Contrato de Apariencias

Capítulo 33

Valentina descubrió que cambiar de vida no ocurría de golpe.

No había música de fondo.

No aparecía una nueva versión de ti frente al espejo.

No despertabas una mañana sintiéndote más segura, más valiente o más preparada.

Todo seguía pareciendo exactamente igual.

La misma habitación.

La misma alarma.

La misma mujer frente al espejo.

Y, sin embargo…

Nada era igual.

Porque aquella mañana, por primera vez en años, Valentina no se preparó para ir a la cafetería.

Se preparó para ir a trabajar como gerente.

Su gerente.

Dios.

Todavía sonaba extraño.

Permaneció varios segundos frente al armario, mirando tres conjuntos diferentes sobre la cama.

Había cambiado de ropa cuatro veces.

Tal vez cinco.

Ya había perdido la cuenta.

—El azul.

La voz de su madre apareció desde la puerta.

Valentina giró.

—¿El azul?

—Sí.

—¿Por qué?

Su madre se encogió de hombros.

—Porque llevas veinte minutos mirando el negro como si fuera a entrevistarte.

Valentina soltó una risa.

—Quiero verme profesional.

—Puedes verte profesional sin disfrazarte de alguien que no eres.

Aquello la hizo detenerse.

Porque precisamente eso era lo que llevaba intentando hacer desde que despertó.

Parecer gerente.

Vestirse como gerente.

Caminar como gerente.

Hablar como gerente.

Como si el puesto hubiera llegado acompañado de instrucciones para convertirse en otra persona.

Su madre entró en la habitación y tomó la blusa azul.

—Esta.

—¿Estás segura?

—Completamente.

Después señaló el pantalón beige que descansaba sobre una silla.

—Con ese.

Valentina sonrió.

—¿Desde cuándo eres asesora de imagen?

—Desde que mi hija empezó a necesitar veinte minutos para elegir una blusa.

Las dos rieron.

Y aquella pequeña normalidad consiguió aliviar parte de los nervios.

Cuando salió del edificio, Adrián estaba esperándola.

Valentina se detuvo.

No porque fuera extraño verlo.

Últimamente aparecía tanto que los vecinos ya habían dejado de mirar el automóvil con curiosidad.

Se detuvo porque llevaba dos vasos de café en las manos.

Adrián Beaumont.

El hombre que meses atrás probablemente habría enviado a alguien a comprar café por él.

Estaba apoyado contra su automóvil sosteniendo dos vasos de cartón.

Valentina caminó hacia él intentando contener la sonrisa.

—¿Qué haces aquí?

Adrián le entregó uno de los vasos.

—Soborno.

Ella levantó una ceja.

—¿Para qué?

—Para que me permitas llevarte en tu primer día.

Valentina recibió el café.

—Podías haber preguntado.

—Eso habría reducido mis posibilidades.

—Manipulador.

—Estratega.

Ella negó con la cabeza.

—No voy a discutir contigo a las siete de la mañana.

—Entonces ya gané.

Valentina bebió un sorbo.

Se quedó quieta.

Volvió a mirar el vaso.

Después a Adrián.

—¿Qué?

preguntó él.

—Está horrible.

Adrián la miró ofendido.

—Lo compré en un lugar excelente.

—Pues exige un reembolso.

—Valentina…

Ella comenzó a reír.

Y él terminó riéndose también.

Era absurdo.

Completamente.

Pero mientras caminaban hacia el automóvil, Valentina pensó que quizá aquella era la versión de Adrián que más le gustaba.

No el empresario.

No el hombre impecable de los eventos.

No el Beaumont que aparecía en las revistas.

Ese.

El hombre que compraba café malo a las siete de la mañana porque quería acompañarla en su primer día.

—Estoy nerviosa.

Lo confesó cuando faltaban pocos minutos para llegar.

Adrián apartó brevemente la vista de la carretera.

—Lo sé.

—¿Tan evidente?

—Has abierto y cerrado el bolso ocho veces.

Valentina miró sus manos.

Tenía razón.

—¿Y si hoy descubren que cometieron un error?

Adrián suspiró.

—¿Volvemos a esto?

—Solo un poquito.

—Valentina.

Había algo en la manera en que pronunciaba su nombre cuando quería que lo escuchara de verdad.

Ella giró hacia él.

—No tienes que demostrar hoy que mereces el puesto.

Ya te lo dieron.

—Pero…

—Hoy solo tienes que empezar.

Aquello parecía demasiado sencillo.

Y quizá por eso era exactamente lo que necesitaba escuchar.

Adrián estacionó frente al edificio.

Valentina tomó su bolso.

Pero antes de abrir la puerta, él sostuvo suavemente su mano.

—Una cosa más.

Ella lo miró.

—¿Qué?

—No intentes convertirte en la mujer que crees que ellos contrataron.

Sé la mujer que hizo que te contrataran.

El corazón de Valentina se apretó.

—¿Siempre tienes una frase preparada?

—No.

Sonrió.

—Solo cuando estás a punto de salir corriendo.

—No iba a salir corriendo.

—Claro.

—Adrián.

Él rio.

Valentina se inclinó y besó suavemente su mejilla.

—Gracias.

—¿Por el café?

Ella abrió la puerta.

—Definitivamente no.

Adrián la observó entrar al edificio.

No arrancó inmediatamente.

Permaneció allí unos segundos.

Mirando las puertas por donde acababa de desaparecer.

Y sintió algo extraño.

Orgullo.

Pero también una pequeña inquietud.

No porque temiera perderla.

Eso había dejado de preocuparle.

Era otra cosa.

Valentina estaba comenzando una etapa nueva.

Una vida donde él no había creado las oportunidades.

Donde no podía controlar los resultados.

Y sorprendentemente…

Le gustaba.

Le gustaba verla avanzar sin necesitarlo.

Porque finalmente entendía algo que durante años confundió.

Amar a alguien no significaba volverte indispensable.

Significaba poder estar a su lado incluso cuando esa persona podía caminar perfectamente sin ti.




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