Contrato de Apariencias

Capitulo 34

El silencio duró exactamente tres segundos.

Tres segundos en los que Valentina sintió que el mundo dejaba de girar.

Después…

Todo explotó.

—¡Señorita Herrera!

—¡Valentina, mírenos por favor!

—¿Es cierto que firmó un contrato para fingir ser la novia de Adrián Beaumont?

—¿Cuánto dinero recibió?

—¿Cuándo dejó de ser un negocio para convertirse en una relación?

—¿Todo fue una estrategia publicitaria?

Las voces se mezclaban unas con otras.

Micrófonos.

Cámaras.

Teléfonos móviles transmitiendo en directo.

Luces apuntándole al rostro.

Valentina permanecía inmóvil en el vestíbulo del edificio de Laurent Hospitality Group.

Apenas unos minutos antes había terminado una reunión con el equipo.

Habían estado hablando de proveedores, de capacitación, de la apertura de la nueva cafetería.

Ahora…

Todo aquello parecía pertenecer a otra vida.

El guardia de seguridad cerró rápidamente las puertas automáticas.

Los periodistas quedaron al otro lado del cristal.

Pero seguían allí.

Golpeando la puerta.

Llamándola por su nombre.

Tomando fotografías.

Como si ella fuera un espectáculo.

Como si su dolor les perteneciera.

Valentina sintió que el aire comenzaba a faltarle.

No era la primera vez que veía periodistas.

Había asistido a eventos con Adrián.

Había posado para fotografías.

Había sonreído frente a cámaras.

Pero aquello era completamente distinto.

Antes la observaban con curiosidad.

Ahora la miraban con desconfianza.

Con juicio.

Con una mezcla de morbo y desprecio.

Una joven recepcionista se acercó con cautela.

—¿Se encuentra bien?

Valentina intentó responder.

No pudo.

Su garganta estaba completamente cerrada.

A varios kilómetros de allí, el teléfono de Adrián seguía apoyado sobre el escritorio.

La llamada con Valentina había terminado hacía menos de un minuto.

Él ya no escuchaba la voz de Elena.

Ni las explicaciones.

Ni siquiera recordaba que ella seguía de pie frente a él.

Solo podía pensar en una frase.

“Hay periodistas afuera.”

Tomó las llaves del automóvil.

—Señor Beaumont…

La voz de Elena sonó temblorosa.

Adrián se detuvo.

No porque quisiera escucharla.

Porque necesitaba hacerlo.

Ahora todo estaba conectado.

El contrato.

La filtración.

Las fotografías.

Los periodistas.

Se giró lentamente.

—Una última oportunidad.

Elena bajó la cabeza.

Las lágrimas comenzaron a llenar sus ojos.

—No imaginé que llegaría tan lejos.

Aquello hizo que Adrián frunciera el ceño.

—¿Qué significa eso?

—Pensé que solo querían que usted terminara esa relación.

Silencio.

—¿Quiénes?

Ella cerró los ojos con fuerza.

Como si pronunciar aquel nombre fuera mucho más difícil que guardar el secreto.

—No puedo decirlo aquí.

Adrián sintió cómo la paciencia comenzaba a agotarse.

—Elena…

Ella levantó la vista.

Y por primera vez desde que trabajaban juntos, no parecía su eficiente asistente.

Parecía una mujer completamente aterrorizada.

—Si lo hago… destruirán a mi familia.

Aquellas palabras hicieron que Adrián comprendiera algo.

Elena no era quien movía los hilos.

También estaba siendo utilizada.

Pero en ese momento había una prioridad mucho mayor.

Valentina.

Salió de la oficina sin decir una palabra más.

—No podemos dejarla salir.

Gabriel Laurent observaba el caos desde el ventanal de su despacho.

Cada minuto llegaban más periodistas.

Más cámaras.

Más curiosos.

La noticia había comenzado a difundirse por redes sociales.

Los titulares aparecían uno detrás de otro.

“EL CONTRATO MILLONARIO DETRÁS DEL ROMANCE DEL AÑO.”

“LA MUJER QUE CONQUISTÓ A ADRIÁN BEAUMONT COBRÓ POR HACERLO.”

”¿AMOR O NEGOCIO?”

Gabriel dejó el teléfono sobre el escritorio.

Estaba molesto.

Muy molesto.

No por la prensa.

Por la injusticia.

Porque conocía a Valentina.

Había visto cómo trabajaba.

Cómo lideraba.

Cómo cuidaba de su equipo.

Y ahora, en cuestión de minutos, el esfuerzo de años estaba siendo reducido a una sola palabra.

Interesada.

Golpeó suavemente la mesa con los nudillos.

—Que preparen la sala de conferencias.

Su asistente levantó la vista.

—¿Va a dar una declaración?

Gabriel asintió.

—Sí.

Y esta vez no hablaré como empresario.

Hablaré como el hombre que decidió contratar a Valentina Herrera.

Mientras tanto, en la redacción de la revista Élite, Santiago Llorente observaba incrédulo la pantalla de su computadora.

No podía creer lo que estaba viendo.

La noticia ya era tendencia.

Pero no la había publicado Élite.

La había publicado un portal digital de escasa credibilidad.

Con documentos incompletos.

Sin contexto.

Sin verificar.

Exactamente como alguien que no quería informar.

Sino provocar un incendio.

Marina apareció detrás de él.

—¿Qué ocurre?

Santiago señaló la pantalla.

—Nos ganaron.

Ella sonrió apenas.

—Eso pasa.

—No.

Él negó lentamente.

—No nos ganaron.

Nos utilizaron.

Marina frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir?

Santiago abrió la carpeta anónima.

Comparó los documentos.

Después volvió al artículo.

Había páginas que él nunca recibió.

Cláusulas eliminadas.

Fechas modificadas.

Fotografías seleccionadas cuidadosamente.

Todo estaba diseñado para contar una sola versión de la historia.

Y esa versión convertía a Valentina en la villana perfecta.




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