Valentina permaneció inmóvil en medio de su habitación.
El teléfono seguía entre sus manos.
La fotografía seguía frente a sus ojos.
Y aquella frase…
Aquella maldita frase parecía hacerse cada vez más grande.
Nunca podrás competir con alguien que pertenece a su mundo.
El corazón le golpeaba con fuerza contra el pecho.
Porque lo peor no era la fotografía.
Lo peor era que una parte de ella ya conocía ese miedo.
Había vivido con él desde el principio.
Desde el primer día en que Adrián Beaumont entró en su cafetería.
Desde el primer evento elegante.
Desde la primera vez que vio cómo funcionaba su mundo.
Siempre estuvo ahí.
Dormido.
Esperando.
Y ahora alguien acababa de despertarlo.
Valentina volvió a observar la fotografía.
Adrián e Isabella parecían felices.
Muy felices.
No era una fotografía de revista.
Era personal.
Íntima.
Real.
La forma en que él la miraba.
La manera en que ella sonreía.
Aquello no parecía una relación por conveniencia.
Parecía amor.
Y ese pensamiento le provocó un dolor extraño.
Porque por primera vez recordó algo que nunca había preguntado.
¿Por qué terminaron?
Adrián jamás habló demasiado de Isabella.
Ni de su compromiso.
Ni de lo que ocurrió.
Y ella tampoco insistió.
Hasta ahora.
El celular volvió a vibrar.
Otro mensaje.
Del mismo número.
Algunas historias nunca terminan realmente.
El estómago de Valentina se revolvió.
Perfecto.
Maravilloso.
Ahora alguien estaba jugando con ella.
Y sinceramente…
Funcionaba.
Porque aunque quisiera fingir lo contrario…
Aquellas palabras ya habían encontrado una grieta.
Esa noche apenas durmió.
Y cuando finalmente logró cerrar los ojos…
Soñó con Isabella.
Con Adrián.
Con aquella fotografía.
Con una versión de sí misma que parecía cada vez más pequeña.
Más fuera de lugar.
Más insegura.
A la mañana siguiente llegó a la cafetería agotada.
Camila la observó apenas cruzó la puerta.
—¿Qué pasó?
Valentina intentó sonreír.
Fracaso absoluto.
—Nada.
—Mentira.
—Estoy cansada.
—Mentira otra vez.
Camila cruzó los brazos.
—Habla.
Valentina dudó.
Durante algunos segundos.
Y finalmente le mostró el teléfono.
La sonrisa desapareció inmediatamente del rostro de Camila.
—¿Quién envió esto?
—No lo sé.
—¿Y este mensaje?
—Tampoco lo sé.
Camila volvió a leerlo.
Y algo en su expresión cambió.
—Esto no es casualidad.
Valentina soltó una pequeña risa amarga.
—Gracias por la aclaración.
—Lo digo en serio.
Y sí.
Lo estaba diciendo completamente en serio.
Porque aquello tenía intención.
Alguien quería hacer daño.
Alguien quería sembrar dudas.
Y tristemente…
Lo estaba logrando.
El día transcurrió lento.
Demasiado lento.
Y para empeorar las cosas, Adrián tenía reuniones desde temprano.
No apareció.
No llamó.
No escribió.
Nada extraño.
Nada fuera de lo normal.
Pero hoy…
Hoy todo parecía diferente.
Porque ahora Valentina tenía aquella fotografía grabada en la cabeza.
Y cada minuto sin hablar con él alimentaba más sus inseguridades.
Ridículo.
Completamente ridículo.
Pero imposible de evitar.
Mientras tanto, Adrián estaba teniendo una mañana terrible.
No por trabajo.
Por Isabella.
Otra vez.
—No entiendo qué pretendes.
La voz de Adrián sonó fría.
Mucho más fría de lo habitual.
Isabella permaneció sentada frente a él.
Elegante.
Impecable.
Y peligrosamente tranquila.
—Estamos tomando café.
—No.
La respuesta fue inmediata.
—Estamos teniendo una conversación que claramente tú quieres tener.
Silencio.
Pequeño.
Tenso.
Porque Isabella lo conocía demasiado bien.
Y sabía exactamente cuándo estaba molesto.
—Ha pasado mucho tiempo.
—Isabella…
—¿Qué?
—No hagas esto.
Ella bajó lentamente la mirada hacia la taza.
Y durante un instante pareció más vulnerable.
Más humana.
—Nunca pensé que te enamorarías de alguien así.
Boom.
Error.
Gravísimo error.
Porque algo dentro de Adrián reaccionó inmediatamente.
—¿Alguien así?
Isabella sostuvo su mirada.
Y por primera vez entendió que estaba perdiendo terreno.
Muchísimo terreno.
Porque aquel no era el Adrián de hace tres años.
Este hombre era diferente.
—Sabes a qué me refiero.
—No.
La voz salió firme.
Peligrosamente firme.
—No lo sé.
Silencio.
Porque ambos entendían perfectamente lo que significaba aquella respuesta.
—Valentina es una buena persona.
La frase salió simple.
Directa.
Y sinceramente dicha.
Isabella sintió algo extraño atravesarle el pecho.
Porque nunca había escuchado a Adrián hablar así de nadie.
Jamás.
Ni siquiera de ella.
—No dije que no lo fuera.
—Entonces deja de actuar como si fuera menos que tú.
Boom.
Ahora sí.
Directo.
Sin filtros.
Sin diplomacia.
Y aquello sorprendió incluso a Isabella.
Porque estaba acostumbrada a un Adrián contenido.
Controlado.
Calculador.
No a este.
No al hombre que claramente estaba enamorado.
—La estás defendiendo.
Adrián soltó una pequeña risa sin humor.
—Porque no debería necesitar hacerlo.
Silencio.
Completo.
Y por primera vez desde que comenzó aquella conversación…
Isabella entendió algo.
Lo había perdido.
De verdad.
No porque Valentina fuera mejor.
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Editado: 19.06.2026