Contrato de Apariencias

Capítulo 35

—Lo que me destruye es verte creer que tienes la culpa.

Valentina permaneció inmóvil.

Las palabras de Adrián atravesaron todo el ruido que llevaba horas acumulándose dentro de ella.

Por primera vez desde que había visto aquel titular, dejó de escuchar las voces de los periodistas.

Dejó de pensar en los comentarios.

Dejó de imaginar lo que dirían sus compañeros.

Solo estaba él.

Adrián, arrodillado frente a ella, sosteniéndole las manos como si fueran algo frágil.

—Pero el contrato existe —susurró ella.

—Sí.

—Y yo lo firmé.

—Sí.

—Entonces tienen razón.

Adrián negó lentamente.

—No.

Valentina apartó la mirada.

—¿Cómo puedes decir que no?

—Porque una verdad incompleta también puede convertirse en una mentira.

Ella lo observó.

—El contrato existe. Eso es verdad.

—También es verdad que tú no llegaste a mi vida para conseguir dinero.

—Pero eso no es lo que ellos ven.

—Entonces tendremos que mostrarles quién eres.

Valentina soltó una risa amarga.

—¿Y cómo?

Adrián se quedó callado.

Porque esa era precisamente la pregunta.

Durante toda su vida había aprendido a solucionar problemas.

Una empresa en crisis podía resolverse con estrategia.

Una adquisición complicada, con abogados.

Una demanda, con recursos.

Una crisis financiera, con dinero.

Pero aquello era diferente.

No podía comprar la opinión pública.

No podía obligar a millones de personas a creer en ellos.

Y, sobre todo, no podía proteger a Valentina de cada palabra cruel que alguien decidiera escribir.

Ella retiró lentamente las manos.

—Necesito estar sola.

Adrián no insistió.

—Está bien.

Se levantó.

Valentina lo miró sorprendida.

—¿No vas a decirme que no?

—No.

—¿Por qué?

—Porque si quieres estar sola, voy a respetarlo.

Ella tragó saliva.

—Gracias.

Adrián caminó hacia la puerta.

Antes de salir, se detuvo.

—Pero no confundas estar sola con estar abandonada.

Valentina cerró los ojos.

La puerta se cerró.

Y solo entonces permitió que las lágrimas cayeran.

Afuera, la situación había empeorado.

El número de periodistas se había multiplicado.

Algunos habían conseguido entrar al vestíbulo.

Otros esperaban en la acera.

Los teléfonos transmitían imágenes en directo.

Las redes sociales ardían.

Adrián salió acompañado por dos miembros de seguridad.

—¡Señor Beaumont!

—¡Una declaración!

—¿Cuánto dinero recibió Valentina?

—¿El contrato sigue vigente?

—¿La relación continúa siendo una farsa?

Adrián caminó sin detenerse.

Hasta que una pregunta consiguió hacerlo frenar.

—¿Se arrepiente de haberla utilizado?

El silencio cayó durante un instante.

Adrián giró lentamente.

Miró al periodista.

—Yo no utilicé a Valentina.

—Pero existe un contrato.

—Sí.

—Entonces…

Adrián lo interrumpió.

—Un contrato explica cómo comenzó una relación.

No explica cómo terminó convirtiéndose en amor.

Los flashes explotaron.

La frase quedó suspendida en el aire.

Adrián continuó:

—Y si quieren saber qué ocurrió después, tendrán que preguntarnos a nosotros.

Se giró y siguió caminando.

En el interior del edificio, Gabriel acababa de entrar a la sala de conferencias.

Los ejecutivos estaban sentados alrededor de la mesa.

Todos hablaban al mismo tiempo.

—Tenemos que suspender la rueda de prensa.

—No podemos exponernos.

—Los inversores están preguntando.

—Hay que desvincular a Valentina inmediatamente.

Gabriel levantó una mano.

El ruido desapareció.

—¿Alguien me puede explicar qué hizo exactamente Valentina para que consideremos despedirla?

Nadie respondió.

—¿Robó?

Silencio.

—¿Estafó?

Nadie habló.

—¿Manipuló las cuentas?

Nada.

Gabriel apoyó ambas manos sobre la mesa.

—Entonces dejen de hablar como si hubiera cometido un delito.

Uno de los directivos carraspeó.

—Gabriel, esto afecta nuestra imagen.

—Nuestra imagen no se construye despidiendo a una empleada competente porque una revista publicó un contrato personal.

—Pero es la novia de Beaumont.

Gabriel lo miró fijamente.

—No.

La corrección fue inmediata.

—Es nuestra gerente.

Y fue contratada por su capacidad.

No por su relación.

A cientos de kilómetros de allí, Santiago seguía frente a la pantalla.

Tenía abiertas siete ventanas.

Documentos.

Fotografías.

Registros.

Fechas.

Contratos.

Todo parecía formar un rompecabezas.

Pero faltaba una pieza.

La más importante.

El origen.

¿Quién había entregado la información?

Santiago abrió nuevamente el correo anónimo.

No había dirección identificable.

Solo un servidor intermediario.

Profesional.

Demasiado profesional.

—Esto no lo hizo una persona impulsiva.

Marina apareció detrás de él.

—¿Qué encontraste?

—La filtración fue preparada.

—¿Por cuánto tiempo?

—Meses.

Marina cruzó los brazos.

—¿Y qué significa?

Santiago abrió una fotografía.

Era una imagen de Adrián y Valentina en una cena.

La fecha estaba registrada.

—Que alguien no quiere destruir una relación.

Marina frunció el ceño.

—¿Entonces qué quiere?

Santiago la miró.

—Quiere destruir a Valentina.

Aquella noche, Valentina llegó a casa de su madre.

No quería ir al apartamento.

No quería quedarse sola.

Su madre abrió la puerta antes de que pudiera tocar.

La abrazó.

Y Valentina se quebró.

No dijo nada.

Solo lloró.

Como una niña.

Su madre no hizo preguntas.




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