Contrato de Sangre

Capítulo 2

La noche atrapó a Lucio Valdés, vicepresidente del holding, conduciendo como un alma que lleva el diablo al volante de su deportivo a través de las oscuras y colapsadas calles de Madrid empapadas por una tormenta de febrero. Conducía un coche prestado y sólo unos reflejos y una destreza extraordinarias lograban controlar el potente vehículo sobre aquel asfalto resbaladizo. Cuando le maldecían los asustados conductores de VTC y taxis, él se reía y su dentadura blanca relucía con la luz de los neones. Y en cuanto un repartidor en moto le gritó desde su carril «¡Maldito niñato!» y le dedicó una seña ostentosa, Lucio le devolvió una sonrisa cínica antes de perderse a toda velocidad por la siguiente rotonda.

Frenó de golpe ante un conocido teatro de la Gran Vía y llamó a un chaval que merodeaba por la entrada buscando aparcacoches ilegales.

—Vigila el coche y habrá cincuenta euros para ti —gritó mientras se bajaba de un salto y corría hacia la puerta de actores. Las entradas principales ya se habían cerrado hacía horas.

El chico, con la sudadera empapada, agarró el retrovisor del deportivo como si fuera su única tabla de salvación, y tal vez lo fuera.

Los golpes del directivo en la puerta metálica, ejecutados con la hebilla de un maletín olvidado en el asiento trasero, hicieron salir al vigilante nocturno, con cara de pocos amigos.

—¿Qué demonios quiere? —ladró a través de la pequeña ventanilla.

El joven levantó un billete crujiente y la puerta se abrió de inmediato.

El hombre agarró el dinero.

—Todo el mundo se ha marchado ya —dijo—. Si busca a la actriz principal, se ha ido con un productor de televisión.

Al oír la risa del recién llegado, el vigilante parpadeó y acercó la linterna. A pesar de que el característico pelo rubio del heredero estaba pegado a la frente por la lluvia, su identidad era inconfundible.

—Perdone, don Lucio. No la tomé con usted.

—Sin problema —dijo el joven con aire despreocupado mientras se adentraba en el edificio—. La estrella de la función se ha dejado su pañuelo favorito en el camerino. Vengo como su humilde sirviente a rescatarlo.

Tras decir eso, desapareció a toda velocidad por el lúgubre pasillo. El vigilante sacudió la cabeza.

—Ricos. Están todos zumbados.

Comprobó que el billete fuera auténtico por puro hábito, aunque sabía de sobra que un Valdés no se manchaba con falsificaciones.

Al cabo de unos minutos, el joven regresó corriendo con agilidad por el pasillo y volvió a salir a la lluvia, que sin duda estaba estropeando un traje de firma de más de dos mil euros. Abrió la puerta del deportivo y sacó otro billete. Luego vaciló al mirar al chaval.

—Me sorprendería que tuvieras más de quince años —dijo pensativo—. Vas a tener problemas para cambiar esto.

El muchacho miraba el dinero con los ojos abiertos de par en par. Lucio torció el gesto.

—No te preocupes, no voy a timarte. ¿Qué te parecería dar una vuelta conmigo? Así te compenso de verdad.

El chico retrocedió un paso.

—¿En este trasto, jefe?

—Claro que en el coche —dijo el directivo abriendo la puerta del copiloto—. ¿Te subes o qué?

El muchacho vaciló, y el joven añadió con impaciencia:

—Decídete de una vez.

El chico se metió a toda prisa en el asiento de cuero mientras Lucio volvía a pisar el acelerador. Las calles estaban un poco más despejadas una vez terminada la función, pero aún había tráfico suficiente para que el trayecto fuera caótico, provocando exclamaciones de tensión por parte del improvisado copiloto: «¡Madre mía!», «¡Cuidado con esa rotonda!» y, cuando un todoterreno invadió su carril por los nervios, «¡Imbécil!».

El potente motor rugió y frenó bruscamente ante un lujoso edificio residencial en una exclusiva plaza del barrio de Salamanca, muy lejos del circuito nocturno habitual del chico. El heredero bajó de golpe y gritó:

—¡Quédate dentro y no toques nada! —ordenó, al tiempo que subía los amplios escalones de mármol a toda velocidad.

Justo cuando el reloj de un smartphone cercano marcaba la medianoche, las pesadas puertas automáticas se abrieron, dejando escapar una luz deslumbrante sobre el descansillo. Una figura envuelta en un elegante albornoz de seda y zapatillas caras se lanzó a sus brazos gritando:

—¡Lo has conseguido! ¡Sabía que lo harías!

El joven la levantó en el aire entre risas mientras ella protestaba por lo empapado que venía.

El chico oyó al directivo entrar a carcajadas en el portal mientras decía: —Al diablo con la ropa. Te prefiero sin nada. ¿Dónde está el resto del equipo?

Las puertas se cerraron, bloqueando la luz.

El muchacho, que respondía al apodo de Sparra, se estremeció con el aire acondicionado del habitáculo.

—Otra vez me han metido en un lío —masculló—. Atrapado en un coche de cien mil pavos que ni es mozo de cuadra ni nada.

Al cabo de un rato, viendo que nadie volvía y temiendo que el dueño se ausentara demasiado, el chaval decidió salir. Al abrir la puerta con torpeza, tropezó y cayó de rodillas en un charco junto a la acera. El coche de lujo emitió un leve pitido de cierre automático.

—Menuda gracia —dijo entre dientes mientras se quitaba el barro de la ropa—. Seguro que ni se acuerdan de que estoy aquí. No debería haber confiado en este pijo.

Se disponía a buscar una parada de metro cercana cuando unos dedos firmes y pesados lo agarraron del cuello de la sudadera, girándolo de golpe frente a un hombre corpulento con traje oscuro y expresión amenazante.

—¿Qué estás haciendo junto al coche del señorito, sabandija?

—Yo… yo solo…

Sparra estaba aterrorizado, sin poder apenas respirar mientras intentaba zafarse de aquella mano que parecía de acero.

—Ya te enseñaré yo a merodear por propiedades privadas, niñato miserable —ladró el hombre.

—¡Ay! ¡Por favor, déjeme…! ¡Aah!

El golpe resonó seco en la noche. Una voz fría interrumpió desde lo alto de los escalones:




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