Contrato de Apariencias

Capitulo 31

Las primeras horas del lunes transcurrieron con una normalidad engañosa.

La cafetería abrió a las siete de la mañana.

Los clientes habituales ocuparon sus mesas.

La máquina de espresso volvió a hacer el mismo ruido de siempre.

Camila discutía con un proveedor porque había entregado la leche equivocada.

Y, desde fuera, cualquiera habría pensado que era un día como cualquier otro.

Pero Valentina sabía que no.

Porque desde la noche anterior ya no lograba mirar la puerta sin preguntarse quién podría cruzarla.

Ni revisar el correo sin pensar que encontraría otro sobre.

Ni escuchar vibrar su teléfono sin que el corazón le diera un vuelco.

El miedo tenía esa extraña capacidad.

Convertía las cosas más simples en amenazas.

—Llevas cinco minutos mirando la puerta.

Valentina levantó la vista.

Camila sostenía una bandeja con dos capuchinos.

—No es verdad.

—Sí lo es.

Dejó las tazas sobre la barra.

—Y llevas tres cafés sin ponerles azúcar.

Ella suspiró.

—Lo intento.

—Lo sé.

Camila rodeó la barra y se apoyó junto a ella.

—Pero no puedes dejar que quien hizo esto ya empiece a ganar.

Valentina bajó la mirada.

—No sé cómo dejar de pensar en ello.

—Entonces piensa en otra cosa.

—¿Como qué?

Camila sonrió.

—Como en el hombre ridículamente enamorado que seguramente está volviendo loco a medio departamento jurídico.

Aquello consiguió arrancarle una pequeña sonrisa.

Y, curiosamente, Camila tenía razón.

En ese mismo instante, Adrián estaba sentado en la sala de juntas del departamento legal del Grupo Beaumont.

Frente a él había cuatro personas.

El director jurídico.

La responsable de cumplimiento.

El jefe de seguridad informática.

Y la asistente que meses atrás había preparado la documentación del contrato.

Sobre la mesa descansaba una copia del mismo.

El ambiente era tenso.

Nadie hablaba.

Hasta que Adrián rompió el silencio.

—Quiero saber exactamente cuántas personas tuvieron acceso a este documento.

El director jurídico abrió una carpeta.

—De manera directa, cinco.

Adrián levantó la vista.

—Nombres.

El hombre comenzó a leer.

El abogado que redactó el contrato.

La asistente jurídica.

Un archivista.

El director legal.

Y él mismo.

—¿Existe alguna copia física fuera del archivo?

—No debería existir.

Aquella respuesta no tranquilizó a Adrián.

Todo lo contrario.

Porque si alguien tenía una copia…

Alguien la había sacado deliberadamente.

Y eso significaba que aquello llevaba tiempo preparándose.

Mucho tiempo.

—¿Crees que esto tiene relación con la prensa?

preguntó el jefe de seguridad.

Adrián permaneció unos segundos en silencio.

Pensó en Isabella.

Pensó en el mensaje anónimo.

Pensó en las fotografías.

Y, finalmente, negó con la cabeza.

—No.

Todos lo observaron.

—Quien está haciendo esto no busca dinero.

Ni publicidad.

Busca destruir algo.

Y eso es mucho más peligroso.

A media mañana, el teléfono de Valentina sonó.

Número desconocido.

Durante un segundo dudó en responder.

Después recordó que no podía vivir con miedo.

Contestó.

—¿Hola?

—Buenos días, Valentina.

Reconoció inmediatamente la voz.

—Señor Laurent.

—¿Interrumpo?

—No, dígame.

Gabriel sonó tan tranquilo como siempre.

—Quería agradecerte el tiempo que compartiste con mi equipo.

Ella sonrió sin darse cuenta.

—Gracias a usted por la oportunidad.

Hubo un breve silencio.

Después llegó la frase que cambiaría su semana.

—Nos gustaría ofrecerte oficialmente el puesto.

Valentina dejó de respirar.

Todo el ruido de la cafetería desapareció.

Solo escuchaba su propia respiración.

Y la voz de Gabriel.

—No espero una respuesta inmediata.

Quiero que lo pienses.

Pero la oferta es tuya.

Cuando terminó la llamada permaneció inmóvil.

Con el teléfono todavía pegado al oído.

Camila se acercó.

—¿Qué pasó?

Valentina la miró lentamente.

Y una lágrima escapó antes de que pudiera detenerla.

—Me eligieron.

Camila abrió mucho los ojos.

—¿En serio?

Ella asintió.

—El puesto es mío… si lo acepto.

La siguiente reacción fue exactamente la que cualquiera habría esperado de Camila.

La abrazó con tanta fuerza que casi la dejó sin aire.

—¡Sabía que lo lograrías!

Valentina rio entre lágrimas.

Pero, incluso en medio de aquella alegría, una pregunta seguía golpeando su cabeza.

¿Y ahora qué?

Aquella tarde, Adrián llegó antes del cierre.

Cuando vio la expresión de Valentina, pensó lo peor.

Caminó rápidamente hasta ella.

—¿Qué pasó?

Ella no respondió de inmediato.

Sacó una carpeta de debajo de la barra.

Y se la entregó.

Adrián leyó la primera página.

Después la segunda.

Y una sonrisa comenzó a aparecer lentamente.

No era una sonrisa de alivio.

Era de orgullo.

Profundo.

Sincero.

Levantó la vista.

—Lo lograste.

Valentina negó suavemente.

—Todavía no.

—No.

La corrigió con dulzura.

—Lo lograste el día que un hombre decidió observar cómo tratabas a las personas y descubrió que eras capaz de liderarlas.

Hoy solo te lo confirmaron.

Aquellas palabras la emocionaron más que la propia oferta.

Porque no hablaban del puesto.

Hablaban de ella.

Salieron a caminar después del trabajo.

Necesitaban aire.

Y, sobre todo, un lugar donde hablar sin interrupciones.

El parque estaba casi vacío.

Las luces comenzaban a encenderse.

Valentina rompió el silencio.

—Tengo miedo de aceptar.




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