocionalmente estaba completamente perdida.
—No deberías decir cosas así.
La voz salió más suave de lo que pretendía.
Adrián frunció apenas el ceño.
—¿Por qué?
Ella soltó una pequeña risa nerviosa.
—Porque después me cuesta recordarme que eres una mala idea.
Y ahí estuvo.
La sonrisa.
Pequeña.
Involuntaria.
La que aparecía solo cuando Valentina decía algo que lo desarmaba.
Dios.
Llevaba días extrañando verla hablarle así.
Sin distancia.
Sin barreras.
Sin esa cautela nueva que apareció después de su conversación en el automóvil.
—Tal vez ya es tarde para eso.
Boom.
El corazón de Valentina dio un salto completamente innecesario.
Porque claramente Adrián había decidido que hoy era el día para destruir su estabilidad emocional.
—¿Van a besarse o necesito seguir fingiendo que limpio vasos?
La voz de Camila apareció desde algún lugar cercano.
Los dos dieron un pequeño salto.
Y después…
Se miraron.
Y se echaron a reír.
Por primera vez en días.
Una risa real.
Compartida.
Natural.
La tensión emocional se rompió apenas.
Lo suficiente para que ambos respiraran otra vez.
Camila apareció sosteniendo una bandeja.
—Perfecto. Ya volvieron a ser funcionales.
—Desaparece —dijo Valentina.
—No.
—Camila.
—No.
Adrián observó la escena con una diversión extraña.
Porque nunca había tenido algo así.
Personas normales.
Momentos normales.
Amistades normales.
Y de repente entendió otra cosa.
No era solo Valentina.
Era todo lo que venía con ella.
La vida sencilla que jamás tuvo.
Las conversaciones absurdas.
La espontaneidad.
La calidez.
Todo eso empezaba a atraerlo más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Dos horas después.
Valentina terminó su turno.
Y por primera vez en varios días…
Adrián seguía ahí.
Esperándola.
Sin eventos.
Sin fotógrafos.
Sin excusas.
Simplemente sentado en una mesa.
Trabajando con una laptop.
Como si fuera la cosa más normal del mundo.
Camila había pasado por todas las etapas emocionales posibles observándolo.
—Sigue aquí.
—Lo sé.
—Lleva dos horas aquí.
—Lo sé.
—Compró tres cafés.
—Lo sé.
—No bebió ninguno.
Valentina cerró los ojos.
—Lo sé.
Camila sonrió ampliamente.
—Está enamorado.
—Cállate.
—No.
—Camila.
—Jamás.
Cuando finalmente salió de detrás de la barra, Adrián levantó la vista inmediatamente.
Como si hubiera estado esperándola.
Lo cual era exactamente lo que estaba haciendo.
Y por alguna razón…
Eso le provocó una sensación cálida en el pecho.
Peligrosísima sensación.
—¿Terminaste?
—Sí.
Él cerró la laptop.
—Bien.
Valentina levantó una ceja.
—¿Bien?
—Tengo hambre.
Ella parpadeó.
—¿Y?
—Tú también.
—¿Cómo sabes eso?
—Porque te vi comer media galleta en ocho horas.
Silencio.
Valentina lo observó.
Y ahí estaba otra vez.
Ese cuidado silencioso.
Esas pequeñas cosas que él notaba.
Las que nadie más veía.
Dios.
Era injusto.
Completamente injusto.
—Vamos.
—¿A dónde?
—A comer.
—¿Eso fue una invitación?
—No.
—¿Una orden?
—Tampoco.
—Entonces…
Adrián se puso de pie.
Y por primera vez en mucho tiempo…
Pareció relajado.
De verdad.
—Es una petición.
El corazón de Valentina tropezó inmediatamente.
Porque aquello sonó muchísimo más íntimo de lo que debería.
Y peor aún…
Adrián parecía darse cuenta.
Treinta minutos después estaban sentados en un pequeño restaurante italiano.
No elegante.
No exclusivo.
No francés.
Simple.
Normal.
Y eso sorprendió muchísimo a Valentina.
—¿Qué?
Adrián levantó la mirada desde el menú.
—Nada.
—Mentirosa.
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Editado: 30.05.2026