La alarma sonó a las seis de la mañana.
Por primera vez en muchos años, Valentina no la apagó para dormir cinco minutos más.
Se quedó mirando el techo.
Con los ojos abiertos.
El corazón latiendo demasiado deprisa.
Aquel no era un día cualquiera.
Era el día de la prueba en Laurent Hospitality Group.
El día en que descubriría si realmente estaba preparada para dar el paso más importante de su vida profesional.
Y, curiosamente, aquello la asustaba incluso más que el día en que aceptó acompañar a Adrián a su primer evento.
Porque entonces solo tenía que fingir pertenecer a un mundo distinto.
Hoy tendría que demostrar que podía ganarse un lugar en él.
Por mérito propio.
Su madre la encontró sentada frente a la mesa de la cocina, sosteniendo una taza de café entre las manos sin haber probado un solo sorbo.
—¿No vas a beberlo?
Valentina levantó la vista.
—Se me olvidó.
Su madre sonrió con ternura.
—Eso significa que estás nerviosa.
—Muchísimo.
La mujer se sentó frente a ella.
Durante unos segundos no dijo nada.
Simplemente la observó.
—¿Recuerdas cuando aprendiste a montar bicicleta?
Valentina soltó una pequeña risa.
—Me caí siete veces.
—Ocho.
—Mamá…
—Ocho.
Las dos sonrieron.
—¿Sabes qué hiciste después de la última caída?
Valentina negó con la cabeza.
—Volviste a subirte.
La sonrisa desapareció lentamente del rostro de su madre.
—Siempre has tenido miedo, hija.
Pero nunca has dejado que el miedo decida por ti.
No empieces ahora.
Aquellas palabras la acompañaron durante todo el camino.
A las ocho menos diez, Valentina llegó al edificio donde funcionaban las oficinas administrativas y el centro de formación de Laurent Hospitality Group.
El lugar impresionaba.
No por el lujo.
Sino por la organización.
Personas entrando y saliendo.
Equipos trabajando.
Recepcionistas atendiendo con una sonrisa impecable.
Todo parecía funcionar con una precisión casi perfecta.
Respiró hondo.
—Buenos días.
La recepcionista sonrió.
—¿Valentina Herrera?
Ella asintió.
—El señor Laurent la está esperando.
Solo escuchar aquellas palabras hizo que sintiera un nudo en el estómago.
Gabriel la recibió en una sala luminosa con enormes ventanales.
Vestía igual que el día que la conoció.
Elegante.
Pero sin pretensiones.
—Buenos días.
—Buenos días.
—¿Lista?
Valentina respondió con honestidad.
—No.
Gabriel soltó una carcajada.
—Excelente.
Ella parpadeó.
—¿Excelente?
—Las personas que llegan creyendo que ya lo saben todo suelen ser las que menos aprenden.
La invitó a caminar.
—Hoy no vienes como candidata.
Vienes como observadora.
Quiero que preguntes.
Que opines.
Que me contradigas si es necesario.
Valentina arqueó una ceja.
—¿Contradecir al dueño?
—Claro.
Si todo el mundo me diera la razón, mi empresa habría quebrado hace años.
Aquello consiguió relajarla un poco.
Solo un poco.
Mientras tanto…
Adrián intentaba concentrarse en una reunión que llevaba exactamente treinta y cinco minutos.
Intentaba.
Porque cada cinco minutos miraba el reloj.
Leonardo terminó cerrando la carpeta con un golpe seco.
—No estás aquí.
Adrián levantó la vista.
—Claro que sí.
—Acabas de aprobar un presupuesto equivocado.
Silencio.
Adrián volvió a mirar el documento.
Efectivamente.
Había firmado donde no debía.
Leonardo sonrió de lado.
—¿Cómo va el día de prueba?
Adrián suspiró.
—No lo sé.
—Porque no has dejado de pensar en ella desde que empezó la reunión.
Aquello era desesperadamente cierto.
No porque dudara de Valentina.
Todo lo contrario.
Sabía que brillaría.
Lo que le preocupaba era otra cosa.
Conocía esa sensación.
La de enfrentarte a una oportunidad tan grande que empiezas a preguntarte si realmente la mereces.
Y sabía que Valentina estaría luchando exactamente contra eso.
La mañana transcurrió entre reuniones, recorridos y conversaciones.
Gabriel no la trató como una invitada.
La trató como si ya formara parte del equipo.
Le presentó gerentes.
Supervisores.
Baristas.
Personal de cocina.
Y, para sorpresa de Valentina, todos parecían conocer su nombre.
—¿Ya les habló de mí?
preguntó en voz baja.
Gabriel sonrió.
—Solo les dije que hoy conocerían a alguien que sabe liderar sin darse cuenta.
Aquella frase volvió a dejarla sin palabras.
Poco antes del mediodía ocurrió algo inesperado.
Una de las encargadas recibió una llamada urgente.
Había un problema en la cafetería piloto que abrirían en dos semanas.
Un proveedor había entregado mercancía equivocada.
La inauguración estaba en riesgo.
El ambiente cambió de inmediato.
Varias personas comenzaron a hablar al mismo tiempo.
Gabriel observó la escena…
Y después miró a Valentina.
—¿Qué harías tú?
Ella abrió mucho los ojos.
—¿Yo?
—Sí.
Valentina sintió que todos la observaban.
Durante unos segundos quiso decir que no sabía.
Que nunca había manejado algo así.
Pero recordó la cafetería.
Las mañanas caóticas.
Las máquinas averiadas.
Los clientes molestos.
Respiró profundamente.
—Primero dejaría de intentar resolver diez problemas al mismo tiempo.
El salón quedó en silencio.
—¿Perdón?
preguntó uno de los supervisores.
—Si todos hablan a la vez, nadie escucha la solución.
Necesitamos saber exactamente qué falta, cuánto tiempo tenemos y qué alternativas existen antes de entrar en pánico.
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Editado: 10.07.2026