Contrato de Apariencias

Capítulo 23

Por primera vez desde que conoció a Adrián Beaumont, Valentina durmió tranquila.

No completamente.

Todavía existían dudas.

Todavía existían miedos.

Todavía existía Isabella.

Pero algo había cambiado después de aquella conversación en la cafetería.

Porque Adrián finalmente le había hablado de su pasado.

De verdad.

Sin evasivas.

Sin cambiar de tema.

Sin esconderse.

Y eso significaba más de lo que probablemente él imaginaba.

Porque durante semanas Valentina había estado intentando entrar en un mundo donde todos parecían conocer partes de Adrián que ella desconocía.

Ahora ya no se sentía tan afuera.

Ahora comenzaba a conocer al hombre detrás del apellido.

Y aquello la hacía sentir peligrosamente feliz.

Adrián, en cambio, estaba teniendo un problema.

Un problema enorme.

Un problema llamado Valentina.

Porque cuanto más se permitía sentir…

Más difícil se volvía ocultarlo.

Y eso empezaba a notarse.

Muchísimo.

—Estás sonriendo.

Adrián levantó la vista de los documentos.

Leonardo estaba otra vez en la puerta de su oficina.

Últimamente parecía aparecer exclusivamente para arruinarle la paciencia.

—¿Qué quieres?

—Confirmar algo.

—No.

—Demasiado tarde.

Leonardo tomó asiento frente al escritorio.

—¿Cuándo piensas admitirlo?

Adrián soltó un suspiro.

—Otra vez no.

—Otra vez sí.

Silencio.

Porque ambos sabían exactamente de qué hablaban.

—No tengo tiempo para esto.

—Mentira.

—Leonardo…

—Adrián.

Dios.

Era insoportable.

—Nunca te había visto así.

La frase llegó acompañada de una sonrisa.

Y eso hizo que Adrián frunciera el ceño.

—¿Así cómo?

—Más feliz.

Silencio.

Pequeño.

Incómodo.

Porque aquella palabra lo tomó desprevenido.

Feliz.

No recordaba la última vez que alguien lo había descrito de esa manera.

No porque fuera infeliz.

Simplemente…

Nunca se detenía a pensar en ello.

Hasta ahora.

Hasta Valentina.

Y aquello era peligrosamente revelador.

Mientras tanto, en la cafetería, Valentina intentaba trabajar.

Intentaba.

Porque era imposible concentrarse cuando Camila llevaba cuarenta minutos interrogándola.

—¿Y qué dijo exactamente?

—Ya te conté.

—Otra vez.

—No.

—Por favor.

Valentina soltó una risa.

—Necesitas una vida propia.

—La tengo.

—No parece.

—Mi vida incluye analizar tu relación romántica.

—Eso no cuenta.

Camila sonrió ampliamente.

—Cuenta para mí.

Valentina negó con la cabeza.

Pero la sonrisa seguía allí.

Porque por primera vez en mucho tiempo…

Las cosas parecían ir bien.

Demasiado bien.

Y curiosamente…

Eso también daba miedo.

Aquella tarde Adrián apareció más temprano de lo habitual.

Y apenas cruzó la puerta, el corazón de Valentina reaccionó automáticamente.

Como siempre.

Como un traidor profesional.

Porque sinceramente ya debería estar acostumbrada.

Pero no.

Todavía no.

Y probablemente nunca lo estaría.

Adrián la encontró inmediatamente entre las mesas.

Y por un instante olvidó cualquier otra cosa.

Trabajo.

Reuniones.

Problemas.

Todo desapareció.

Otra vez.

Malísima señal.

—Hola.

La sonrisa de Valentina apareció apenas.

—Hola.

Y aquello debería haber sido una interacción normal.

De verdad.

Dos personas saludándose.

Nada más.

Pero últimamente cualquier conversación entre ellos parecía cargada de electricidad.

Como si ambos fueran demasiado conscientes del otro.

Demasiado conscientes de lo que sentían.

Demasiado conscientes de todo.

—¿Cómo estuvo tu día?

La pregunta salió natural.

Y aquello también era nuevo.

Porque durante mucho tiempo hablaron de eventos.

De contratos.

De apariencias.

Ahora hablaban de sus días.

De sus vidas.

Como una pareja real.

Y aquella realización golpeó a ambos al mismo tiempo.

Una pareja.

Dios.

Ninguno lo dijo.

Pero ambos lo pensaron.

Y aquello volvió el momento peligrosamente íntimo.

—Mejoró hace unos treinta segundos.

Boom.

Valentina dejó de respirar un instante.

Porque claramente Adrián había decidido convertirse en una amenaza para su estabilidad emocional.

Y lo peor…

Era que parecía no darse cuenta.

La sonrisa apareció antes de que pudiera evitarlo.

—Eso fue muy cursi.

—No.

—Sí.

—No.

—Definitivamente sí.

Aquello le arrancó una pequeña risa.

Y Dios.

Cómo le gustaba hacerla reír.

Camila observaba la escena desde lejos.

Escandalizada.

—Voy a vomitar de ternura.

Una compañera de trabajo levantó una ceja.

—¿Quiénes son?

Camila sonrió.

—Los protagonistas.

Y sinceramente…

No estaba equivocada.

Esa noche ocurrió algo que ninguno esperaba.

Algo pequeño.

Pero importante.

Porque las historias de amor no cambian únicamente con grandes declaraciones.

A veces cambian con momentos simples.

Momentos que parecen insignificantes.

Hasta que te das cuenta de que no lo son.

Adrián y Valentina caminaban por una pequeña feria nocturna instalada cerca del malecón.

Nada elegante.

Nada exclusivo.

Nada que normalmente apareciera en la agenda de Adrián Beaumont.

Y precisamente por eso era perfecto.

Las luces brillaban.

La música sonaba a lo lejos.

Las personas caminaban entre puestos de comida y artesanías.

Todo era simple.

Normal.

Humano.

Y por primera vez en años…

Adrián se sentía exactamente donde quería estar.




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