Contrato de Apariencias

Capítulo 27

Valentina pasó los siguientes tres días con la carpeta de Laurent Hospitality Group dentro de su bolso.

No sobre la mesa de la cocina.

No en el cajón de su habitación.

No lejos de ella.

Dentro de su bolso.

Como si necesitara sentir su peso para convencerse de que aquella oferta era real.

Porque todavía le costaba creerlo.

A veces, mientras acomodaba tazas o tomaba una orden, abría discretamente el cierre del bolso y miraba la carpeta.

Seguía allí.

Seguía llevando su nombre.

Seguía ofreciéndole una oportunidad que jamás imaginó.

Y, sin embargo, seguía sin responder.

—Si sigues mirando esa carpeta cada cinco minutos, va a terminar pidiéndote matrimonio.

Valentina levantó la vista.

Camila estaba apoyada sobre la barra con los brazos cruzados y una sonrisa burlona.

—No la miro cada cinco minutos.

—Cada tres.

—Exagerada.

—No. Científica.

Valentina negó con la cabeza mientras limpiaba la máquina de café.

—Tengo miedo.

La sonrisa de Camila desapareció poco a poco.

Porque esa respuesta sí era sincera.

—¿De qué exactamente?

Valentina tardó unos segundos en contestar.

No porque no supiera la respuesta.

Sino porque, al decirla en voz alta, se volvería real.

—De descubrir que todos se equivocaron conmigo.

Camila frunció el ceño.

—¿Quiénes?

—Gabriel Laurent… Adrián… tú…

Bajó la mirada.

—Y yo misma.

El silencio se instaló entre las dos.

Camila conocía a Valentina desde hacía años.

Sabía que su amiga era trabajadora, responsable y capaz de resolver cualquier problema.

Pero también sabía algo más.

Valentina siempre había sido la primera en minimizar sus propios logros.

Si alguien la felicitaba, respondía que había tenido suerte.

Si hacía algo bien, encontraba una explicación para restarle mérito.

Nunca se atribuía el éxito.

Como si creer en ella misma fuera un acto de arrogancia.

—¿Sabes qué creo?

Valentina levantó la vista.

—¿Qué?

—Que llevas tanto tiempo sobreviviendo que nunca aprendiste a imaginar una vida mejor.

Aquellas palabras la dejaron pensativa.

Porque, por doloroso que resultara admitirlo…

Camila tenía razón.

Aquella tarde, Adrián llegó a la cafetería más tarde de lo habitual.

Venía sin chaqueta.

Con la corbata ligeramente aflojada.

Y con esa expresión de quien llevaba demasiadas reuniones para un solo día.

Sin embargo, bastó que sus ojos encontraran a Valentina para que toda la tensión desapareciera de su rostro.

Ella seguía sorprendiéndose de ese detalle.

Cada vez que la veía…

Sonreía.

Y aquello seguía pareciéndole un milagro.

—Hola.

—Hola.

No hacía falta decir mucho más.

Los dos habían aprendido a leer los silencios del otro.

—¿Mucho trabajo?

preguntó ella.

—Demasiado.

—¿Y aun así viniste?

Adrián la miró como si la respuesta fuera evidente.

—Claro.

Aquella sencilla palabra provocó que el corazón de Valentina se acelerara.

Porque ya no había contrato.

Ni obligación.

Ni apariencias.

Él simplemente quería verla.

Y seguía costándole acostumbrarse a eso.

Cuando terminó el turno, caminaron hasta el automóvil.

Durante varios minutos ninguno habló.

No porque hubiera incomodidad.

Sino porque ambos disfrutaban de aquella tranquilidad.

Finalmente fue Adrián quien rompió el silencio.

—Sigues pensando demasiado.

Valentina sonrió.

—¿Tan evidente es?

—Solo para alguien que ya te conoce.

Ella soltó una pequeña risa.

—¿Y desde cuándo me conoces tanto?

Adrián abrió la puerta del coche para ella.

—Desde el día en que intentaste convencerme de que un café mediocre podía mejorar un mal día.

Valentina lo miró divertida.

—Nunca dije mediocre.

—Lo pensaste.

—Eso tampoco puedes demostrarlo.

—Lo vi en tu cara.

Ella negó con la cabeza.

—Qué hombre tan insoportable.

—Y aun así aceptaste salir conmigo.

La frase salió tan natural que ambos quedaron en silencio.

Porque era la primera vez que alguno llamaba “salir” a lo que estaban viviendo.

Ya no era un acuerdo.

Ya no era un contrato.

Era una relación.

Una de verdad.

Cenaron en un pequeño restaurante italiano donde el dueño conocía a Adrián por su nombre.

Lo sorprendente fue descubrir que Adrián también conocía al cocinero.

Y al mesero.

Y hasta a la señora que preparaba los postres.

—Pensé que solo frecuentabas restaurantes donde había que reservar con un año de anticipación.

Adrián sonrió.

—Hay lugares donde uno va por el prestigio.

Hizo una pausa antes de continuar.

—Y hay lugares donde uno vuelve porque lo hacen sentir en casa.

Valentina sostuvo su mirada.

Últimamente esa palabra aparecía demasiado entre ellos.

Casa.

Hogar.

Como si ambos estuvieran buscándolo sin decirlo.

Cuando llegó el momento del postre, Adrián dejó la cuchara sobre la mesa.

—Gabriel me llamó hoy.

Valentina levantó la vista de inmediato.

—¿Qué?

—No para hablar de ti.

Se apresuró a aclarar.

—Tenemos un proyecto en común.

Ella respiró con alivio.

—¿Y…?

—Me dijo algo.

Valentina sintió un nudo en el estómago.

—¿Qué te dijo?

Adrián sonrió apenas.

—Que espera que no interfiera.

Ella frunció el ceño.

—¿Interferir en qué?

—En tu decisión.

Valentina permaneció en silencio.

—Dice que si aceptas, quiere que sea porque tú lo elegiste.

No porque seas mi pareja.

No porque alguien te abra una puerta.

Porque cree que eres la persona indicada.

Las palabras quedaron suspendidas entre ambos.

Y por alguna razón…




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