Contrato de Apariencias

Capítulo 21

El silencio dentro del comedor fue absoluto.

Tan absoluto que Valentina podía escuchar los latidos de su propio corazón.

O tal vez estaba escuchando los de Adrián.

Ya no estaba segura.

Porque después de aquella respuesta…

—El tiempo que Valentina quiera que dure.

Nada volvió a sentirse igual.

Ni la cena.

Ni la mansión.

Ni la forma en que todos los presentes los observaban.

Porque aquella frase había sido mucho más que una respuesta para Isabella.

Había sido una elección.

Pública.

Clara fue la primera en romper el silencio.

—Bueno.

La sonrisa apareció lentamente en su rostro.

—Eso fue inesperadamente romántico.

La madre de Adrián bajó la mirada hacia su copa intentando esconder una sonrisa.

Incluso el padre de Adrián parecía divertido.

Solo Isabella permanecía inmóvil.

Observando a Adrián.

Como si intentara reconocer al hombre sentado frente a ella.

Porque el Adrián que ella conocía jamás habría dicho algo así delante de nadie.

Jamás.

Y precisamente por eso la sorprendió tanto.

La cena terminó veinte minutos después.

Nadie mencionó nuevamente el tema.

Pero tampoco fue necesario.

Porque la tensión seguía flotando en el aire.

Visible.

Pesada.

Inevitable.

Valentina apenas podía procesar lo que había ocurrido.

Porque llevaba semanas esperando que Adrián eligiera.

Y ahora que finalmente lo había hecho…

Daba miedo.

Muchísimo miedo.

Porque ya no existían excusas.

Ya no existía el contrato.

Ya no existían las apariencias.

Ahora podían lastimarse de verdad.

—¿Quieres caminar un poco?

La voz de Adrián la sacó de sus pensamientos.

Valentina levantó la vista.

Los invitados comenzaban a despedirse.

La familia conversaba cerca de la entrada principal.

Y por primera vez aquella noche parecían tener un momento para ellos.

—Sí.

La respuesta salió más rápida de lo que esperaba.

Porque sinceramente…

Necesitaba respirar.

El jardín trasero de la mansión estaba iluminado por pequeñas luces doradas.

Todo parecía sacado de una postal.

Perfecto.

Elegante.

Hermoso.

Y sin embargo…

Valentina seguía sintiéndose más consciente de Adrián que del paisaje.

Caminaban lentamente uno al lado del otro.

Sin hablar.

Porque ambos sabían que había algo pendiente.

Algo importante.

Hasta que finalmente fue ella quien rompió el silencio.

—No debiste decir eso.

Adrián giró apenas la cabeza.

—¿Qué cosa?

Valentina soltó una pequeña risa nerviosa.

—Sabes exactamente qué cosa.

Sí.

Lo sabía.

Perfectamente.

Aquella frase.

La frase que todavía seguía resonando dentro de ambos.

Adrián observó el camino frente a ellos.

Y por primera vez no intentó escapar.

—Lo sé.

—Entonces ¿por qué lo hiciste?

Silencio.

Pequeño.

Honesto.

—Porque era verdad.

Boom.

Directo al corazón.

Valentina tragó saliva.

Porque aquello habría sido más fácil si él hubiera respondido cualquier otra cosa.

Pero no.

Respondió exactamente lo que sentía.

Y eso siempre era más peligroso.

—Adrián…

—No.

Esta vez fue él quien la interrumpió.

Y aquello fue extraño.

Porque normalmente era Adrián quien evitaba conversaciones emocionales.

No quien las buscaba.

—Escúchame.

La voz salió baja.

Seria.

Y Valentina sintió inmediatamente cómo algo dentro de ella se tensaba.

Porque aquella era la voz que usaba cuando algo realmente importaba.

—Toda mi vida tomé decisiones pensando en lo que era correcto.

Ella guardó silencio.

—Lo que era lógico.

Otro paso.

—Lo que tenía sentido.

Valentina comenzó a entender hacia dónde iba.

Y eso la asustó.

Porque por primera vez parecía dispuesto a abrir una puerta que llevaba años cerrada.

—Y mírame ahora.

Una sonrisa pequeña apareció en sus labios.

Cansada.

Sincera.

—Apareciendo todos los días en una cafetería porque extraño a una mujer después de ocho horas.

Boom.

Directo al alma.

Porque aquella confesión no parecía preparada.

Parecía accidental.

Real.

Y justamente por eso fue tan devastadora.

Valentina sintió el corazón acelerarse.

Porque Dios…

¿Desde cuándo Adrián hablaba así?

—No vuelvas a decir cosas así.

La frase escapó antes de que pudiera detenerla.

Adrián frunció ligeramente el ceño.

—¿Por qué?

Valentina bajó la mirada.

Porque ahí estaba otra vez.

El miedo.

Ese miedo horrible que seguía acompañándola.

—Porque después me cuesta recordarme que todavía puedo perderte.

Silencio.

Completo.

Porque aquella era probablemente la confesión más honesta que había hecho hasta ahora.

Y Adrián lo sintió.

Cada palabra.

Cada duda.

Cada inseguridad.

La observó durante varios segundos.

Y entonces entendió algo.

Todo este tiempo había pensado que el único asustado era él.

Qué idiota.

Valentina también tenía miedo.

Muchísimo.

Solo que ella había sido más valiente.

Siempre.

—Ya me arrepentí demasiadas veces de no decirlas.

La respuesta salió suave.

Y Valentina cerró los ojos apenas un segundo.

Porque aquello sí dolió.

Dolió bonito.

Dolió profundo.

Dolió exactamente donde guardaba todos los sentimientos que llevaba semanas intentando controlar.

Adrián dio un paso más cerca.

Solo uno.

Pero suficiente para cambiar el aire entre ellos.

—No sé cómo hacer esto perfecto.

La sinceridad en su voz era imposible de ignorar.

—Nunca tuve una relación así.




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