Contrato de Apariencias

Capitulo 30

Valentina permaneció inmóvil frente a la puerta de su apartamento.

El sobre seguía abierto entre sus manos.

La copia del contrato temblaba ligeramente.

No sabía si era por el aire acondicionado que escapaba del pasillo o porque sus propias manos habían comenzado a perder firmeza.

Volvió a leer aquella frase.

”¿Qué crees que pasará cuando todo el mundo descubra cómo empezó realmente esta historia?”

Por un instante sintió que el tiempo retrocedía.

La cafetería.

La primera propuesta.

Las reglas.

Las cláusulas.

Las firmas.

El dinero.

Todo aquello que creía enterrado reaparecía con una fuerza que le oprimía el pecho.

Habían construido algo verdadero.

Algo hermoso.

Pero el origen seguía existiendo.

Y el pasado, cuando decidía volver, rara vez lo hacía para pedir permiso.

Respiró profundamente antes de entrar al apartamento.

Su madre apareció desde la cocina.

—Llegaste tarde.

Valentina intentó sonreír.

—Había mucho trabajo.

Su madre la observó apenas unos segundos.

Los suficientes para comprender que algo no estaba bien.

—¿Qué pasó?

Valentina dudó.

Durante meses había intentado proteger a su familia de todo lo relacionado con Adrián.

Del contrato.

De la prensa.

De las críticas.

Pero aquella noche necesitaba dejar de cargar sola con el miedo.

Le entregó el sobre sin decir una palabra.

Su madre leyó lentamente el documento.

Después llegó a la frase escrita a mano.

Su expresión cambió.

—¿Quién hizo esto?

—No lo sé.

—¿Se lo enseñaste a Adrián?

Valentina negó con la cabeza.

—Todavía no.

—¿Por qué?

Ella bajó la mirada.

Porque la respuesta dolía.

—Porque tengo miedo de que vuelva a sentirse culpable.

Su madre dejó el contrato sobre la mesa y caminó hasta ella.

—Escúchame bien.

Tomó su rostro entre las manos.

—Lo que construyeron después de ese contrato es mucho más importante que el contrato mismo.

Valentina sintió que los ojos comenzaban a humedecerse.

—¿Y si el mundo no piensa igual?

Su madre sonrió con tristeza.

—El mundo siempre tendrá una opinión.

La pregunta es si ustedes van a permitir que decida por ustedes.

A la mañana siguiente, Adrián despertó con una extraña sensación de inquietud.

No sabía explicar por qué.

Simplemente sentía que algo estaba fuera de lugar.

Revisó el teléfono.

Ningún mensaje de Valentina.

Aquello sí era extraño.

Desde hacía varias semanas ambos intercambiaban al menos un “buenos días” antes de comenzar sus jornadas.

Hoy no había nada.

Escribió primero.

Buenos días. ¿Dormiste bien?

La respuesta no llegó.

Intentó concentrarse en el trabajo.

No pudo.

Una reunión.

Dos llamadas.

Tres firmas.

Y seguía mirando el teléfono cada pocos minutos.

Leonardo entró en la oficina con una carpeta bajo el brazo.

—¿Piensas mirar ese teléfono o también vas a trabajar hoy?

Adrián levantó la vista.

—Estoy trabajando.

Leonardo dejó la carpeta sobre el escritorio.

—No. Estás preocupado.

Silencio.

—¿Discutieron?

—No.

—Entonces algo pasó.

Adrián observó nuevamente la pantalla.

Seguía sin respuesta.

Y aquello comenzó a inquietarlo de verdad.

En la cafetería, Valentina intentaba actuar con normalidad.

Preparaba cafés.

Tomaba pedidos.

Sonreía a los clientes.

Pero cada vez que tenía un segundo libre, la imagen del contrato volvía a aparecer en su cabeza.

Camila llevaba observándola casi una hora.

Finalmente dejó la bandeja sobre la barra.

—Ya no aguanto más.

Valentina levantó la vista.

—¿Qué ocurre?

—Eso quiero preguntarte yo.

No has sonreído ni una sola vez desde que llegaste.

Valentina intentó restarle importancia.

—Estoy cansada.

—No.

Camila negó lentamente.

—Te conozco demasiado para creer esa respuesta.

Durante unos segundos, Valentina pensó en callar.

Pero recordó las palabras de su madre.

No podía seguir enfrentando todo sola.

Sacó el sobre del bolso y se lo entregó.

Camila leyó en silencio.

Cuando terminó, cerró los ojos un instante.

—Esto es grave.

—Lo sé.

—¿Quién tiene una copia del contrato?

Valentina empezó a hacer memoria.

Adrián.

Ella.

El abogado que lo redactó.

La asistente jurídica que preparó los documentos.

Y…

Se quedó completamente inmóvil.

—¿Qué pasa?

preguntó Camila.

Valentina levantó lentamente la cabeza.

—La empresa de Adrián.

Camila frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir?

—Hubo personas que manejaron ese contrato antes de que nosotros lo firmáramos.

No éramos los únicos.

Aquella posibilidad cambió por completo el panorama.

Ya no se trataba de una casualidad.

Alguien con acceso al documento estaba jugando con ellos.

A las dos de la tarde, la puerta de la cafetería volvió a abrirse.

Adrián apareció con el teléfono todavía en la mano.

Lo primero que hizo fue buscar a Valentina.

Cuando sus miradas se encontraron, comprendió inmediatamente que algo ocurría.

Ella sonrió.

Pero aquella sonrisa estaba vacía.

Él caminó hasta la barra.

—¿Podemos hablar?

Valentina asintió.

Cinco minutos después estaban en el pequeño almacén del local.

El mismo lugar donde meses atrás apenas podían mantener una conversación sin discutir.

Qué diferente parecía todo ahora.

—¿Qué pasó?

preguntó Adrián con suavidad.

Valentina no respondió.

Abrió el bolso.

Sacó el sobre.

Y se lo entregó.

Adrián comenzó a leer.

A medida que avanzaba, su expresión se endurecía.




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