Contrato de Sangre

Capítulo 1

El ejecutivo senior estaba sentado tras su inmenso escritorio de diseño minimalista, revisando la correspondencia del día en la tablet. Las gafas de lectura, que solo usaba para los informes largos, reposaban sobre su tabique nasal mientras repasaba el correo electrónico que acababa de provocarle aquella exclamación silenciosa.

El señor Westall, un asistente alto y delgado al que su sastre parecía haber estilizado en exceso —como una figura alargada de Zuloaga—, fingió concentrarse en la pantalla de su ordenador, pero su mente seguía fija en el CEO. ¿Era aquella reacción una muestra de conmoción? ¿O tal vez de rabia? No; parecía puro asombro. El joven esperaba con impaciencia que Don Gonzalo requiriera sus servicios para enterarse del motivo de semejante revuelo, pero iba a quedarse con las ganas.

El máximo directivo de la compañía apartó la vista de la pantalla y se acercó a uno de los grandes ventanales de cristal tintado que daban a los jardines de la exclusiva sede de la corporación en las afueras de Madrid, una finca histórica comprada por la familia hacía generaciones. Apenas una década atrás, para conmemorar el cambio de milenio, se habían rediseñado los extensos terrenos según las últimas tendencias paisajísticas corporativas. Pocos años antes, con motivo de la mayoría de edad del heredero del imperio empresarial, Lucio Valdés, se había ampliado el lago artificial, coronándolo con un templete moderno desde el que se lanzaron fuegos artificiales para celebrar su nombramiento como vicepresidente. Todo era imponente, pero a Don Gonzalo le resultaba tan cotidiano que ya ni se molestaba en mirarlo.

Su postura delataba poco. Mantenía el cuerpo tenso y recto, disimulando con soltura sus más de cincuenta años. Sus facciones duras no revelaban ningún secreto, algo habitual en él. Para su asistente, Don Gonzalo era un hombre completamente hermético.

A medida que el silencio se prolongaba, la inquietud del señor Westall fue en aumento. Si un cataclismo financiero o judicial afectaba al holding de los Valdés, ¿caería él arrastrado por la misma tormenta?

Pero era un pensamiento absurdo. La familia controlaba uno de los conglomerados empresariales más ricos del país, y Westall sabía mejor que nadie que su jefe no era dado a inversiones imprudentes ni a especulaciones de riesgo en bolsa. Tampoco lo era su círculo directivo más cercano.

¿Y su hijo?

El señor Westall sentía una profunda antipatía por Lucio Valdés, el joven heredero y directivo de la división internacional, un hombre de vida acomodada y nocturna que parecía no temerle a nada ni a nadie. En sus escasas visitas a la sede central, Lucio ignoraba por completo la presencia de Westall y trataba a su padre con una formalidad tan fría que rozaba el desprecio. El secretario reflexionaba a menudo sobre la extraña incapacidad de los grandes empresarios y sus herederos para llevarse bien. Tal vez ocurría porque el heredero tenía que esperar a que el patriarca se jubilara para empezar a mandar de verdad, y el padre era demasiado consciente de esa cuenta atrás.

Por una vez, al señor Westall le reconfortaba poder seguir concentrado en sus propias tareas y mantenerse al margen.

Pero, por otro lado, pensó, mirando los rasgos fríos del CEO, tenía que ser duro sentir aprecio por un hombre que no da muestras de afecto en absoluto. El joven directivo sí era cariñoso con su madre, una mujer de carácter muy dulce. Se llevaban muy bien. Aunque era bien sabido que las mujeres se le daban estupendamente a Lucio.

El patriarca se volvió por fin.

—Señor Westall, tenga la bondad de avisar a la señora para solicitarle unos momentos de su tiempo.

El asistente fue incapaz de encontrar indicio alguno en su rostro o voz. No obstante, estaba claro que no era así. Para él, visitar a su esposa a esa hora era una variación dramática en su rutina. Ese misterioso mensaje tendría que ver con su hijo.

Lo más probable era que el apuesto heredero se hubiera arruinado en una de sus inversiones locas y entonces ¿cómo acabarían todos? El miembro de la junta más próximo era un primo lejano. La familia Valdés había transmitido el control de la empresa de padres a hijos durante generaciones sin interrupción. El joven no supondría una pérdida, pero el final de un legado así sería lamentable.

Cuando el asistente regresó para decir que la señora estaba disponible cuando le fuera bien a Don Gonzalo y este salió para transmitir las tristes noticias a su esposa, el señor Westall ya estaba inspeccionando su bandeja de entrada en busca de una gran cantidad de mensajes de pésame.

...

Cuando el CEO entró en la oficina de su esposa, el asistente personal que le dio paso desapareció con discreción. Ella estaba sentada con una tablet en la mano, junto a la luz de los amplios ventanales que daban a la terraza. El aire de febrero aún era demasiado frío como para abrir las puertas, pero la luminosa luz que entraba a raudales creaba la ilusión de una estación posterior y las plantas ornamentales decoraban el ambiente.

El directivo admiraba el hecho de que, a diferencia de tanta gente de su edad, su esposa no evitara la luz, y reconoció que no le hacía falta. Su rostro anunciaba sus cincuenta y dos años y todas las sonrisas y lágrimas que habían contenido, pero sin desmerecer su belleza. Las canas apagaban progresivamente sus brillantes rizos dorados, pero sus ojos conservaban el mismo azul claro y sus labios su tierna curva. Se vio devuelto a la primera vez que la vio, sentada en los jardines de la propiedad familiar en el sur de Francia…

—Buenos días, Gonzalo —saludó ella con su suave voz, que aún conservaba un deje del francés que había sido su lengua en la infancia—. ¿Querías hablar conmigo?

Su expresión, como siempre, era de amable cortesía.

El CEO se preguntó si habría alguna posibilidad de que este milagro pudiera solventar las cosas, pero luego apartó esos pensamientos anhelantes y se adelantó para entregarle el dispositivo con el correo.




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