A la mañana siguiente, el joven directivo se despertó con un persistente sentimiento de resignación. La visita imprevista de su padre no auguraba nada bueno. Sentía una enorme admiración por él, pero cada vez que coincidían saltaban chispas. Qué mala suerte que Don Gonzalo hubiera aparecido durante su llegada. Recordó lo ocurrido y pensó en el chico.
—Hugo ¿cómo está ese muchacho? —preguntó mientras ajustaba los últimos detalles de su atuendo.
—Parece contento con su situación, señor —respondió el asistente—. Sería cruel devolverlo a su vida anterior.
—Ya veré qué hago con él.
Minutos después, con impecable traje, se presentó en el despacho privado de Don Gonzalo. El patriarca estaba sentado junto al ventanal.
—Buenos días, —dijo el joven, intentando leer el rostro de su padre. No se atrevió a tomar asiento.
Don Gonzalo lo miró de arriba abajo con severidad.
n —Vas a explicarme, por favor, qué sucedía anoche cuando llegué, Lucio.
El joven resumió brevemente su salida nocturna.
—¿Es esa actriz tu pareja formal?
—Sí.
—No la vuelvas a traer a esta propiedad, ni a ella ni a nadie de su entorno.
El joven se puso tenso, pero aceptó la reprimenda.
—Muy bien.
El patriarca inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Y el chico?
—Se quedará donde consideres oportuno —replicó el CEO con sequedad, restándole importancia al asunto con un leve movimiento de mano—. No he venido a Madrid para supervisar obras de caridad ni para debatir sobre tus travesuras nocturnas, Lucio. Entiendo que aún le debes cincuenta euros al chaval. Estoy convencido de que acostumbras a saldar tus deudas.
Al joven directivo le maravillaba cómo su padre conseguía saber siempre lo que pasaba. No obstante, detectó el más leve relajamiento en la expresión del patriarca.
—Por supuesto, señor.
Al parecer, la parte disciplinaria de la entrevista había concluido. Lucio notó la tensión desvaneciéndose en él poco a poco. Era obvio que lo que había traído a Don Gonzalo a Madrid de manera tan inesperada no iba a achacarlo a su hijo.
—Siéntate, Lucio. Tengo que comentar algo contigo.
Mientras el heredero ocupaba el sillón situado enfrente de su progenitor, detectó algo en su voz que provocó otro tipo de preocupación en él:
—Confío en que mamá se encuentre bien —dijo.
—Del todo.
Pese a la respuesta tranquilizadora, la inquietud atípica en el CEO creó en el joven una considerable preocupación. Notó la necesidad alarmante de juguetear con la corbata o cruzar las piernas. Esta oficina elegante, con sus grandes ventanales y su diseño vanguardista, no albergaba recuerdos especialmente desagradables, pero Don Gonzalo llevaba su propia atmósfera con él. Al margen de dónde se produjeran los encuentros, Lucio se sentía de regreso en el formidable despacho de su padre en la finca familiar, temblando mientras recibía una bronca o escuchando con estoicismo las reprimendas. Una regañina del patriarca era indicativa de que había caído por debajo del listón de los Valdés y que su padre se avergonzaba de su heredero. Lucio había tragado saliva con frecuencia en el pasado. ¿Por qué en esta ocasión rememoraba momentos dolorosos si resultaba claro que el patriarca no estaba enfadado?
Por fin rompió su silencio:
—No hay manera de adornar lo que tengo que decirte con rodeos, Lucio, pero no estoy seguro del orden en que las noticias resultarán más digeribles. —Fijó una mirada directa en su heredero—. Tengo que decirte que no eres hijo mío.
La impresión fue total.
—¿Me está desheredando, señor? Por el amor de Dios, ¿por qué?
—¡No! —dijo el CEO—. Todo lo contrario. Sé desde tu nacimiento que no eres hijo mío.
La gélida impresión fue sustituida por una furia ardorosa. El joven se puso de pie al instante.
—¡Eso es una infamia hacia mi madre!
—No seas ridículo —dijo el patriarca con hastío—. Soy tan sensible a la reputación de tu madre como tú. Pregúntale si así lo deseas. Es la verdad. Una brevísima indiscreción con un antiguo novio de la juventud…
El joven detectó el antiguo dolor en su padre… no, no su padre… El mundo se trastocó a su alrededor. Agarró la silla junto a la que se hallaba, el corazón latía atronador en su pecho y parecía costarle un esfuerzo terrible respirar. Oyó al CEO como si se encontrara al otro lado de un vasto abismo.
—Sucedió mientras yo estaba de viaje de negocios en Escocia. No hubo dudas de que yo no te había engendrado.
Su padre no mentiría. Su padre… bien, este hombre sentado con rigidez ante él siempre había sido sincero aunque frío. Por lo tanto, eso lo explicaba todo. El joven sintió que le arrancaban el corazón del cuerpo. Fue un esfuerzo extenuante, pero logró concentrarse en los aspectos esenciales.
—¿Por qué me reconoció?
El CEO se encogió de hombros, sin mirarle en absoluto.
—Ya teníamos dos hijos. Sucede en todas las familias de tanto en tanto, y yo amaba a tu madre profundamente. Ella nunca se habría separado de una criatura por voluntad propia. —Dirigió una rápida mirada a su heredero y luego se apresuró a apartar la vista, aún más pálido—. Después sucedió el accidente y ella estaba casi a punto de dar a luz. Podíamos haber fingido que el niño había muerto, supongo. Me he preguntado a veces…, pero eso la habría destruido. —Soltó un profundo suspiro—. Se aferró a ti como a ninguno de sus anteriores bebés. No era el momento para pensamientos racionales.
El joven notó que las cosas empezaban a asentarse, a afianzarse en un mundo nuevo más oscuro. Bajó la vista y vio que tenía las manos blancas por la fuerza con que agarraba la silla. Era incapaz de relajarlas.
—Lo que está diciendo —manifestó, buscando en la frialdad una máscara para la furia de dolor que ardía en su interior— es que desde entonces ha deseado que yo no existiera.
Lucio alzó la vista. El CEO encontró su mirada con firmeza, pero la zona que rodeaba su boca había empalidecido.
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romance contemporaneo, matrimonio de convenencia, ficción dramática
Editado: 08.08.2026