Valentina pasó toda la mañana intentando descubrir a dónde pensaba llevarla Adrián.
Y toda la mañana Adrián se negó a responder.
—Dame una pista.
—No.
—Una pequeña.
—No.
—Una microscópica.
—Definitivamente no.
Valentina soltó una risa frustrada.
—Eres insoportable.
—Lo sé.
Y lo peor era que sonaba orgulloso.
Aquello debería haberla molestado.
En cambio, le provocó una sonrisa.
Porque últimamente todo parecía más fácil entre ellos.
Más ligero.
Más real.
Como si finalmente hubieran dejado de caminar sobre vidrio roto.
Y precisamente por eso una parte de ella seguía esperando que algo saliera mal.
A las cinco de la tarde Adrián apareció frente a la cafetería.
Como siempre.
Y Dios.
Cómo se había acostumbrado a verlo.
Aquello era peligroso.
Muy peligroso.
Porque hacía unos meses apenas lo conocía.
Ahora bastaba verlo bajar del automóvil para que su día mejorara automáticamente.
—Hola.
La sonrisa de Adrián apareció inmediatamente.
—Hola.
Y otra vez ocurrió.
Ese momento extraño donde parecían olvidar que existía el resto del mundo.
Hasta que Camila apareció detrás de Valentina.
—Voy a necesitar que dejen de mirarse así.
Ambos parpadearon.
—¿Así cómo? —preguntó Valentina.
—Como protagonistas de novela romántica.
—Camila…
—No. Ya es demasiado evidente.
Adrián soltó una pequeña risa.
Y aquello hizo que Camila levantara ambas manos.
—Perfecto. Ahora hasta él se ríe. Estoy perdiendo el control de esta historia.
Una hora después abandonaban la ciudad.
Y Valentina seguía sin saber a dónde iban.
—¿Estamos secuestrándome?
—Todavía no.
—Eso no me tranquiliza.
—Lo sé.
—Adrián.
—Paciencia.
Ella cruzó los brazos.
—Te odio un poco.
—Mentira.
Valentina intentó sostener la mirada seria.
Duró aproximadamente tres segundos.
Porque él sonrió.
Y aquello seguía siendo injusto.
Completamente injusto.
El automóvil continuó avanzando durante casi cuarenta minutos.
Hasta que finalmente abandonaron la carretera principal.
Y entonces Valentina comenzó a reconocer el paisaje.
El mar.
Las rocas.
Los acantilados.
La brisa.
Todo parecía más tranquilo allí.
Más alejado del mundo.
Más íntimo.
—¿Dónde estamos?
Adrián observó el camino frente a él.
Y por primera vez pareció ligeramente nervioso.
—En mi lugar favorito.
Aquello la sorprendió.
Muchísimo.
Porque Adrián Beaumont no parecía el tipo de hombre que tuviera lugares favoritos.
Parecía el tipo de hombre que tuviera agendas.
Y reuniones.
Y contratos.
No recuerdos.
No refugios.
No lugares especiales.
Cuando finalmente bajaron del automóvil, Valentina entendió inmediatamente por qué.
Frente a ellos había un pequeño muelle de madera.
Sencillo.
Hermoso.
Rodeado únicamente por mar.
No había turistas.
No había personas.
No había ruido.
Solo agua.
Cielo.
Y tranquilidad.
Mucha tranquilidad.
—Venía aquí cuando era niño.
La confesión tomó a Valentina por sorpresa.
Porque Adrián rara vez hablaba de su infancia.
—¿Sí?
Él asintió.
—Mi abuelo me traía a pescar.
Valentina sonrió suavemente.
—No puedo imaginarte pescando.
—Era terrible.
Eso le arrancó una carcajada inmediata.
Y la sonrisa que apareció en el rostro de Adrián al escucharla fue imposible de ignorar.
Porque últimamente él parecía disfrutar más de verla feliz que de cualquier otra cosa.
Caminaron lentamente por el muelle.
Sin prisa.
Sin objetivos.
Simplemente disfrutando del momento.
Y poco a poco Valentina comenzó a notar algo.
Adrián estaba diferente.
Más tranquilo.
Más abierto.
Más él.
Como si aquel lugar le permitiera bajar todas las defensas.
Y eso la conmovió más de lo que esperaba.
Porque comprendió algo importante.
Él no la había llevado allí para impresionarla.
La había llevado allí porque quería compartir algo suyo.
Algo real.
Y eso era muchísimo más importante.
—¿Sabes qué es lo extraño?
La voz de Adrián rompió el silencio.
Valentina giró hacia él.
—¿Qué?
Durante unos segundos pareció buscar las palabras correctas.
Y aquello era raro.
Porque normalmente Adrián siempre sabía qué decir.
—Antes venía aquí cuando necesitaba estar solo.
El corazón de Valentina se aceleró apenas.
—¿Y ahora?
La sonrisa apareció lentamente.
Suave.
Honesta.
Peligrosamente honesta.
—Ahora quería venir contigo.
Boom.
Directo al corazón.
Porque no era una declaración de amor.
Pero Dios…
Se sintió como una.
El sol comenzaba a descender lentamente sobre el horizonte.
Tiñendo el cielo de tonos dorados y anaranjados.
Y por primera vez en mucho tiempo…
Ninguno parecía tener prisa.
Como si ambos entendieran que aquel momento era importante.
Aunque no supieran exactamente por qué.
—Valentina.
La forma en que dijo su nombre hizo que ella levantara la vista inmediatamente.
Había algo diferente en su voz.
Algo más profundo.
Más vulnerable.
Más real.
—¿Sí?
Adrián sostuvo su mirada.
Y durante unos segundos ninguno habló.
Porque ambos podían sentirlo.
Aquella tensión suave que llevaba semanas creciendo entre ellos.
Aquella cercanía.
Aquella necesidad constante de permanecer juntos.
Aquello que ya era imposible ignorar.
—Antes de conocerte…
La frase quedó suspendida entre ambos.
Valentina sintió el corazón acelerarse.
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Editado: 19.06.2026