Contrato de Apariencias

Capítulo 20

Valentina comenzó a sospechar que algo estaba cambiando cuando Adrián apareció por sexto día consecutivo en la cafetería.

No había eventos.

No había reuniones benéficas.

No había fotógrafos.

No había contratos.

Simplemente estaba allí.

Sentado en la mesa junto a la ventana.

Trabajando algunas veces.

Observándola otras.

Y aunque ninguno de los dos lo decía en voz alta, ambos sabían la verdad.

Ya no estaba allí porque tenía que estar.

Estaba allí porque quería.

Y esa diferencia lo cambiaba todo.

—Seis días.

Valentina ni siquiera levantó la vista de la caja registradora.

—No sé de qué hablas.

—Claro que sí.

—No.

—Tengo pruebas.

Valentina cerró los ojos.

—Camila…

—Llevo una libreta.

—Eso es preocupante.

—Es investigación científica.

Valentina soltó una pequeña risa.

Y al otro lado del local, Adrián levantó automáticamente la vista al escucharla.

Como siempre.

Aquello estaba empezando a convertirse en un reflejo.

Y sinceramente…

Ya ni siquiera intentaba evitarlo.

Las cosas habían cambiado desde aquella conversación en el automóvil.

Desde aquella noche en que Valentina finalmente le dijo que estaba cansada de ser la única valiente.

Porque por primera vez en mucho tiempo, Adrián había dejado de correr.

No completamente.

Todavía tenía miedo.

Muchísimo.

Pero ya no estaba huyendo.

Y Valentina podía verlo.

En los mensajes de buenos días.

En las llamadas inesperadas.

En la forma en que aparecía en la cafetería sin ninguna excusa.

En la manera en que buscaba cualquier motivo para verla.

Aquello ya no parecía un contrato.

Ni una actuación.

Ni siquiera una historia complicada.

Parecía algo peligrosamente parecido a una relación.

Y eso era exactamente lo que la aterraba.

El celular de Adrián vibró sobre la mesa.

Una vez.

Dos veces.

Tres veces.

Hasta que finalmente observó la pantalla.

Y el buen humor desapareció inmediatamente.

Isabella Moreau.

Mierda.

No hoy.

No precisamente hoy.

Porque si había una persona capaz de complicar las cosas…

Era Isabella.

La mujer que durante años todos consideraron perfecta para él.

La mujer con la que estuvo comprometido.

La mujer que representaba exactamente la vida que había pensado construir.

Antes de que apareciera Valentina.

Adrián respondió la llamada.

—Hola.

—Escuché que finalmente estás enamorado.

Perfecto.

Ni siquiera un saludo.

Adrián apoyó la cabeza contra el respaldo de la silla.

—Hola para ti también.

—Entonces es verdad.

—No voy a hablar de mi vida personal contigo.

—Eso suena bastante a confirmación.

Adrián observó a Valentina reírse de algo que decía Camila.

Y sintió esa sensación cálida aparecer otra vez.

La misma que llevaba semanas negando.

La misma que ya era imposible ignorar.

—Nos vemos mañana en la cena familiar.

No fue una pregunta.

Y aquello hizo que algo dentro de él se tensara.

Porque conocía demasiado bien a Isabella.

Y cuando Isabella aparecía interesada en algo…

Las cosas rara vez terminaban bien.

Aquella noche Valentina prácticamente destruyó su armario.

Su madre la observaba desde la cama.

Divertidísima.

—Ese vestido ya lo probaste tres veces.

—Cuatro.

—Eso no mejora la situación.

Valentina dejó caer otro vestido sobre la silla.

Agotada.

—Voy a conocer a su familia.

—Sí.

—Su familia rica.

—Sí.

—Su familia elegante.

—Sí.

—Su familia que probablemente desayuna con cubiertos de plata.

Su madre soltó una carcajada.

—Valentina…

—Estoy hablando en serio.

Y sí lo estaba.

Porque una cosa era acompañar a Adrián a eventos.

Y otra muy diferente era entrar al lugar donde había crecido.

Conocer a las personas que lo amaban.

A las personas cuya opinión sí importaba.

—¿Y si no les gusto?

Su madre la observó unos segundos.

—¿Y si sí?

Silencio.

Porque curiosamente…

Aquella posibilidad daba todavía más miedo.

A las siete de la noche siguiente, Adrián llegó a recogerla.

Y cuando Valentina abrió la puerta del edificio…

El mundo pareció detenerse un instante.

Vestido azul oscuro.

Cabello suelto.

Maquillaje suave.

Hermosa.

Ridículamente hermosa.

Adrián se quedó observándola algunos segundos.

Y aquella mirada fue suficiente para acelerar el corazón de Valentina.

Porque ya la conocía.

La reconocía.

Era la mirada que aparecía cuando él olvidaba esconder lo que sentía.

—Hola.

—Hola.

Silencio.

Pequeño.

Peligroso.

Hasta que Adrián habló.

—Te ves preciosa.

Boom.

Directo al corazón.

Porque él no solía decir cosas así.

Y los dos lo sabían.

Valentina sintió las mejillas arder.

—Gracias.

Por alguna razón, Adrián no apartó la mirada.

Y aquello la puso todavía más nerviosa.

La mansión Beaumont parecía sacada de una película.

Luces cálidas.

Jardines perfectamente cuidados.

Una entrada enorme.

Y suficiente elegancia para hacerla reconsiderar todas sus decisiones de vida.

—Voy a desmayarme.

Adrián sonrió.

—No vas a desmayarte.

—No puedes saberlo.

—Sí puedo.

—¿Cómo?

—Porque Clara ya te adora.

Eso ayudó.

Poquito.

Pero ayudó.

Hasta que entraron.

Y entonces el verdadero problema apareció.

Isabella Moreau.

Alta.

Elegante.

Hermosa.

Perfecta.

Todo en ella parecía diseñado para pertenecer exactamente allí.




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